Opinión

¿Quién causa tanta alegría?


Simone de Beauvoir, en su libro capital y biblia del feminismo, El segundo sexo, realizó una de las críticas más radicales sobre la sociedad patriarcal y develó algunos mitos entre los mecanismos de dominación machista. Uno de ellos fue el mito de la Virgen María, quien, según Doña Simone, está al servicio de la dominación patriarcal y ulteriormente del machismo. Dice de Beauvoir: “Si se niega a María el carácter de esposa es para exaltar en ella más puramente a la Mujer-Madre. Pero sólo será glorificada si acepta el papel subordinado que se le asigna. “Soy la sirvienta del Señor”. Por primera vez en la historia de la humanidad, la madre se arrodilla delante de su hijo y reconoce libremente su inferioridad. Es ésa la suprema victoria masculina, y se consuma en el culto a María; éste consiste en la rehabilitación de la mujer por la terminación de su derrota.”
Es indudable que toda cultura humana produce sus mitos. No podemos vivir sin ellos. Pero con los antropólogos hemos aprendido que los mitos tienen sus cargas mitopoyéticas (positivas) y sus potencias mitagógicas (negativas). Tampoco podemos dudar que los mitos, por muy explicativos que sean, son instauradores de un orden y siempre éste estará al servicio del poder dominante.
En el caso del mito de la Virgen María, como parte de mi cultura judaico- grecolatina-mestiza, patriarcal y machista, no puedo dejar de percibir a este mito, más con cargas positivas que negativas, diferenciándome de las certezas de esa sabia mujer (S. d B.) que tanto nos ha enseñado. No puedo obviar lo fundamental de la enunciación por parte de María de la oración que conocemos como El Magnificat.
Nunca va a dejar de gustarme, y jamás voy a dejar de sentir en mi fe como preludio de la buena nueva, esos sintagmas del magnificat que se oponen a todo poder, a todo proyecto de dominación político o de género: “Hizo proezas con su brazo; esparció a los soberbios en el pensamiento de sus corazones. Quitó de los tronos a los poderosos, y exaltó a los humildes. A los hambrientos colmó de bienes, y a los ricos envió vacíos.” (Lucas 1, 51-53) Que esto lo diga una mujer, aunque sea como íntima oración y en aquel tiempo, es muy significativo y nada despreciable epistemológicamente.
En Nicaragua participamos de la encarnación masiva, comunitaria y festiva de este mito. Los nicaragüenses año con año vivimos la Gritería de la Purísima. Para nosotros los nicaragüenses las Purísimas, múltiples, policromas y polifónicas, son una fiesta del espíritu cristiano y un momento supremo de la comunidad que comparte. En las Purísimas se comparte el pan, los dulces, las artesanías, se reviven ritos, se disputan al olvido exquisiteces como los gofios (¿hechos a la manera leonesa o a la masaya?), se contamina de ruidos y humos el ambiente, hasta el atosigamiento y la sordera. Así manifestamos una inmensa alegría, es parte de nuestra fe y de nuestra cultura. Y esa cultura del nica, la de las Purísimas y sus fiestas patronales ya han desembarcado como aportes en San José de Costa Rica, en San Francisco o en Miami Fla. Los éxodos políticos y económicos han internacionalizado las Purísimas.
Sobre el mito de la Virgen, creo que algún día los seres humanos vamos a tener que agradecerle al papa Pío IX la Bula Ineffabilis Deus, donde se formuló el dogma de la Inmaculada Concepción de María. A Juan Pablo II, que haya nombrado a la Virgen de Guadalupe de México, Patrona y Emperatriz de América. Éstos son hechos relevantes que apuntan a la difusión de un mito con la potencia suficiente para convertirse en diosa. Nadie como el cristianismo le ha dado un raid mejor a las mujeres. La hizo Madre de Dios, Madre de todos. ¿A qué niveles de violencia intrafamiliar y de feminicidios estaríamos sin que el macho no se detenga un poco por la imagen de la Madre que ve en cada mujer y que para él también es María?
De alguna manera estoy de acuerdo con la especulación de “Augusto Comte, quien hace de la mujer la divinidad de la Humanidad futura” (El segundo sexo). Para mí asistimos a un proceso de divinización de María y frente al Dios Padre adusto, severo, cruel, vetero testamentario, con el aporte esencial del Cristianismo, el amor del Nuevo Testamento; las futuras generaciones participarán de este mito encarnado de María la diosa. Una diosa amorosa, amable, igualitaria, digna y pacífica. Sé que mis palabras aún dentro del catolicismo se percibirán como heréticas. Peor aún para los hermanos evangélicos que no participan de las fiestas de la Purísima por considerarlas idolatría. Ni siquiera pueden gozar de las gorras. Pobres hermanos huérfanos, ellos creen que por fe y no por obras se van a salvar. ¿O es que son tan racionales y pinches, que no les gusta compartir el pan con el hambriento por su -según Weber- espíritu capitalista?
Pero éstas son especulaciones antropológicas y heréticas. En la concreta es mejor que tome mi bolso, afine mi garganta de lata y me lance a las calles a gritar y cantar en los altares del pueblo: ¿Quién causa tanta alegría? ¡La Concepción de María!