Opinión

¿Regalar una pistola?


La semana pasada un niño perdió el ojo por el disparo de balines con una pistola de plástico. Claro que debería suspenderse de inmediato la venta de este tipo de juguetes, pero no se trata sólo de ello, sino de tomar la decisión de evitar que nuestros hijos sean adiestrados en juegos de violencia con los regalos navideños. Si las madres supieran que al comprarles a sus pequeños armas de juguete pueden acortar sus años de vida o convertirlos en criminales, lo pensarían mucho antes de hacerlo.
Y más vale que lo hagan, porque si sólo el hecho de nacer hombre es un factor de riesgo de morir violentamente, esto se agrava si el niño crece pensando que la virilidad va a ir asociada con el uso de armas y el matar a la gente. Así lo demuestran diversos estudios que constatan que en la mayoría de los países entre el 80 y 90 por ciento de los homicidas son hombres y que en todo el mundo, todos los días, muere un promedio de 565 niños, adolescentes y adultos jóvenes, como resultado de la violencia.
Transformar estas creencias sobre la masculinidad, se ha convertido en una prioridad absoluta en los esfuerzos mundiales por prevenir la violencia. El mes pasado, El Nuevo Diario informaba que en Las Minas, al norte de Nicaragua, un hombre de 40 años había asesinado a su amigo de 38 años a quemarropa con un revolver calibre 22, simplemente porque había sentido la necesidad de demostrar “quien era más hombre” según reportaba textualmente la noticia.
De acuerdo con estimaciones conservadoras de la Organización Mundial de la Salud (OMS), unas 830 mil personas murieron en homicidios o actos relacionados con guerras en el 2000. La inmensa mayoría de los agresores fueron hombres que usaron armas ligeras y más del 90 por ciento de las muertes violentas ocurrieron en países pobres o con medianos ingresos. Esto es tan grave que el secretario general de la ONU, Kofi Annan, ha dicho que el número de muertes por armas ligeras “diluye la importancia de cualquier otro tipo de armas y en la mayoría de los casos excede en gran medida el número de víctimas que tuvieron las bombas atómicas de Hiroshima y Nagasaki.”
En el mismo sentido, el investigador Sueco Stefan de Vylder, autor de un estudio sobre los costos de la violencia, afirma que las armas pequeñas bien podrían describirse como armas de destrucción masiva en términos del número de muertos que ocasionan, pero todavía no existe un régimen global de no proliferación para limitar su propagación.
De hecho las armas pequeñas matan a medio millón de personas cada año, producen efectos negativos sobre la salud pública y contribuyen a la criminalidad y a la violencia social. Además, millones de personas quedan discapacitadas o mueren a consecuencia de heridas por armas de fuego no tratadas y de enfermedades secundarias. Sin mencionar el terrible estado de angustia emocional y el temor en que viven las personas afectadas y sus familiares como resultado de una agresión.
De acuerdo con la publicación Small Arms Survey, en el mundo circulan cerca de 639 millones de armas de fuego, de las cuales el 60 por ciento están en manos de civiles. Entre los principales factores que contribuyen a la proliferación de armas de fuego, están sin duda el aumento de la producción legal e ilegal de las mismas, inmenso negocio controlado por las grandes economías, como la de Estados Unidos, donde el valor estimado de la producción de armas pequeñas en el 2000 fue de 1.7 mil millones de dólares.
Si bien es urgente un tratado mundial para la no proliferación de armas ligeras, lo que hará la verdadera diferencia será la decisión individual de hombres y mujeres, padres y madres de desterrar las creencias que vinculan la masculinidad con comportamientos violentos y destructivos, y abandonar en los procesos de crianza y educación escolar, los juegos con armas de juguetes, videos juegos o cualquier otro que incite a la violencia.
Lo que hará la diferencia será la decisión de cada uno de nosotros de no comprar un arma o deshacernos de la que ya tenemos en casa. Debe animarnos a ello, la certeza de que un arma lejos de brindarnos seguridad aumenta el riesgo de muerte violenta. Tal como afirma el folleto “Armas de Fuego ¿Protección o Peligro? Del Centro de Estudios Internacionales, (CEI)” la posesión de armas de fuego, incrementa en 2.7 veces el riesgo de muerte para los miembros del hogar.
En América Latina, el 80 por ciento de los homicidios se cometen con armas de fuego, según estimaciones del BID. En Nicaragua, no se tienen datos precisos de la cantidad de armas pequeñas en manos de civiles, pero se estima que en un alto porcentaje de hogares existe al menos un arma en espera de ser utilizada.
Las consecuencias de esta tenencia serán un mayor número de homicidios y muertes violentas, de mayor violencia en el hogar, proliferación de delitos cometidos por jóvenes y adultos y el deterioro de la calidad de vida de la población, fuera del impacto emocional y psicológico para las familias y poblaciones afectadas. Debe quedar claro, como plantea el manual de prevención del CEI, que “la posesión de armas de fuego en manos de civiles incrementa las posibilidades de hechos violentos y de muerte, que una persona herida por armas de fuego tiene más posibilidades de morir que una herida por otro artefacto y que detrás de la mayor parte de la violencia pública y callejera, se encuentran las armas de fuego.”
Debemos pensar bien entonces antes de comprar un arma de juguete o juegos de guerra a nuestros hijos. ¿Qué deseamos? ¿Habituarlos a su uso desde pequeños? ¿Acostumbrarlos a pensar en que ser hombres significa matar, herir o agredir a alguien? ¿Adiestrarlos en el abuso de poder y el comportamiento criminal? Recordemos que regalarles esa pistola en estas navidades bien puede contribuir a ello.
*Directora, Centro de Prevención de la Violencia.