Opinión

Días de radio


La otra vez, mientras iba manejando en compañía de mi esposa y monitoreaba el dial con evidente ansiedad, pretendiendo encontrar un programa refrescante, me quedé estupefacto al escuchar a un joven animador que en una radio local leía la biografía de un famoso roquero. No sé si nos informaba o nos desinformaba. Lo que nos llamó la atención fue que a cada momento, al referirse al artista, lo llamaba brother, loco, maje, fiera, como si lo conociera personalmente, y cuando mencionaba su música la calificaba de tuani, nice, salvaje, bonita y otros adjetivos que prácticamente me decepcionaron. Nunca pudo darnos, con sus palabras, una definición sencilla de lo que era el rock. Obviamente, el joven no tenía voz ni talento. Me reservo el nombre de la radio para no herir susceptibilidades.
Pregunto: ¿qué pasa con esta joven señora de eterna belleza que acaricia nuestros oídos en el automóvil, en el bus, en el cuarto, en la sala, y en cualquier lugar donde estemos, y que nos alegra y nos entristece con buenas y malas noticias? Tiene la magia de hacernos llorar y reír, de contentarnos y enojarnos, volvernos niños y sentirnos a veces protagonistas de un mundo fantástico y cruel.
¿Quién iba a decir que detrás de ese pequeño artefacto hay todo un mundo de variadas emociones que nos hacen la vida soportable y entretenida? ¿Quién iba a decir que esa cajita sencilla, como la de Pandora, sería capaz de cambiar nuestros estados de ánimos y hasta nuestras formas de vida?
Yo no concibo vivir sin la radio. Me siento solo y abandonado sin ella, como los muelles en el alba. Huérfano. Es mi conexión más humana y sincera con el mundo. Crecí oyendo radio, y aunque no soy especialista en el arte radiofónico, sé distinguir entre un locutor profesional y una persona advenediza y atrevida que toma un micrófono y dice cualquier perogrullada. Soy un amante de la radio, por no decir un fanático de la misma. Luego de acariciar a mi mujer todas las noches, recuesto mi cabeza en el regazo de la radio para terminar de conciliar mi sueño y soñar con bandas de música, discos de platino y trenes nocturnos. Debo confesarlo: la radio es como mi segunda mujer. Me acompaña cuando mi esposa duerme.
Insisto: ¿será que están doblando las campanas por la radio? Lamentable eso creo. Y me decepciona saber que actualmente se prostituye. Está en manos de advenedizos, de mercachifles, de personas que no saben hablar correctamente el español y quieren hablar en radio. De comerciantes que quieren vivir a costa de la radio, sacrificando calidad y decencia.
Recuerdo con nostalgia los tiempos dorados. Las voces inmortales, insustituibles, guardadas en la memoria para siempre. Cuando las escucho, me alegra pensar que están allí, como testigos del tiempo, olvidadas pero intactas. Eduardo López Meza es uno de ellos, actor radiofónico. Su voz combativa, desde las catacumbas, transmitiendo el espíritu revolucionario y antisomocista, sacudía a los ciudadanos más indolentes. Trepidante, como una locomotora, Eduardo revolucionaba conciencias. Y atizaba el fuego de la libertad. Pegado a la radio, en la clandestinidad, lo escuchábamos leer las noticias políticas prohibidas que el régimen censuraba. También recuerdo al profesor y actor Julio César Sandoval, en sus radionovelas en Radio Mundial y luego en sus comentarios políticos radiales. Sandoval es un maestro perfeccionista, y por esas ironías de la vida, en la actualidad ninguna radio ha contratado sus servicios. Él podría estar formando artistas radiofónicos. Pero el maestro envejece esperando una muerte inútil, desperdiciado por la envidia y el olvido.
Otra voz que ha dejado huellas en el fascinante mundo de la radio es Conrado Pineda. Una voz elegante, bien informada, pausada, discreta, acariciante, que escuché por primera vez en Estación X y luego en el Canal Seis con su programa sabatino Concierto de Rock. Pineda ha sido considerado uno de los primeros discjockey de la radio nicaragüense. No puedo dejar pasar inadvertida la histórica voz uniforme, firme y con decibeles precisos de Rodolfo Tapia Molina, decano de Radio Informaciones. Hemos tenido excelentes locutores y artistas de la radio. Locutores de todos los tonos y matices. Locutores con énfasis y hasta con engolamiento. Pero un engolamiento refinado. Recuerdo a Joaquín Absalón Pastora y su radioperiódico El Momento. Una voz firme, ronca e inconfundible, intelectual, ilustrada. Todavía lo escucho ocasionalmente en Radio Mundial, mientras monitoreo el dial, todas las mañanas leyendo sus noticias con la solemnidad que le caracteriza. Es una voz nacida para leer y comentar noticias. Su hijo Moisés Absalón Pastora, afortunadamente heredó la voz, pero no su talento.
Denis Schwartz es quizás uno de los locutores más jóvenes y completos que he conocido. Lo conocí como animador de un programa de televisión en la década de los ochenta, pero se consagró en la radio. Es un excelente lector de noticias, un agradable comentarista y un buen narrador deportivo. Su animación le ha puesto sello y vida a la radio donde es director.
Fabio Gadea Mantilla, escritor, periodista y actor radial. Su voz, ronca y sonora como la del Momotombo, es historia y patria. Sus cartas de amor a Nicaragua, controversiales, son leídas con esa nicaraguanidad y sencillez que asombra, con ese hilo narrativo, propio de un artista consumado de la radio. Crecí escuchando a Fabio y su criatura: Pancho Madrigal. Sus pinceladas nicaragüenses. Sus editoriales combativos antisomocistas. Su hermano, Heriberto Gadea, es otra voz inconfundible de la radiofonía nacional. Ambas voces son la expresión de la nicaraguanidad genuina. Y hablando de Fabio, recuerdo a don José Castillo Osejo, otro actor nato de la radiodifusión. Fabio Gadea, Heriberto Gadea y José Castillo Osejo, una trilogía que son historia en la radiofonía nicaragüense.
Pero, desgraciadamente, la historia no parece ser maestra de la vida. Actualmente, la radio se encuentra en un estado de coma. Vive días sombríos, esperando unas voces nuevas, frescas, talentosas, que la hagan salir del letargo en que se encuentra. Usted monitorea a cualquier hora la radio, y salvo raras excepciones, voces antiguas que aparecen en el dial como fantasmas, nos recuerdan tiempos de fulgor. Casi siempre, usted busca y rebusca en el dial y se encuentra con un improvisado concierto de cucarachas.
Pese a que la radio se encuentra enferma, yo sigo amándola. La amo con la ternura con que me acerqué a ella cuando tenía ocho años y me dormía en su regazo escuchando la mejor música del mundo hasta que el día terminaba y la magia se transformaba en sueño. Ojalá que la radio encuentre pronto nuevas voces que la salven de una muerte anunciada. De lo contrario, la majestuosa televisión le dará el tiro de gracia.

El autor es periodista y escritor.