Opinión

¿Por qué los vagos e incapaces ascienden al poder?


Si algún ciudadano tuviera el tiempo suficiente para investigar el perfil de los asesores, funcionarios y consultores externos del actual Poder Ejecutivo, fácilmente podría concluir que en su gran mayoría han sido personajes que no se han destacado por ser profesionales brillantes o empresarios exitosos. Inclusos muchos de ellos ni siquiera concluyeron sus estudios universitarios. Es más, antes de llegar a la Presidencia llevaban una vida modesta, con escasos ingresos económicos y con poca perspectiva de escalar en la vida social.
Sin embargo, al carecer de alternativas en la vida civil, encontraron en los partidos políticos el camino fácil para el ascenso económico y social, pero no por su capacidad y esfuerzo propio, sino más bien porque destacan por su fidelidad, constancia y servilismo; y los más inmorales han formado clanes cerrados, y recurren a cualquier artimaña para promocionarse, o en cualquier caso para permanecer en sus cargos, porque fuera de ese círculo serían sin lugar a dudas incapaces de operar en el mercado laboral, y consecuentemente no llevarían una vida ostentosa como la actual.
Es claro y evidente que a través del tráfico de influencia, o aprovechándose del presupuesto público es que han construido sus mansiones y engordado sus ahorros. De tal forma que los partidos políticos se han convertido en la mejor agencia de empleo público, en la manera más rápida de hacer dinero y de ascenso social.
Debido a que los partidos políticos son el reflejo de esta sociedad rural, atrasada y decimonónica como es la nicaragüense; carente de instituciones sólidas, sin una carrera administrativa que favorezca el mérito y la capacidad, es lógico que el único camino posible y seguro al éxito es la militancia política.
Lo usual que hace un militante avispado que tiene ambiciones desmedidas y que pretende mejorar sustancialmente su vida sin mucho esfuerzo, es vincularse a un clan interno que dirige algún político en la cúspide, y serle o demostrarle por lo menos que le es fiel y servil.
Por tal razón, no se quiere en ellos gente con un radio de acción y con opiniones propias, con talante y talento; sino más bien militantes vulgares, picapleito, bocones y chabacanos, para utilizarlos (la cúpula) como fuerza de choque y silenciar al “enemigo”.
Es evidente, que al ser este tipo de personajes fieles al caudillo político, una vez ganadas las elecciones ocupan cargos en el Poder Ejecutivo o en la Asamblea Nacional, ganando un salario por encima de su capacidad y mérito académico.
Y en el caso particular de los diputados pueden ser electos y reelectos a la Asamblea Nacional (como lo demostré con cifras y datos en mi libro “¿A quiénes representan los diputados en la Asamblea Nacional?”) sin el menor contacto con la población, sin rendir cuenta de los fondos públicos, porque al fin y al cabo su destino político depende de los jefes, de la cúpula, no de la ciudadanía.
Max Weber, en su ya célebre obra “El político y el científico”, realizó una clara distinción entre el funcionario político y el funcionario profesional. Este último tiene una larga preparación, es altamente especializado y su valor supremo es la integridad. Sin este funcionario, en palabras de Weber, “se cernería sobre nosotros el riesgo de una terrible corrupción y una incompetencia generalizada, e incluso se verían amenazadas las realizaciones técnicas del aparato estatal”. El funcionario político es, al contrario, un militante de partido que alcanza un puesto público y se le define en esencia como un cazador de cargos profesional; cambia de partido, de ideología, y aun más de principio por mantener un puesto público.
Hace poco, Arnoldo Alemán (quien constantemente decía que se había metido a la política para ser vago) con una evidente amargura señalaba que cuando era presidente de la República, una señora que fue presidenta del Consejo Supremo Electoral, por mantenerse en el cargo, al ser abandonada por el Frente Sandinista en el cual militaba, le llevaba cada año puntualmente en el día de su cumpleaños una serenata con mariachis, y según se cuenta, la primera canción que entonaban era la de “sigo siendo el rey”. Igualmente, la otrora concejal del Partido Comunista en Managua hacía lo mismo, solamente que en la cárcel de El Chipote.
Sin embargo, al entrar este personaje en desgracia con los Estados Unidos, estas damas lo han abandonado, y han buscado sin perder el tiempo a otros líderes con mayores posibilidades políticas.
Hoy en día, ambas militan en otras “causas”: una como destacada representante de la sociedad civil, a la que evidentemente ha politizado; la otra, utilizando la misma técnica de elogio, servilismo y de aparente lealtad, con un banquero candidato a la presidencia, en el que ha visto la oportunidad de seguir siendo funcionaria política o diputada. Igualmente, han realizado este mismo ejercicio de “mudanza” política personajes como el ex diputado del Movimiento de Renovación Sandinista, quien ahora está con APRE; los ya famosos “lilas”, y un largo etcétera.
La primera causa que salta a la vista de este inmenso deterioro a lo interno de los partidos políticos es que el modelo de partidos de masas que introdujo el movimiento obrero hace un siglo está completamente superado, aun cuando todos hacen como si estuviera vivo, al no haber tenido descendencia, y consecuentemente el modelo de democracia en torno a los partidos políticos que hoy disponemos ya no empalma con la sociedad actual, pero por el momento no tenemos otro modelo con qué sustituirlo, pero sí podríamos reformarlo y modernizarlo.
Lo primera tarea para la consecución de estos fines sería el impulsar una Ley de Partidos Políticos, que norme y regule la vida interna de estas instituciones de Derecho Público, y evite o corte este tipo de actitudes oportunistas o de mudanzas políticas.
Lo segundo, y no por ello menos importante, es la separación del Gobierno de la Administración; para que en esta última solamente puedan entrar los que tengan mérito y capacidad, es decir funcionarios profesionales a través de exámenes, y en la primera, los elegidos por el Presidente, pero atendiendo a sus méritos intelectuales, profesionales y éticos. La otra posibilidad práctica sería que aquellas personas honestas y capaces comiencen a militar en un partido político de su preferencia para que directamente influya en sus decisiones. Y la última medida sería que los ciudadanos le demos la espalda a aquellos partidos que llevan a este tipo de personajes oportunistas.
Para nuestra decepción, lo cierto es que éstas son ideas que tardarán muchísimo tiempo en aplicarse, porque en la actualidad, lamentablemente en las cúpulas partidarias están ubicadas aquellas personas que de forma fiel y servil están apegadas a los caudillos, o a los gobernantes de turno, y aplazarían evidentemente cualquier reforma que conlleve a su expulsión. Sin embargo, hay que luchar por modernizar los partidos, porque de lo contrario los vagos e irresponsables nos seguirían gobernando; perdón desgobernando.

Karlosn@usal.es