Opinión

La afirmación personal, síntesis del proceso educativo


IDEUCA
El proceso educativo es, en último término, un asunto personal. Su recorrido transita desde teorías, referentes, sistemas, políticas, programas, métodos, mediaciones, evaluaciones, etc. conformando un andamiaje tan amplio, complejo y diverso que uno se pierde en el laberinto de sus directrices y exigencias. Todo ello se achica y reduce cuando llega a la dimensión de una persona concreta en proceso de formación, con la circunstancia de ser el autor de su propio aprendizaje que a la postre significa su “conquista personal” o su “afirmación personal”. Conocimientos, competencias, valores, sea cuales fueren las rutas que traza la escuela, todo desemboca o debe desembocar en la afirmación de ser y actuar como persona, lo que supone un proceso permanente de conquista personal, de construcción personal.
La existencia humana plantea o es una sorprendente paradoja: es el modo específicamente humano de la existencia y sin embargo, ella debe ser incesantemente conquistada. La existencia (sistere ex) es la situación de hacerse, de estar lanzada a hacerse, es ir haciéndose. La clave de esta conquista es la acción.
La existencia es acción y toda acción supone libertad, como la afirmación original de la persona. Ser libre es aceptar que uno tiene la posibilidad de construirse como persona, pero reconociendo que está condicionada por nuestra situación concreta y que constituye un proceso permanente, un aprendizaje continuo, la educación a lo largo de toda la vida.
En este proceso de conquista personal, desde la perspectiva de aprendizaje, se combinan el doble movimiento de repliegue y despliegue. Por momentos, el sujeto educando toma distancia del medio con el propósito de recogerse en su intimidad, de reflexionar y de encontrarse con sí mismo, de concentrarse en su mismidad y en sus fuerzas para desde ese movimiento interior dar salida, saltar hacia el reto o despliegue de su fuerza original en búsqueda de dar sentido a la vida y ser dueño o responsable de ella. Es la fuerza de la afirmación personal abriéndose al mundo en forma de un proyecto de vida, búsqueda de sentido, de cooperación, de trascendencia.
Este doble movimiento adquiere particular importancia durante la adolescencia con un reto especial para quienes compartimos la labor de educar en el papel de interlocutores, mediadores, interactores, maestros, con los educandos.
El estudiante se busca a sí mismo y en el proceso de afirmación del yo juegan un papel fundamental las imágenes que de su persona le devuelve el entorno, en particular el escolar, por su influencia socializadora.
Por este motivo las experiencias y vínculos que el alumno configura en la escuela, pueden favorecer u obstaculizar el desarrollo de un concepto positivo de su persona; y es esta imagen de sí mismo la que subyace a las actitudes, a las atribuciones, a las expectativas; en definitiva a la conducta y a la disposición de apertura o cierre a las experiencias que ofrece la vida. Se trata de un momento clave para la afirmación personal.
El buen educador contribuye a la afirmación personal cuando siempre encuentra algo positivo que destacar, algún avance a tener en cuenta, alguna actitud valiosa, algún logro, por pequeño que sea; cuando consigue que el alumno se sienta aceptado y actúe con confianza en sí mismo y en los demás, cuando sus palabras manifiestan la preocupación por el otro en cuanto otro y la confianza en que ese “otro” puede y debe crecer, desarrollarse, avanzar.
A veces se corre el riesgo de considerar al estudiante, sólo desde la perspectiva del rendimiento, de las calificaciones pasando por alto otros aspectos. Asumiendo la perspectiva de la persona individual total los aspectos a valorar se multiplican, ya no hay “buen o mal estudiante”, sino un estudiante que se destaca en lo intelectual; otro con sus habilidades artísticas; otro por la fuerza con que defiende sus puntos de vista; otro por su capacidad de organizar y liderar un grupo; otro por sus dotes deportivas; otro por iniciativas de servicio social; otro por su perseverancia; otro por su creatividad; otro por su sentido solidario; otro por su orden y prolijidad; otro por su sentido del humor; otro por sus valores éticos y la lista podría continuar indefinidamente...
Sentir que los otros advierten en nosotros cualidades y rasgos positivos y que nos creen capaces de manejar nuestras dificultades y enfrentar nuestras responsabilidades, fortalece la confianza ante el desafío clave de conquistar nuestra existencia personal, de nuestra afirmación personal.
El educador que adopta una actitud positiva y de comprensión empática contribuye a que el educando confíe en sus posibilidades, le anima y empuja hacia su afirmación personal que es el logro central del verdadero aprendizaje.
Al aproximarse a la finalización de la educación media o secundaria, los educandos generalmente ya han logrado una afirmación del yo que los pone en condiciones de analizar la realidad con criterios personales, de elaborar proyectos y de tomar decisiones sobre su futuro.