Opinión

Apostar contra el dictador y perder con el demócrata


Se ha vuelto muy obvio que cuando menos consistente es el comentario político, el autor más abusa de los adjetivos fuertes contra un personaje, una actitud política o en torno a la situación de un país determinado, con el propósito de convencer de la validez de sus razones y levantarse con la falsa victoria por la vía de la descalificación. El recurso es engañoso, por lo cual es mejor ir más allá de la superficialidad de los adjetivos y de las frases hechas.
Es engañoso y fácil, por ejemplo, llamar dictador al blanco de nuestra fobia como llamar demócrata al sujeto de nuestra filia, y en ambos casos se cree estar en lo cierto, mientras no interese descubrir --por medio del cotejo de lo superficial y las realidades— el fondo escondido del asunto. Imaginemos a un dictador y a un demócrata; son dos calificativos superficiales, pero en el fondo de la realidad del entorno de cada quien, los adjetivos con que suelen ser identificados pierden en parte o en todo su valor.
Entonces, los gatos que los adjetivos pintan blancos y negros resultan que también parecen pardos o que, pareciendo pardos podrían resultar negros, blancos y de cualquier otro color. Así, pues, tenemos un dictador, de profesión militar; y también un demócrata ingeniero, y ambos ejercen o no su respectiva profesión según su voluntad y circunstancias, con la aceptación general de su respectivo pueblo. ¿En dónde está lo malo? No existe nada malo en eso. (Empate entre el dictador y el demócrata).
El dictador fue elegido mayoritariamente en elecciones populares, sin que hubiese tenido ningún poder ni influencia sobre el tribunal electoral, sino más bien tenía desventajas; el demócrata, también fue elegido con una mayoría de los votos, pero su partido tenía control sobre el poder electoral e indiscutible influencia sobre la mayoría de los magistrados, sin embargo, los dos son presidentes legítimos. (Una a cero a favor del dictador).
El dictador ejerce su “poder absoluto” según la Constitución de su país, para desarrollar proyectos de contenido social a favor de una mayoría históricamente marginada; el demócrata ejerce su relativo poder –y no tanto como lo ordena la Constitución— para desplegar programas económicos de exógeno mandato que favorecen a los sectores históricamente privilegiados. (Dos a cero en contra del demócrata).
El dictador cambió el ejército tradicional de la oligarquía, por un cuerpo militar al servicio de los proyectos de transformación social, y rompió su dependencia de las “asesorías” militares gringas; el demócrata, nunca combatió al viejo ejército de la dictadura (una criatura gringa), quiso eliminar al nuevo ejército, hasta donde ha podido, lo ha puesto a la orden del imperio invasor de Iraq, y acepta presiones gringas para la destrucción de sus SAM-7. (Tres a cero a favor del dictador).
Al dictador, el imperio le monta conspiraciones cívicas y militares por medio de la CIA y de sus agentes locales, lo que incluye desinformación mediática y un golpe de Estado, pero el pueblo lo retornó al poder con el mismo derecho que antes se lo había dado con los votos; al demócrata, mientras las mezquindades interclasistas le querían birlar el poder, la embajada gringa puso orden en la casa y le garantizó la continuidad de su mandato por medio de la OEA, pero el pueblo, que objetiva y espontáneamente le apoyó en su derecho a cumplir su período legal, no fue convocado para nada, porque el demócrata confía más en el apoyo de Washington. (Cuatro a cero a favor del dictador).
El dictador, a disgusto del imperio, se ha dedicado a gestionar la unidad económica y política latinoamericana con independencia y respeto mutuo, y por el rescate de su identidad cultural, utilizando la riqueza nacional –el petróleo— como sustento de tales proyectos; el demócrata dedicó tiempo, esfuerzo y mente para lograr se aprobara el proyecto gringo que someterá la economía nacional a la estrategia expansionista de su economía, mientras la débil y pobre producción nacional es abandonada a su suerte, porque el imperio determinó que no es conveniente crear fuente de financiamiento oficial para los agricultores, mientras subsidia a los suyos. (Cinco a cero en contra del demócrata).
El dictador, durante su gestión gubernamental, ha eliminado el analfabetismo histórico, incorporó al disfrute de la salud a quienes nunca la tuvieron y junto al pueblo enfrenta las dificultades y asume todas las tareas de desarrollo y de justicia social pendientes desde hace dos siglos; el demócrata sólo puede impulsar programas de alfabetización escolar de poco alcance, debido a que un millón de niños no puede ir a la escuela, los bajos salarios de los maestros, y mientras florece el negocio de la educación privada, la educación pública no pudo mejorar sustancialmente durante su mandato, todo de acuerdo a nuestros males históricos. (Seis a cero en contra del demócrata).
El dictador vive acosado por una prensa tradicional y conspiradora al lado del imperio y los grandes intereses de las transnacionales y el gran capital privado (ella misma, es parte de ese poder económico pro gringo), por lo que en la confrontación gobierno-prensa ha habido medidas represivas en su contra, aunque no siempre a tono con la gravedad de la conspiración; el demócrata, no ha tenido que enfrentar a la prensa, porque ésta ha sido objetiva ante la lucha política interclasista e intransigente en la denuncia de la corrupción, en la cual el demócrata ha tenido una participación, pero éste no ha tenido la fuerza necesaria para preservar los derechos de la prensa cercenados por sus opositores en el Parlamento. (Segundo empate entre el dictador y el demócrata, un voto de pesar por la prensa venezolana y otro de felicitación al periodismo nicaragüense).
El dictador, ya se sabe, triunfó en elecciones organizadas por la institución en la cual no tenía ascendencia, igual que triunfó en las siguientes, pero como las fuerzas opositoras han chocado una y otra vez contra la voluntad popular, ahora utilizan la táctica de la abstención para disfrazar su fracaso; el demócrata, no tuvo porqué quejarse del aparato electoral en su campaña presidencial, y en nada lo influye ahora, porque la oposición se adueñó del mismo para manipularlo, y es el pueblo al que empujan hacia el abstencionismo, porque los dos caudillos no dan libertad de participación electoral, sin que el demócrata pueda hacer nada. (Siete a cero a favor del dictador, virtual amenaza contra el pueblo nicaragüense y el venezolano).
Como se ve, los adjetivos quedan flojos, cuando la realidad objetiva dice lo suyo sin consultarles a los comentaristas parcializados. Los adjetivos no ayudan mucho a identificar nada ni a nadie, pero, utilizándolos a discreción y conforme los mitos creados ad hoc, sólo sirven para soliviantar los ánimos de la gente, consolidar determinados prejuicios y para que quienes gustan tomar el rábano por las hojas, se autosatisfagan después de cumplir con la misión de complacer a un poder extranjero.
Los adjetivos odiosos y peyorativos, como dictador, y los adjetivos sofísticos como demócrata, seguirán siendo considerados de utilidad política, aunque la creciente revolución informática ayude cada vez más a dejar a la vista su contradicción con la realidad. (¡Nueve a cero contra el comentarista pro gringo!).