Opinión

Puente entre Policía y literatura


Es malo llamar la atención pública, pero es peor no llamarla, dice Oscar Wilde en uno de sus libros. Permítanme llamar su atención para una corta reflexión sobre poesía y Policía. Soy un ex colega del ahora autor Francisco Javier Bautista Lara, a quien aprecio personalmente; fui supervisor ministerial de la Policía Federal de Alemania y abogado. Estuve presente, el pasado 25 de noviembre en Managua, en la presentación de su novela Rostros Ocultos.
La letra inicial “p” parece lo único que tiene en común la Policía con la poesía. Parece así: las ciencias criminalísticas, las investigaciones policiales en asesinatos y homicidios, en fraudes y sustracciones, no tienen nada que ver con el arte de componer narraciones, novelas o poesía, transformar sentidos, sensaciones, sentimientos y pensamientos en palabras. En todo el mundo es muy seca toda la labor policial.
Famosos médicos han cantado o tocado el piano con maestría. El premio Nobel Alberto Einstein tocó el violín con brillantez, el empresario Suizo Sacher dirigió adorablemente la orquesta de Basel, sacerdotes han hallado esculturas en madera, abogados hacen arte o comedias también ante las cortes. ¿Pero en qué arte se expresan los jefes policiales en todo el mundo?
El único arte mundialmente practicado por los oficiales policiales suele estar agotándose en emitir órdenes de arresto o someter estadísticas policiales. No saben declamar ni recitar, según el juicio de sus oyentes en sus recintos policiales. Tampoco hay algún encanto poético en las instituciones de los agentes de Tránsito hacia los infractores ni palabras galantes en los interrogatorios policiales. Es una miseria cultural en todo el mundo con los jefes de la Policía. Con respecto a las artes, especialmente a la poesía, parece desolado, intolerable, casi sin esperanza alguna.
No se sabe, si los presidentes y directores policiales disponen del arte de la seducción de sus esposas. El arte de saber distinguir famosas culturas y gozar vinos finos seculares también cuesta demasiado dinero en ganarlo, también el arte gastrónomo de gourmet parece inaccesible --vean las comidas en los recintos policiales de todo el mundo.
La Policía no es una profesión que se interese por la literatura, excepto por aquella subversiva de los movimientos de resistencia policial, investigándolos. Por no conocer la poesía la Policía decidió desconfiar de ella.
Al revés, los poetas desde hace siglos saben mucho sobre los crímenes y los criminales. Un antecesor mío, el poeta barroco Georg Philipp Harsdoerffer, mencionado por el premio Nobel Günter Grass en su novela “El encuentro en Telgte”, escribió ochenta libros en latín, francés, inglés, italiano y alemán, entre ellos novelas policíacas. Hablamos sobre los años 1630 ó 1650. Hoy las novelas policíacas son los libros más vendidos, solamente que carecen de un Premio Nobel.
Nadie mejor que “Dostojewski”, quien como en un prisma, nos hizo accesible a los abismos terroristas y criminales del alma humana. Los delirios subjetivos de los seres humanos, sus laberintos, sus pasiones, sus equivocaciones y errores, los pueden sintetizar solamente los escritores. Cuando una obra nos sabe explicar el mundo actuante y sabe redactarlo, entonces el poder poético puede cambiar el mundo. La traducción muy poética de la Biblia por “Martín Luther” funda el movimiento luterano-evangelista. Las obras “La nausee” de “Jean Paul Sartre” y “Le Mythe de Sisyphe” de “Albert Camus” definieron el existencialismo francés. Con las palabras “J´accuse” el poeta “Emilie Zola” inculpó al Estado francés en el escándalo “Dreyfus”, y con su novela “Germinal” el mismo concretizó la crítica sobre las condiciones de trabajo en las minas y fundó el movimiento sindical. “Una buena novela importa más para el pueblo que miles de declaraciones parlamentarias”, dijo el poeta polaco Andrzej Szczypiorski, escritor de la resistencia y de la oposición democrática, elegido senador en 1991.
Los escritores siempre han descifrado mejor los apuros humanos. Y en esto se acercan la poesía y la Policía. En muchas sociedades hay fuerzas centrifugas sociales y dispares, como violencia, terrorismo, delincuencia, nacionalismo, racismo, xenofobia. La poesía como la Policía se preocupa por las necesidades humanas y funciona en este sentido como “regulador centrífugo” de una sociedad. Con la diferencia que la poesía puede dedicarse a toda la miseria humana, mientras la Policía se puede responsabilizar solamente por los derechos legítimos de los ciudadanos.
A la Policía también le interesan los rastros humanos. No las de actuaciones legales, pero sí la de los ilegales. La Policía investiga las huellas con una gran deferencia, casi trascendental; se queda y se limita a investigar e identificar huellas anteriores, mientras la literatura sabe imaginarse las huellas futuras del ser humano, las de sus deseos secretos, de sus ideas e identidades, de sus errores y extravagancias.
Bautista Lara echa un puente entre poesía y Policía, combina lo mejor de ambos lados, reconcilia la literatura con el trabajo duro de la Policía. Ahora, ¿cuáles son sus motivos? Una respuesta nos da eventualmente “Teophile Gautier” con su término de “condolation d´art”, (consolación por el arte), quizás en su propia vida.
Aquí termino y quiero brindar un modesto homenaje a este curioso lector de la literatura mundial, escritor prometedor, Francisco Javier Bautista Lara, nombre y apellido para recordar, no solamente en Latinoamérica, también en Europa, desde donde escribo.
*Desde Viena, Austria.