Opinión

Herty Lewites y el fin de la palabra


Si gritas sin cesar, si interrumpes a los abogados, no es por nada: es que te pagan para que calles.

Marcial

Para Mallarmé, en un principio es la palabra y luego la palabra. Sin embargo, ésta en su uso indiscriminado y, lo peor aún, mal usada, tirada al vacío, desde todos los puntos de vista, vilipendiada o zurcida como enhebrada de zapatero y, además sin la debida sustancia, el asunto se vuelve catastrófico, diría el poeta.
Éste es el caso de la verborrea insustancial utilizada por Herty Lewites, quien es un sujeto indefinido políticamente hablando, vacío, nació con indefiniciones, tanto en el orden ideológico, como en sus gestiones como alcalde.
Venimos, en nuestro país, de sucesiones de sujetos políticos que obliteran la palabra con su habla “popular” y “doméstico” (Barrios de Chamorro) urbano vulgarizado (Alemán) y campechano, estanciero y beisbolero (Bolaños) hasta caer en “aspirantes” que fusionan todos estos males y agregan nuevos.
Con el señor Lewites el lenguaje público empieza a perder su capacidad tanto de verdad, como de imaginación, pues en ambas condiciones retrotrae la palabra a significaciones comerciales y masificadoras que a la postre se quedan en incredulidades que para Mallarmé deben obtener apenas el filo de la sordina.
En sus declaraciones a ciertos medios, que de igual manera corrompen la palabra, habla con una retórica, acuerpado siempre por la mendicidad periodística, con una jerigonza trivializadora de los modos del discurso público-social.
La idealidad de la intuición profética que la palabra debe consignar se pierde, cuando este señor habla, por una locuacidad cancerosa y aprovechadora para intereses personales, pues cuando se estuvo en el poder (alcaldía y con buenas relaciones con el Ejecutivo) y no se legó algo, a no ser neo-figuraciones (pues ya lo había hecho Alemán) en un afán de perpetuar el sistema bajo los mismos signos de rotondas y maquillaciones contrahechas, queda nada más el quererse apoderar de referentes ajenos, de referentes que se han mantenido gracias a la pertinencia y perseverancia y la lucha constante a la par de los sujetos anónimos y por lo tanto lanzados a la exterioridad económica, que él mismo cuando era alcalde les recetó aumento en la tarifa del transporte con la venia del gobierno, pues ya mencionamos sus buenas relaciones con el Ejecutivo, hasta tal punto que no es de asustarse verlo figurando como candidato oficializado.
Eso sucede debido a que ya no existen significados sociales que confieran fuerza a un significado político. El discurso de Lewites gravita sobre una entidad nebulosa cuya existencia no es social, sino estadística y cuyo modo de aparición o de presencia es el sondeo. Este señor se vuelve continuidad de un sistema agotado y que no es más que un reducto de la derecha internacional. ¿Acaso no se pretende timar a la gente con números rebuscados? En este sentido para este señor el pueblo no se expresa, no se le consulta, apenas se sondea. ¿No hay en esta estrategia algo de aquel Erasmo de Rotterdam que afirmaba que al pueblo no hay que dejarlo expresar, apenas hay que sondearlo? Ésta es la más burda estrategia en cuanto a tergiversar la palabra.
En este sentido podemos decir que con Lewites asistimos a la muerte de la gramática profunda, al fin de la palabra pública y entramos al inicio de una gramática vilipendiada, vacía, insulsa, como si la palabra se hubiera roto en el interior de su boca.

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