Opinión

Una Navidad inolvidable


“Por la noche los jóvenes,
robustos, fraternales,
cantan sus canciones
vigorosas y fuertes”

Walt Withman

I

Lentamente la tarde transcurría mientras tanto nosotros continuamos cortando los granos de café que se extendían a todo lo largo de los surcos que, en apariencia, no tenían fin. Una brisa constante caía sobre nuestras cabezas y poco a poco la temperatura fría aumentaba en el interior de la montaña. De vez en cuando se escuchaba a alguien que cantaba acompañado por los gritos de hombres o mujeres al compás de la canción y una alegre y bullanguera atmósfera se expandía entonces por los surcos, contagiando a todos los cortadores que portábamos un rifle de combate sobre nuestras espaldas. Era otro día de la batalla del café en las zonas de guerra del departamento de Jinotega. Corría el mes de diciembre de 1985.

II

Yo la había visto un par de veces aparentemente perdida o simplemente ambulando entre el contingente que en su totalidad estaba integrado por obreros, estudiantes y funcionarios de ambos sexos. Su presencia no podía pasar inadvertida, porque además de no ser nicaragüense, era una mujer joven, voluntaria, venida de no sé dónde, con una larga cabellera rubia que brillaba bajo los rayos del sol en medio de los cafetales. Esa tarde, de nuevo la encontré y esta vez no muy lejos de donde yo estaba. La observé en silencio. Ella cortaba el café con cierta imprevisión, pero sin perder el equilibrio de su hermoso cuerpo. De repente volvió la vista hacia donde yo me encontraba. Me miró un largo rato, pero luego sin decirme absolutamente nada me lanzó un puñado de granos de café y continuó con su trabajo de corte.

III

Con las últimas sombras de la tarde cotidianamente ingresábamos al campamento de la UPE, el cual quedaba al pie de unas enormes lomas que parecían murallas verdes como hechas para protegernos de las fieras de la selva. Rápidamente el contingente se desparramó hacia las improvisadas covachas para buscar un lugar donde descansar algunos y otros darse un buen baño con la poca agua almacenada durante el día en las pozas cercanas. En tanto, el frío era cada vez más intenso, pero el aroma a café negro caliente proveniente de la cocina de la UPE, invadía el campamento inyectándonos una dosis de optimismo y de confianza para el resto de la noche en aquellas tierras del Norte de Nicaragua, convertidas en peligrosas zonas de combate por la guerra contrarrevolucionaria.

IV

Sin embargo, a las ocho, por razones de seguridad militar, todas las noches se apagaban las luces en la UPE, pero en muchas ocasiones la luna, una esplendorosa y hermosa luna, ocupaba su lugar iluminando el valle, dejando al descubierto la inmensidad de las montañas y cerros que nos rodeaban. Los grandes ramajes que colgaban de los impresionantes árboles que surgían del centro de la tierra de las montañas de las Segovias parecían saludarnos, mientras los rayos lunares les daban un tono blanco y negro semejando una pantalla gigante de la televisión. Por mi parte me preparé para esperar la llegada de la hora de mi posta de esa noche y reflexioné sobre mi presencia en las Segovias en esos momentos, entre tanto recordé mis años en el exilio cuando voluntariamente hacía campaña en el Norte de Europa por las capitales escandinavas como Estocolmo, Oslo, Helsinki, Copenhague, por la solidaridad con la lucha del Frente Sandinista contra la tiranía somocista. Y muy lejos estaba entonces de imaginarme que alguna vez estaría en mi propia patria, a medianoche, de posta en las Segovias, en una zona de guerra contrarrevolucionaria, aguardando el ataque de los enemigos del socialismo.
V

La noche esa vez estaba muy fría y arriba, en el cielo de Jinotega, las estrellas brillaban tanto que supuse querían tal vez comunicarse conmigo. Hacía media hora que había recibido mi turno y me sentía completamente solo en la oscuridad de la noche vigilando el sueño de mis compañeros. ¡Ni yo mismo me lo creía! Era yo ahora el responsable de la seguridad del campamento e incluso de la vida de mis compañeros aquella fría noche de posta en las Segovias. Unos segundos más tarde escuché voces. En el otro extremo de la covacha estaban cambiando de posta y pude distinguir la voz masculina de un nicaragüense y otra femenina con acento extranjero.

VI

Afortunadamente la noche prosiguió un curso normal, sin incidentes, sin que el enemigo se presentara, y con la ayuda de la luz brillante de las estrellas fue que divisé la larga cabellera rubia de la compañera que hacía posta en el otro extremo de la covacha; era ella. En uno de mis recorridos a lo largo de mi posta por el campamento me le acerqué. “Buenas noches”, le dije para luego directamente agregarle: ¿Por qué me lanzó esta tarde granos de café? Pareció no querer responderme, pero luego habló y su respuesta me desconcertó. “Me han dicho que en Nicaragua las indias lanzan piedras cuando los hombres miran y no hablan”. A mí me dieron sólo ganas de reírme, pero no lo hice y contesté. “¿Es usted sueca, alemana, o tal vez danesa?” Su respuesta fue inmediata y muy seca: “¡Vengo de California; soy de los Estados Unidos!”

VII

No le respondí e inmediatamente regresé a mi posta, pues de mi vigilancia dependía totalmente la vida de mis compañeros y la seguridad militar de las instalaciones del campamento. Pero ya no pude dejar de pensar esa noche en las extraordinarias circunstancias del momento que vivía, con aquella extranjera tan valiente y tan atractiva con su generoso gesto de posta en las Segovias, y como si le importara muy poco su propia vida comprendí que de alguna manera me estaba comunicando algo en víspera de la Navidad. Momentos después de un caluroso apretón de manos y la previa presentación de ambos empezamos a conversar largamente de política, literatura, luchas sociales, como si ya nos habíamos conocido. Al amanecer solo en mi propio lecho de dormir y antes que el sueño me venciera recordé los célebres versos del poeta ruso Alexander Pushkin: “seré recompensado mientras en el universo/ y bajo la luna / un solo poeta viva para recordarnos”. En tanto, a mis oídos llegaban vagamente las cadenciosas románticas baladas de Marco Antonio Solís, que seguramente una emisora de radio norteña lanzaba al espacio como las melodías de una trasnochada serenata.

VIII

Unos meses más tarde en Managua mantuvimos una excelente relación de amor y de solidaridad, por lo que el recuerdo de mi amiga Elizabeth, de California, se quedó conmigo para siempre como un símbolo de amistad entre nuestros dos pueblos, Estados Unidos y Nicaragua, surgido aquella noche en la montaña cuando ambos al aproximarse las fiestas navideñas, estuvimos de posta en las Segovias. Veinte años después, cuando las circunstancias aquí en mi país son otras, pero no mejores en relación con esos días en la montaña, en tanto su país nuevamente se encuentra involucrado en otra guerra intervencionista en Irak, hoy no tengo la menor duda en asegurar o recordar aquella víspera de la Navidad en las Segovias como inolvidable. Corría el mes de diciembre de 1985.

Reparto San Antonio
Managua, Dic/2005