Opinión

Educación para la esperanza, la socialización y la comunidad


IDEUCA
Al siglo XXI le corresponde devolver la esperanza a nuestra sociedad y, de manera particular, a la educación, de manera que como país, logremos superar las heridas y frustraciones ocasionadas por el siglo recién concluido.
Indudablemente que el triunfo de la lógica económica implacable con la ley del más fuerte, en estas décadas pasadas, está despertando reacciones en las conciencias de cada uno y del país entero, provocando un renacer ético ante el agravamiento de las desigualdades y el incremento de la pobreza, en contraste con el rápido y elevado nivel de desarrollo del conocimiento, de las ciencias, de la tecnología y del gran capital.
Algunas de las variables que entran en juego en este escenario son, entre otras:
• Cierta fatiga y desaliento social producido por el incremento de la pobreza.
• Nuevas formas de pobreza y miseria de múltiples dimensiones y caras en el plano cultural, material, espiritual, afectivo y cívico.
• Contamos con una sociedad en la que se cultiva el individualismo, la desconfianza y el riesgo, en la que la importancia del capital social pareciera diluirse.
• La sustitución de la lucha de clases por conflictos étnicos en muchos países parece augurar movimientos de gran magnitud.
• Un mercantilismo exacerbado que genera dualismos y exclusión, a la vez que desmoviliza de los espacios cívicos que son la fuente de civilización y capital social.
Es por ello que, en este nuevo siglo, asistimos a una empresa de enormes proporciones: reconstruir la comunidad humana del país. De hecho, vemos cómo, ante la masificación y el individualismo que ha caracterizado a la primera generación de las tecnologías de la información y la comunicación, que parece haber llevado al paroxismo al sistema económico como el gran vencedor, se presenta una segunda generación tecnológica, en la que se hacen realidad interacciones en red y relaciones virtuales. Es de esperarse que la sociedad cognoscitiva, fundada en la ética del intercambio de conocimientos sin fronteras debido a la mundialización del planeta, favorezca el surgimiento de valores posmaterialistas.
En este sentido, se espera que la solidaridad y el espíritu comunitario aparezcan de nuevo como principios orgánicos vertebradores de la vida de la nación, frente a la exclusión y destrucción de la trama social.
Ante este escenario, debemos resaltar a la familia y la educación como fundamentos estables y mejor organizados, aunque asumiendo nuevos roles como núcleos básicos, a partir de los cuales se suceda la construcción de cimientos duraderos de la nueva Nicaragua.
La educación siempre ha sido y sigue siendo una tarea societal. Desarrollar plenamente la personalidad de cada cual implica fortalecer su autonomía personal, pero también la capacidad moral para aceptar a los demás y solidarizarse con ellos. Este proceso de humanización del país, al que ha de llevar este crecimiento personal, necesita alcanzar su plenitud, mediante la interacción permanente entre la libertad y la responsabilidad. En este sentido, nadie mejor que la educación desarrolla el capital humano, el capital cultural y el capital social, permaneciendo fiel a su destino comunitario intrínseco.
En tanto la educación del país logre llenar este cometido, el Siglo XXI podrá contribuir a construir un orden social justo en nuestra sociedad. Una formación para la justicia es la única capaz de reconstruir el núcleo esencial de la educación moral, de las conciencias, lo que supone una cultura cívica no conformista, luchadora contra toda injusticia, que prepare para una ciudadanía activa, para intervenir en la gestión pública, no limitando su papel a la mera delegación. Esta lucha por la justicia supone hacer realidad la equidad, la igualdad de oportunidades, poner en práctica la libertad responsable, respectar a los demás, defender a los más débiles y excluidos, actuar con sensibilidad y actitudes consecuentes ante las diferencias.
Siendo que la educación es un bien público, la escuela se convierte en una institución social propiedad de la misma sociedad, no prestándose a ser una simple pieza más en el plano económico. De hecho, de las tres esferas a las que se refiere Hannah Arendt, la esfera pública, la del mercado y la privada, es la esfera pública la que promueve los valores de la equidad, la esfera del mercado y el mundo laboral conducen, por el contrario, a la discriminación, caracterizándose la esfera privada por la exclusión. La escuela, independientemente de su perfil, pertenece a la esfera pública como lugar de socialización, siendo la encargada de aportar e incidir en la esfera económica y en la privada, tomando en cuenta el cúmulo de capital humano y social que provee.
De hecho, ante el surgimiento de sociedades cada vez más complejas y diversificadas, surge la escuela como esfera pública poniendo su quehacer en función de la promoción de la cohesión social, la movilidad humana y el aprendizaje de la vida en comunidad.
Por tanto, todo lo que pueda suceder en los espacios educativos formales y no formales, ha de traer consecuencias positivas al proceso de construcción de una sociedad estable y equitativa, en tanto se educa para la ciudadanía plena edificando comunidades educativas plurales, regidas por normas de participación democrática, en las que prevalece la negociación como estrategia para conciliar posiciones, rechazando toda forma de solución de conflictos naturales por la violencia o autoritarismo. De esta manera, la tolerancia pasiva es sustituida por la discriminación positiva de las minorías, en tanto el objetivo básico de la formación democrática representa el acceso equitativo de todos a los derechos políticos fundamentales.
Este tipo de escuela para nuestro país, se convierte en el pilar fundamental de la educación a lo largo de toda la vida (J. Delors), en tanto en ella se aprenden las competencias indispensables para la socialización permanente, para consolidar la cultura que permita resistir ante las exclusiones. De esta forma, la educación contribuye a que, en cada etapa, se reinventen las funciones sociales inéditas y movilizadoras.
Como vemos, la esperanza es la ventana que se nos abre, en este nuevo siglo, como eminentemente humana y humanizadora, la que encuentra su base sustantiva en una educación con raíces profundas en el quehacer de nuestra sociedad.