Opinión

Condenados a la muerte por el Estado


Hace cinco años, cuando el doctor me dijo que lo que tenía era una insuficiencia renal crónica, creí que lo que me había caído era una maldición o un castigo de Dios, pues de hecho el doctor lo que me estaba diciendo, según entendía yo, era que estaba condenado a la muerte de manera inevitable.
¿Que ser vivo no está condenado a la muerte desde que nace? Todos, de hecho, pues la muerte es parte de la vida misma. El asunto es que tenemos una vida que vivimos y ésta de hecho depende también de cómo cuidamos nuestras vidas y eso va a determinar en cierta medida el periodo de vida que tenemos para vivirla. Según las estadísticas, el nicaragüense tiene un periodo de vida de 60 años, pero podemos vivir mucho más que eso dependiendo de nuestra calidad de vida, mi padre tiene 80 años y muchas ganas de vivir aún.
Yo tengo 40 años, con muchas ganas de seguir viviendo, pero el Estado me está condenando a la muerte inevitable en cualquier momento, al igual que a cienes aquí en Nicaragua.
Digo que el Estado me ha condenado a la muerte por lo siguiente:
Después de cinco años de que determinaron mi enfermedad (Insuficiencia Renal Crónica, IRC) llegué al hospital “Lenín Fonseca” no por primera vez, trasladado desde Matagalpa en un vehículo de un amigo, pues la ambulancia cobra por el traslado 1,200 córdobas cuando esto se trata de algún traslado no programado o no venga de una decisión del hospital.
Llegué al Hospital con 26 de creatinina, es decir mi sangre completamente intoxicada con líquido en el cuerpo, casi sin poder respirar, en estado urémico, movimientos involuntarios por reacción del líquido en el cerebro, es decir casi muerto.
Los médicos determinaron que la alternativa era realizar de manera urgente una Diálisis Peritoneal, pues ya mis riñones se habían paralizado, habían dejado de funcionar, pero que no aseguraban mi vida y que era la única opción que quedaba. Cuando entré a la sala de nefrología, me di cuenta que no estaba solo, estaban en mi misma situación, o quizás peor, otros seis pacientes más.
Después de treinta horas eliminando líquidos en una cama, boca arriba sin poder moverse, y con un tubo que insertan debajo del ombligo, el cual uno tiene que ayudar empujando el estómago, tendido en esa cama desnudo, aguantando fríos, vomitando, oyendo los lamentos de los otros pacientes o dándome cuenta que el paciente vecino murió, y uno sintiéndose al borde de la muerte, viendo la muerte venir, uno sale de esa sala creyendo que ha evadido la muerte para siempre. Pero no es cierto, uno sigue condenado por el Estado a la muerte inevitable. ¿Por qué? Simple y sencillamente la solución a nuestro problema está al alcance de la mano del mismo Estado.
Cada segundo, cada minuto, cada hora, cada día, cada semana que vivimos después de pasar esa experiencia es un agradecimiento total a Dios. Pero para hacerlo, tenemos que recurrir no sólo a los ruegos de uno hacia Dios, de la familia, de los amigos, de los conocidos o de los que ni siquiera nos conocen y saben de nuestra enfermedad y ruegan por nosotros, tenemos que recurrir a las posibilidades económicas que cada uno tiene.
Para poder vivir tenemos que recurrir al uso de unas máquinas que hacen la función del riñón, limpian la sangre y eso nos da oportunidad de seguir viviendo. Pero esa maravilla de la ciencia cuesta por cada vez que se usa entre 90 y 110 dólares en las clínicas privadas, o en la moda actual dentro de los mismos hospitales del Estado que dan servicio privado. En resumen, para poder seguir viviendo uno necesita alrededor de 1,320 dólares al mes, aparte de otros costos de medicinas y vitaminas.
¿Quiénes pueden pagar eso? Los ricos del país que son unos pocos. ¿Y los pobres, los campesinos, los obreros agrícolas, los obreros de la ciudad, los artistas, los ingenieros agrícolas, el vende pan, los que tan solo ganamos para comprar la comida, tener un techo y llevar a sus hijos a la escuela, o los que ni siquiera tienen techo, ni comida ni educación? Es decir la mayoría de este país está condenado a la muerte si llegara a padecer de esta enfermedad, pues no tiene ni la más mínima posibilidad de acceder a este tratamiento.
En todo el tiempo que yo he estado en los hospitales por esta causa, personas jóvenes de 18 años, adultos en su plenitud de la vida o ancianos con ganas de vivir, se han muerto por no contar con el dinero para poder pagar ese tratamiento y ya no digamos de las personas que padecen de esta enfermedad donde ni siquiera hay un centro de salud y se mueren creyendo que es un hechizo o algo maligno.
El Estado bien puede brindar estos servicios. El Estado bien puede evitar la muerte de estas personas que padecemos esta enfermedad. Pero simplemente no lo hace. ¿Recursos? No soy economista para decir de dónde, pero lo que está a la vista no necesita de anteojos, sino veamos cuánto gana un diputado, cuánto gana el presidente, sé que recursos hay, por lo menos para que en cada hospital existan unas cinco máquinas de esas y brinden esos servicios de manera gratuita.
Y sigue la pregunta: ¿por qué no lo hacen? Porque el Estado tampoco quiere competir contra la famosa empresa privada, no quiere que la empresa privada pierda lo que ha invertido, la empresa privada que no tiene escrúpulos para decir: quien no paga, no accede, y quien no accede se muere.
Hablo de la empresa privada, la inescrupulosa, cuyo único sentido de existir es hacerse ricos a costa de las necesidades vitales de los demás; no de la empresa privada que brinda servicios y que ayuda a solucionar problemas o buscar alternativas de solución.
Estamos condenados a muerte por el Estado. Y yo, ¿cómo he sobrevivido?, se preguntarán. De la solidaridad. De la solidaridad de mi hermana, de mi familia, de mis amigos, de la gestión que hacemos juntos todos, mi familia, mis amigos frente a los organismos del Estado para conseguir una diálisis gratis, o una inyección gratis, pero esto no es para siempre, esto en algún momento no va a ser posible, el dinero se acaba, la paciencia se acaba y por lo tanto en algún momento no voy a poder seguir pagando las diálisis o las gestiones ya no darán resultado.
El Estado nos obliga a mendigar lo que por derecho nos pertenece, es Nicaragua entera quien mantiene al Estado, no tenemos por qué pedir al Estado, debemos de exigir al Estado que nos cumpla. No nos condenen a la muerte.

Actor, director de teatro y dramaturgo.
Enfermo de Insuficiencia Renal Crónica.
Condenado a la muerte por el Estado.