Opinión

A propósito de la novela “Rostros ocultos”


Quiero confesarles algo, para que no se creen expectativas por encima de lo que pretendo, no soy ningún escritor ni novelista, a lo sumo he sido, en esta obra, un editor. Tal vez menos, algo así como lo fue aquel interesante personaje inventado por José Saramago en “La Historia del cerco de Lisboa”, uno dedicado al oficio de corrector de textos, que, en un acto de rebeldía o de retar las cosas tal y como se dicen que fueron, decide cambiar la historia que se cuenta solo sustituyendo la palabra Sí, del escrito original, por la palabra No en el texto corregido.
Tal vez podría ser un recopilador o compilador que se ha limitado a juntar diversas cosas, ideas, páginas, experiencias y percepciones. Como quiso ser Augusto Roa Bastos en “Yo el Supremo”, que narra la verdadera historia del dictador paraguayo del siglo antepasado.
En este caso, solamente podría responsabilizarme, en todo el sentido de la palabra, de la introducción y el epílogo, porque tal y como la ficción que les presento dice, he simplemente revisado, corregido, juntado y reordenado un manuscrito que recibí. Algo escrito con la mano temblorosa y errática de un convaleciente en una primera oportunidad y en la última que la vida le prestó; donde tuvo la motivación de encontrarse mientras escribía y descubrir a los otros y otras con los que compartía el espacio de su existencia y a medida que lo hacía, ocurría lo que tenía ocurrir, se comenzaba a conocer a sí mismo.
No es cierto, una vez más lo digo, que este servidor de ustedes, sea autor.
Como decía Sergio Ramírez, podrían ser estas cosas que se cuentan, Mentiras verdaderas, pero qué triste es saber que de mentira, estos relatos tienen muy poco, la ficción ha sido solo un atajo, la realidad me ha topado en cada momento y ha tenido la osadía de inmiscuirse en lo que debería ser simplemente creación de fantásticas historias.
Ya otros han dicho, solo he levantado una piedra y escrito lo que he visto, he corrido el telón del teatro de la vida, de esta rutina urbana y contemporánea de Managua, capital de Nicaragua, y no sé si he tenido la sensación de aplaudir o llorar, de levantarme de la butaca en que me he sentado, agitar los brazos y pedir la última tonada del concierto, o quedarme placidamente inmóvil ante el espectáculo que corre ante mis ojos y también ante el de ustedes.
He concluido mi simple rol de juntar estas páginas, ahora la obra que presento se libera de mis manos y de mi propia imaginación y pasa a ser recreada y reconstruida por cada uno de los lectores. Se reinventará tantas veces como lecturas tenga en una inimaginable identificación de personajes, historias y circunstancias, rechazos y aceptaciones, divagaciones y precisiones.
Los personajes no han necesitado nombres para ser identificados, pueden ser cualquiera de nosotros o de ustedes, pueden deambular afuera o estar adentro y no saberlo. Todos tienen la libertad de pensar quiénes son, es posible que no sean nadie y a la vez existan, quizás estén al lado nuestro y aún no nos hemos dado cuenta.
El libro ha sido dedicado a mi madre, María Rosa, quien recientemente partió del mundo que vemos hacia uno que desconocemos y apenas sospechamos.
La vida es tan pasajera, todo suele ser temporal, al borde del fin es posible simplificarlo todo y llegar, como ese desafortunado e improvisado escritor al que se refiere la narración y de quien he tomado estos escritos, a lo esencial.
Hemos donado la primera edición de la obra al Hogar Zacarías Guerra, un lugar para niños y jóvenes, como una modesta muestra de solidaridad, de la que reiteradamente se habla en estos escritos que han dejado de ser míos. O talvez nunca lo fueron.

Comentarios del autor en ocasión de la presentación de la obra el viernes 25 de noviembre en el Auditorio del Hogar Zacarías Guerra

fjbautista@yahoo.com