Opinión

El traje invisible


Sherlock y Watson habían amanecido especialmente chimbarones. No cesaban de corretear alrededor de los otros dos caminantes, Watson con un ladrido fino, y Sherlock con un gruñido ronco pero fingido, atrapaba por el cuello a Watson, quien se tiraba patas arriba, y creía escapar de aquellas fauces cuando en realidad era Sherlock quien se lo permitía. Volvía a correr y pasaba veloz cerca de Sherlock, tirándole del cachete, hasta que éste nuevamente lo atrapaba y lo dejaba ir.
A propósito de la plática anterior en la que se dijo que don Enrique creía andar muy bien vestido con la Ley Marco, cuando en verdad andaba desnudo, el de Managua recordaba que en 1952, cuando cumplió diez años, Guillermo Suárez Rivas le había regalado una selección de los extraordinarios cuentos del danés Hans Andersen, entre los que quería recordar, por tener relación con don Enrique y su Ley Marco, y otros que piensan que el ropaje que se ponen oculta la fealdad de su desnudez política, el cuento “El nuevo traje del emperador”, el cual iba a resumir a su manera, sin importar, agregó, que quienes lo escucharan hicieran comparaciones o encontraran similitudes con personajes de la vida real:
“Hace mucho tiempo, vivió un emperador que no pensaba en otra cosa que en aparecer bien vestido ante sus vasallos, ya que había llegado a creer que su vestimenta reflejaba la situación del país, el cual apenas gobernaba, pues dos granujas le hacían la vida imposible. Un día, los dos granujas le dijeron que le iban a permitir gobernar hasta que terminara su mandato, y conociendo la debilidad del emperador por las apariencias, agregaron que además de caudillos eran unos excelentes tejedores, y que en prueba de su buena voluntad, le iban a confeccionar un traje con la tela más fina que pudiera imaginarse, y que el traje hecho con aquel material tenía la virtud de ser invisible para todos aquellos que fueran indignos de su cargo o solemnemente estúpidos.
-Será un traje admirable- dijo el emperador. -Si yo lo llevase descubriría a los hombres de mi imperio que son indignos de su cargo, y podría distinguir entre los inteligentes y los necios. -Y de inmediato aceptó que le hicieran un traje completo con tan maravillosa tela, dando su futuro político como anticipo a los estafadores para que se pusieran a trabajar sin tardanza. Montaron éstos dos telares de ley y marco, y fingiendo estar abrumados de trabajo pedían por el diálogo grandes concesiones, la seda más fina y el más precioso oro. Por otra parte quienes iban a los telares a ver cómo marchaba la confección del traje, aun cuando no veían nada, regresaban contando maravillas del mismo, pues no querían pasar por estúpidos.
El mismo emperador quiso ver la maravillosa tela con que confeccionarían su traje, cuando ésta aún estaba en el telar, y fue en compañía de los ministros que la habían visto antes ponderándola de todas maneras. Pero el emperador, al igual que ellos, no vio nada, pero tampoco quiso pasar por estúpido, y dijo que le parecía muy bonita, e incluso concedió a los dos estafadores la Cruz de la Orden de la Encomienda y el título de Tejedores de la Corte Imperial. Así llegó el día de estrenar el traje, y los dos truhanes lo hicieron desnudarse para con todo cuidado y con calculadas muecas colocarle aquel traje invisible a su medida, con el que saldría a recibir la aclamación del pueblo. El Jefe de Ceremonial le anunció a su Majestad que a la puerta lo esperaba el palio bajo el cual saldría en procesión. Los chambelanes que habían de sostenerle el manto, se encorvaron hasta el suelo, como si cogiesen la cola. Luego, afectaron sostener algo en sus manos, porque no querían exponerse a que el pueblo creyese que no veían nada.
El emperador se incorporó a la procesión bajo el hermoso palio, y todos lo que lo veían desde la calle y desde las ventanas con exclamaciones alababan aquel traje, pues nadie quería que los demás supieran que no veía nada y que era o imbécil o estúpido. Hasta que una niña dijo:
-Pero si no lleva nada puesto-.Y se produjo un gran rumor, pues todos se decían unos a otros: -No lleva nada. ¡Una niña dice que no lleva nada! ¡Va desnudo! -acabó por gritar todo el pueblo. Y el Emperador estaba muy disgustado, porque le parecía que tenían razón; pero pensó: “Ahora que ya estamos en la procesión, adelante con los faroles.” Y se estiró aún más, y los chambelanes siguieron detrás, tan serios como siempre, aguantando un manto que no existía”.
Sherlock y Watson habían dejado hacía rato su relajo poniéndole atención al de Managua. “Probablemente aquella niña se llamaba Honestidad”, comentó el primero, a lo que el de Masatepe, con el respaldo de Watson, le contestó: “Elemental, mi querido Sherlock”.