Opinión

Elogio a la resistencia y al pensamiento heterodoxo


Por fuera de las zonas de influencia intelectual de la izquierda tradicional se ha generado un pensamiento crítico que cuestiona muchos de los supuestos con los que esta corriente política guía su práctica. Esa reflexión no ha sido elaborada por un grupo organizado, sino que es producto del pensamiento de escritores que no tienen relación estrecha entre sí. Entre ellos se encuentra el traductor y poeta Tomás Segovia, quien fue merecedor este año del Premio de Literatura Latinoamericana y Caribeña Juan Rulfo.
Entre las ideas-fuerza de la izquierda tradicional que los intelectuales heterodoxos critican se encuentran la idea del progreso, la democracia representativa, la estatolatría, el valor de la escolarización, la política institucional, la relación entre ética y política, y la naturaleza del poder. Los señalamientos que han realizado a la visión y la práctica de esta fuerza política son de gran utilidad para mostrar tanto las grandes desviaciones que existen entre sus postulados emancipatorios y su quehacer integrador como la pobreza de su propuesta.
Sin que la lista sea extensiva, entre los autores que han emprendido esta reflexión disidente se encuentran el finado Iván Illich, Luis Villoro, Gustavo Esteva y Tomás Segovia. Sus ideas se han abierto paso a contracorriente por lo regular, alejadas del gran público, en libros raramente publicados por las grandes editoriales. Sus puntos de vista son un soplo de aire fresco en un ambiente político enrarecido.
Conocido sobre todo como poeta, Tomás Segovia es un excepcional y fino ensayista. Cierto progresismo neandertal ha querido desautorizar su obra (o ignorarla) debido a su cercanía con Octavio Paz y su círculo literario. Sin embargo, sus libros Contracorriente, Alegatorio y Resistencia. Ensayos y notas 1997-2000 constituyen un material inigualable para iluminar el debate sobre qué es hoy ser de izquierda.
La riqueza de ese pensamiento quedó al descubierto a raíz del alzamiento del EZLN. Pocos autores descifraron tan a profundidad, tan rápidamente, las claves de la rebelión zapatista como él hizo en su escrito “Dos alegatos chiapanecos”, en la demoledora respuesta dada a los alegatos de Aurelio Assiain, y en “Apostilla sin copyright”, publicados en La Jornada en enero de 1994, febrero de 1995 y enero de 1996.
Humanista en un mundo dominado por el antihumanismo, el escritor desconfía, sin embargo, del humanismo blando y caritativo que sirve de máscara de buena conciencia para librarse de culpas. Futbolista frustrado que encontró en la literatura una compensación, defensor del deseo contra la lógica del cálculo egoísta, poeta de la inteligencia, Segovia hace en su obra el elogio de la resistencia.
Crítico implacable del progreso, llama a resistirlo. Recientemente declaró en el periódico El País: “como dudo de que se puede eliminar totalmente el poder, entonces hay que luchar por limitarlo y, a veces, es necesario resistir”. “Hay épocas -escribe- en que la única actitud coherente es la Resistencia.” Según él, quien resiste al poder, a cualquier poder, está resistiendo a la vez, aunque sea de rebote, sin querer, al progreso.
Propone no confundir la resistencia con la oposición política. La oposición no se opone al poder, sino a un gobierno, y su forma de lograrlo es la de partido político. La resistencia, en cambio, está hecha no para gobernar, sino para resistir. La resistencia se sitúa frente al poder, mientras la oposición se coloca dentro del poder.
Segovia sostiene que hay que replantear el significado de la izquierda, recuperando lo que es su rasgo común y esencial: la reivindicación. Reivindicar, asegura, es defender algo atropellado, reprimido o relegado. La reivindicación está siempre fuera del gobierno. La vivencia de izquierda -afirma- “es la vigilancia reivindicativa de los derechos y valores fundamentales frente a los atropellos del orden”. La izquierda, pues, es lo que está sistemáticamente contra el gobierno, contra la autoridad, contra el orden constituido. Es el garante de que legalidad y legitimidad no se confundan.
Desarraigado, el escritor sostiene que “en ese aire de triunfalismo neoliberal que hoy respiramos con la misma naturalidad que el esmog, anda flotando la idea difusa de que el capitalismo ha hecho obsoleta a la izquierda robándole sus metas y sus propuestas”. No obstante ello, duda de los efectos benéficos de la economía de mercado y de la necesidad de fundar toda la actividad humana en la competitividad.
Según él, lo que distingue verdaderamente a la izquierda de la derecha en los países capitalistas modernos no es la política económica progresista, sino “exactamente la reivindicación de lo que esa política abandona como el precio que está dispuesta a pagar por el trabajo”. Esa izquierda acaba realizando así las mismas tareas de la derecha.
La democracia de los “demócratas”, postula, es la institución general que asegura que la transferencia de la soberanía del pueblo a sus representantes se haga mediante el voto. Frente a esta concepción, plantea que la soberanía deber seguir siendo todo el tiempo de la sociedad, y que los representantes han dejado de ser pueblo y nunca lo serán mientras esté en el poder. El poder, advierte, despoja a la sociedad de su soberanía.
Los partidos, afirma el poeta, no son una condición esencial de la democracia. Según él, es perfectamente concebible un régimen democrático y parlamentario sin partidos. Cuestiona también la idea de que un gobernante es un mandatario. La política, dice, es una profesión como cualquier otra. Ello no le impide reconocer que la democracia es la mejor manera de organizar la sociedad.
La recomposición de la izquierda en México tiene en el pensamiento heterodoxo de Tomás Segovia, en su elogio intransigente a la resistencia, una herramienta de gran utilidad. De seguro, nadie querrá premiarlo por ello. Cosas de los desarraigados.
*La Jornada,México 7/12/2005.