Opinión

De La Haya, tensiones diplomáticas y otros demonios (Nueva generacion)


Meses atrás, uno de los mejores abogados que he conocido en nuestro país, me decía con mucho genio y personalidad: “Para ganar un juicio se necesitan tres cosas: 1) tener la razón, 2) saberla pedir y 3) que te la quieran dar.” Si la memoria no me abandona, creo que también hacía referencia a un pleito en algún juzgado de Masaya para coronar la frase con una experiencia vivida. Es bastante probable que la mayoría de los lectores piensen que en un país como el nuestro, el elemento de mayor importancia para obtener resultados favorables en los tribunales de justicia sea el tercer punto: que te quieran dar la razón. Definitivamente que sí lo es. Aunque los medios que se utilicen en semejante tarea sean muy variados, el tráfico de influencias y otras formas de corrupción cuentan con el mayor número de adeptos.
Quisiera aclarar, sin embargo, que no pretendo herir la conciencia de nadie con críticas recurrentes en contra del apabullado Poder Judicial nicaragüense; simplemente quiero reflexionar sobre lo que nos espera en el Palacio de la Paz en La Haya, Holanda, con la demanda interpuesta por el gobierno costarricense en contra de nuestro país, en relación a los derechos de navegación que les hemos concedido sobre el río San Juan. Atención: ¡eso lo dice la historia, la implacable e inexorable historia!
Les propongo un ejercicio interesante: traslademos la frase de las primeras líneas al ámbito de la jurisdicción internacional. En la Corte Internacional de Justicia (CIJ) no es suficiente con que te quieran dar la razón; hay que tenerla y saberla pedir. La Corte de la Haya es un órgano judicial honorable. No obstante, los críticos más severos de la CIJ consideran que ésta, como símbolo de la justicia internacional institucionalizada, ha quedado encadenada a los postulados filosóficos heredados de siglos anteriores y a los esquemas del Tratado de Versalles. Para ilustrar esta afirmación, basta con recurrir a las estadísticas. Hoy en día, los países acuden ante la CIJ al mismo ritmo que lo hacían hace 50 años, a pesar de que el número de países en el mundo se ha triplicado desde aquel entonces. Esto revela que los Estados han abandonado la Corte mundial.
Eric Posner, profesor de Derecho en la Universidad de Chicago, atribuye este comportamiento al hecho de que la mayoría de los países de la comunidad internacional no confían en la capacidad de los jueces para juzgar imparcialmente; por el contrario, se espera que éstos decidan bajo la sombra de los intereses de los Estados de donde son originarios. Esta apreciación cede ante la jurisprudencia sentada por la Corte de La Haya en uno de los casos más importantes en su historia (sino el más importante): el caso de las “Actividades Militares y Paramilitares en y en contra de Nicaragua”, en el que, contra todo pronóstico, los Estados Unidos de Norteamérica fue condenado en el año 1986 por haber infringido la obligación de abstenerse de hacer uso de la fuerza en sus relaciones internacionales y por haber violentado la soberanía nicaragüense. Sin duda alguna, fue una decisión ejemplar que puso en las nubes la credibilidad en la justicia internacional.
Tampoco comparto la posición del ex canciller Emilio Álvarez Montalván, quien manifestó en declaraciones a este periódico, que casi siempre la Corte resolvía dando “un pedacito a uno y otro pedacito a otro”. Con todo respeto y en términos generales, considero que la CIJ no es una feria a la que se acude para obtener pedacitos de algo que no me corresponde. Como dice el maestro y especialista en Derecho Internacional, doctor Norman Miranda: “Ir a La Haya no es como ir a Masaya.” Si bien es cierto que la CIJ enfrenta importantes retos de cara al nuevo milenio, la modernización y superación de las deficiencias estructurales y funcionales de las que adolece este órgano, pasan necesariamente por la evolución de todo el sistema de Naciones Unidas.
Por otro lado, creo que los nicaragüenses hemos exagerado demasiado en cuanto a la decisión del gobierno costarricense de demandar al Estado de Nicaragua ante La Haya. Acudir a la CIJ no significa acudir al diablo para que resuelva un conflicto entre naciones civilizadas. El acceso al órgano judicial principal de las Naciones Unidas es un medio de solución pacífica de controversias; es una obligación de comportamiento. No tenía ningún sentido seguir congelando la solución de la disputa con acuerdos como el Caldera-Tovar; tampoco el Arbitraje Internacional hubiese sido una instancia viable para Nicaragua, sino veamos la insistencia por parte de las autoridades costarricenses de recurrir ante un tribunal de esta naturaleza.
La reacción incendiaria y apasionada, además superflua, por parte de algunos diputados de nuestra Asamblea Nacional, pudo haber tenido consecuencias negativas e irreparables para Nicaragua. En la aplicación de 55 páginas que Costa Rica presentara en el Palacio de la Paz el pasado 29 de septiembre, el Embajador Ugalde pidió, inter alia, se declarase que Nicaragua contravino la obligación de abstenerse de empeorar la disputa adoptando medidas económicas ilegales, lo cual respaldó adjuntando (en el idioma inglés y en español) la resolución A.N No. 17-2005, por medio de la cual Nicaragua aplicaría un impuesto especial a bienes y servicios provenientes del país vecino. Afortunadamente se actuó con madurez e inteligencia y el ciego proyecto jamás conoció la luz. En suma, me parece bastante positivo que la resolución al conflicto en cuestión esté en manos de la Corte Internacional de Justicia; la ambigüedad en este asunto es intolerable.
Una vez dictada la sentencia en el caso bautizado con el nombre de “disputa concerniente a la navegación y otros derechos conexos de Costa Rica sobre el río San Juan” nicas y ticos habremos superado de una vez por todas –al menos jurídicamente-- un conflicto con el que muchas generaciones hemos cargado desde hace varias décadas. En cuanto al que te quieran dar la razón, ambos países estamos hombro con hombro en los salones del Palacio de la Paz.
(*) mayorga_law@hotmail.com
Poneloya, 7 de diciembre 2005