Opinión

Los nicaragüenses necesitan racionalizar su consumismo


En países muy atrasados, como es el caso de Nicaragua, el consumismo de los ciudadanos de ingresos medios y bajos es un vicio como el alcoholismo, el tabaco, la droga, el juego o la avaricia. A los adictos, como los picaditos, no les importan las necesidades de las familias, gastan más de lo que tienen, se endeudan, en su locura viven un mundo de ilusiones a la expectativa de modas y tecnología en el primer mundo.
El tema no será del agrado de muchos adictos, pensarán que son libres de hacer lo que quieran, gastan lo suyo y sobre las deudas nadie debe decirles nada. El consumo en sí es una necesidad en la vida de las personas y para la actividad económica del país, pero el consumo indiscriminado y llevado a extremos en países atrasados, y en las condiciones económicas y sociales en que se encuentra Nicaragua, debería preocupar si en verdad se buscara la recuperación económica.
A pesar de la situación lamentable en que se encontraba el país en 1990, comenzó la fiesta del consumismo con dólares que aflojó la cooperación internacional en forma de donaciones y nuevas deudas; desde entonces las importaciones han sido el doble o casi el doble de los ingresos en dólares producto de exportaciones, el déficit de la balanza comercial más de mil millones de dólares...
Como sociedad primitiva, las falsedades que han venido sosteniendo los gobiernos que han pasado bajo la dirección económica del FMI, el BM y otros organismos internacionales de financiamiento el público las ha aceptado como verdades absolutas. Nunca han dicho la verdad, sin embargo, el país anda mal; el magro crecimiento, si lo hubo, ha beneficiado sobre todo a los que eran ricos y nuevos ricos, sin generar nuevos empleos que disminuyan el alto índice de desocupación.
El pueblo nicaragüense está viviendo en una espiral de ansiedad y profunda frustración después de 15 años de reformas de mercado abierto y “democracia”. Las políticas y reformas del Consenso de Washington que suponían reubicar a los países en desarrollo en una senda de crecimiento sustentable han sido un fracaso, la desigualdad de ingresos sigue siendo alta, la proporción de pobres se ha incrementado, niveles de desempleo sin precedentes, además, pueblos resentidos con las privatizaciones.
Los beneficios anunciados en el Consenso no han sido, en la región, compartidos por todos; se han beneficiado quizá, países como Chile, Brasil, Argentina, en donde el FMI el BM y otros no manejan a los funcionarios nacionales como muñecos cabeza vacía.
Eso de meter al país en bolsones de acuerdos o tratados de países de la región es pura música, cada país tiene características propias y todo resulta en un show grotesco, después de firmados los documentos cada cual que se las arregle solo, los beneficios no los comparten todos. Quien aceptó o firmó el acuerdo del Consenso de Washington a lo mejor no era nicaragüense o de economía no entendía ni papa, se sumó como cortesano.
El principal problema del consenso original ha sido la falta de seguimiento de las secuencias de las propuestas y la forma en que impactarían los resultados en términos de empleos, crecimiento y desigualdad. Una zona clave que faltó en las reformas fueron los mercados de trabajo, el problema del rezago laboral y sus implicaciones que las demás reformas estructurales tienen sobre la igualdad.
Atada Nicaragua a acuerdos o tratados regionales, país en la cola de la misma, siguiendo patrones estándares, lo único que ha logrado es vivir en desorden, poniendo parches; en estos días se aprecia en la forma de considerar la aprobación del Presupuesto 2006, una disputa de buitres de la cual no se puede derivar objetivo alguno; siempre el mismo cuento, así lo manda el FMI, no se aceptan cambios, propuestas de nuevos impuestos, una irresponsabilidad.
Contagiados del mismo desconcierto que priva en todos los ámbitos de la población, en una nave que marcha sin rumbo, se agrega un proceso electoral turbulento, iniciado de hecho, en que la gente solo busca cómo sacar su tajada o qué pescar en el próximo gobierno, más el entusiasmo navideño, es difícil llamar a los ciudadanos a la reflexión sobre problemas nacionales y la necesidad de comenzar cambios al iniciar 2006.
No existe estabilidad en los precios del comercio mundial, y la incidencia en los bienes y servicios de consumo en el mercado nicaragüense hace rato viene marcando una tendencia de alzas encadenadas que afectan el poder adquisitivo de los nicaragüenses, reducen los ingresos fijos. La solución en general no se logra con peticiones de mejores salarios o exigir que el gobierno pague la cuenta con subsidios, o sacando de aquí para meter allá.
Siendo los requerimientos de recursos financieros de Nicaragua ingentes y la producción nacional y exportación mínima en relación, luego de 15 años el país ha caído en una dependencia del extranjero escalofriante, que salir de ella obligará a medidas traumáticas. La actitud más fácil y perjudicial ha sido la caridad internacional para estimular una economía que apoye el consumismo.
Si una familia ve reducir el poder adquisitivo de sus ingresos, porque la inflación se la chupa y la economía marcha mal, no crece, y no tiene oportunidades de mejor trabajo, no le queda otra salida que reducir su consumo, lo que equivale a ser obligada al ahorro forzoso. Diferente serían aquellas familias organizadas, que planificaran su consumo y voluntariamente tuvieran el hábito del ahorro vinculado al futuro.
Los nicaragüenses inmigrantes tienen el concepto muy claro del ahorro voluntario. Del dinero ganado con trabajo duro, ahorran y envían puntualmente a sus familias cientos de millones de dólares anuales para apoyarlas en sus condiciones de vida. Esos millones no son parte de la política del gobierno, sin embargo, son de vital importancia para la economía y el nivel de actividad económica.
El gobierno es el principal líder consumista del país a través de sus dependencias. Carece en forma absoluta del concepto de la trascendencia del ahorro nacional, igual que sus llamados economistas, incluyendo el FMI y el BM, basta conocer sus propias finanzas públicas. Sus dispersos proyectos de inversión pública son condicionados a la colaboración y endeudamiento externo, y es desde afuera donde se decide qué se hace o no se hace, y quién los ejecuta.
En este desgraciado país el servicio público de transporte masivo de personas en la capital lo sirven más de 10 mil taxis y los domingos se ven en las calles chorreras de taxis vacíos.
Semejante barbaridad tiene en las importaciones una incidencia múltiple, un costo de país enorme y a la hora que el petróleo sube, por ejemplo, los consumistas quieren seguir viviendo su fiesta, que la gasolina o diesel no suba, les den franquicias arancelarias y subsidios. El consumismo es ciego con el país, y el gobierno se preocupa por buscarles arreglo.
La sociedad, ricos y pobres, quieren vivir a la moda, inmadurez inaudita. La sociedad nicaragüense está integrada por ciudadanos, especialmente juventud, irreflexivos y vulnerables. Prácticamente Nicaragua está gobernada por la publicidad y el marketing, los gobiernos han sido indiferentes. Justo lo que buscó el Consenso de Washington, políticas y reformas neoliberales complementadas con acuerdos y tratados de la región latinoamericana.