Opinión

Esta rabia


Este hombre anciano que viene subiendo la calle con los pasos contados, como si los estuviera andando de nuevo. Ayer lo volví a ver. Desde el puente de La Catorce hasta La Fuente no es mucho camino si a uno le responden bien las piernas. Pero él camina de un solo pie y una muleta hace las veces de su otra pierna pero que, al menos, se deja arrastrar sin resistencia. Nunca supe de dónde venía, ni por qué siempre era a la misma hora cuando lo miraba subiendo la cuesta a duras penas, lentamente como quien carga una cosa vieja y pesada de años.
No ha cambiado su gorra de béisbol verde desleída con redecilla a los lados por donde le sale algo de pelo blanco. Sigue mirando hacia abajo por si se topa con la sorpresa de un hoyo nuevo o una piedra salida del asfalto. No sé de dónde viene, pero su camino debe tomarle horas y al verle avanzando de esa manera, a uno le parece que viene recorriendo una larga historia. Ayer me encontré de nuevo en estos barrios que se juntan y cambian sólo de nombre al doblar la esquina nada más.
Y este artículo se escribe a duras penas bajo una tormenta de cohetes y cargas cerradas de la Purísima. Unos vecinos que tengo al lado son expertos en esta tiradera y todos los años, escucho el proceso desde que traen la pólvora hasta el nerviosismo por encontrar un fósforo, cuando prenden la llama y esperan con risas y temblando que aquello estalle. Y a fe que lo hacen tan cerca del oído que aún me están pitando mientras les hablo. Managua se estremece bajo el ruido con que se inicia diciembre.
Enfrentándose al fuego cruzado, ayer lo vi caminando al mismo paso. No le importaba nada, ni las llamas que se avivaban antes de extinguirse ni los petardos que explotaban justo al lado de la punta de su muleta de madera, la misma con los mismos nudos donde se dobla en “v” para apoyar el brazo. Ha caminado así, sin dejarse inmutar por el ruido de diciembre. Siempre me ha parecido por su ritmo y constancia, por la enorme cuesta que corona en el puente y luego sigue ascendiendo, un Caupolicán contrariado que ha superado a cualquier desánimo. El Caupolicán de La Catorce, un campeón de la paciencia y el coraje. Y esa su forma de andar me viene a la mente para hacer las cosas que más me cuestan, arrastrando una parte de mí, pero que se terminan haciendo a ritmo constante. A la misma hora, este héroe de la cuesta sube a su victoria de todos los días.
Managua y Nicaragua están escondidas bajo el ruido, una forma de olvido como otra cualquiera. Olvidarse de que todo sigue igual. A la Costa, hasta ayer, le empezaba a llegar la ayuda a algunas comunidades asoladas por el último huracán. Casi hasta ayer, algunas aguas volvían a su cauce, y desde hace mucho en las riberas del río Coco y aún más hacia el interior, al sur, las ratas y el hambre siguen amenazando una generación total de nosotros. Y no tan lejos, sino acá, por la misma cuesta que el viejo Caupolicán sube todos los días con la ayuda de su muleta, se asoman a las vitrinas de algunas ventas donde se exponen pedazos de queques las mismas caritas desnutridas de algunos niños de estos barrios que sólo cambian de nombre caprichosamente al dar la vuelta a una esquina; los mismos vestidos de pompa ya desteñidos y los mismos brazos que es imposible ignorar, una delgadez de hueso y piel que se prende en la retina y en el ánimo de uno, que no se puede ignorar ni al pasar caminando por su lado ni desde las ventanillas oscuras de un vehículo oficial. Hay mucho ruido en esta Managua que sólo cambia de alcalde, pero que sigue igual de fracturada, arrastrando las huellas de siempre, sólo accidentada por otros centros comerciales en medio de la nada.
Intento preguntarme cuándo uno empieza a acostumbrarse, cuándo uno empieza a ver a este grupo de tres hermanos, ella la más alta; él, el de en medio y una cumiche chupándose el dedo mientras los otros piden que les regalen algo en la venta de la vitrina y los queques. Intento preguntarme cuándo es que uno ya no piensa, ya no se asusta siquiera de semejante delgadez, del pelo tostado (que antes ingenuamente pensaba que era debido al sol), de los pómulos de otra edad en sus caritas de pocos años. En qué momento uno ya no piensa, y vuelve a mirar para otro lado y empieza a pensar en otras cosas, a dialogar de otras cosas y a escribir de otras cosas.
Perdonen si les digo que diciembre siempre me ha parecido el mes más triste, donde por paradójico que suene, y a pesar de las luces y el ruido, y de los aguinaldos, aunque escasos, la pobreza de este pueblo se mira más en carne viva. Tal vez sea por el contraste, porque uno tiene más tiempo de mirar lo que antes sólo se mira rápido, tal vez sea por la enorme diferencia acrecentada entre unos y otros. Hay dos Managuas, como dos Nicaraguas cada vez más lejos, y piedras sobre piedra, por cada centro comercial para unos cuantos, por cada venta ilegal, por cada coima, por cada zona franca que se levanta, este muro de ruido se construye aún más alto. Sé que todavía hay gente que traspasa la frontera, que aún desde uno y otro lado se pueden rozar los dedos, pero esta distancia enorme que estamos construyendo, y para colmo mientras pensamos que estamos haciendo lo contrario, nos está convirtiendo en una dolorosa reproducción de todos los pesares de todos lo países latinoamericanos.
Ayer, por fin supe de dónde venía porque esta vez pasé más cerca de él. No voy a ocultar que a mi viejo Caupolicán, le pude sentir el olor de la cantina. Me sorprendió la puntualidad de esa costumbre en la que ha puesto a prueba su hígado cada día. Nunca me imaginé que era de allí de donde venía siempre la cuesta siempre. Esta vez contemplé mejor su semblante bajo la visera de la gorra: las marcas de una amargura larga. El ruido no era tan grande como el olvido en el que este hombre se derrotaba todos los días. Pero no sé cómo se las arregla para volver adonde vive con una zapato aún impecable igual que su camisa, y la parte baja de la otra pierna trayendo consigo todo el polvo del camino adherido al pantalón. Esta forma constante de pobreza que tenemos que vencer a diario, esta rutina de delgadez extrema, este diciembre maltrecho que termina con el deseo tercamente ingenuo de que al doblar la esquina del año, algunas cosas empiecen a cambiar de veras. Esta rabia que da la delgadez de unos bracitos arrimándose a la vitrina de una venta de esta calle. Esta rabia, esta rabia Dios quiera que al menos no se vaya huyendo bajo el ruido.
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