Opinión

Bitácora


El crimen atroz contra Natividad y el daño sicológico

El asesinato atroz que le quitó la vida a pedacitos al infortunado Leopoldo Natividad Canda Mairena, por ningún motivo debe quedar impune, mucho menos relegarse en la agenda de nuestras vidas.
La justicia debe poner los hechos en su verdadero lugar para contrarrestar los efectos monstruosos en la salud mental, y quede el castigo como un acto ejemplar ante la sociedad humana.
Ya se conocen a los culpables y sus cómplices. El dueño de los perros Rottweiler, Fernando Zúñiga, debe ser procesado, no sólo porque sea el dueño de los canes (en Costa Rica existen leyes en el sentido que los propietarios de animales que hacen daño son los responsables ante la justicia), sino también porque él estuvo presente cuando claramente destrozaban al nicaragüense Canda Mairena y no hizo absolutamente nada, más bien impidió el débil intento de otras personas por intervenir.
Así mismo deberán ser juzgados sus cómplices en el atroz asesinato. El que adquiere animales de raza de ipso facto los amaestra, aunque sea en lo general, para que no agredan a sus familiares. En la educación elemental de los Rottweiler se les enseña a atacar y obedecer las órdenes para que regresen a su madriguera. Hay propietarios que prefieren enseñarles las órdenes en clave. El animal que está atacando si se le dice que se retire en cualquier idioma, no lo hace, porque él obedece a través de la clave.
Y a los que presenciaron con morbo babiante la terrible muerte durante dos horas, así mismo a los que escandalosamente han hecho apología del crimen en forma chocarrera, prosaica, lombrosiana, y los costarricenses con poder que guardan silencio, serán sometidos a juicio por la vindicta pública.
Por medio de la comunicación masiva, y en restaurantes y demás lugares públicos una parte de los ticos han inventado “chistes”, que da pena repetirlos. En intercambio de correo electrónico hay notas espeluznantes, no sabiendo cuál de ellas es la peor. Escogemos al azar ésta: “Ofertel comunica que tiene una nueva promoción, los Rottweiler a mitad de precio... pero si llama en 15 minutos le entregamos totalmente gratis a un nicaragüense para que constate la efectividad de los perros”.
¿Qué podemos responder ante tanta perversidad de un sector social pecaminoso, enfermo?” Nada. Solamente exigir justicia y reflexión a toda la sociedad humana; estas palabras nada tienen que ver con otros costarricenses que ponderadamente han actuado frente el crimen, y que lo han sufrido también.
El crimen se esparció rápidamente. Varias personas que miraron por televisión cómo mataban los perros a Natividad, incluyendo costarricenses residentes en Estados Unidos y Canadá, llamaron a su país llorando y comunicando que estaban aterrorizados, y se sentían avergonzados y tristes, afectados de sentimiento y razón.
Una amiga nicaragüense, aquí en Managua, me dijo que está muy asustada porque su niña de ocho años de edad se despertó a medianoche y corrió gritando por toda la estancia, y llegó a acurrucarse a una esquina del dormitorio, temblando, y con sus manitos protegiéndose la cara. Tras ser atendida debidamente por sus progenitores, ellos le preguntaron qué le sucedía, nerviosa y con lágrimas deslizándoseles por sus mejillas dijo con voz entrecortada que estaba soñando que dos perros negros con grandes colmillos y ojos feroces le desgarraban el vestido y la piel. No ponemos el nombre de la niña ni los de sus papás porque el médico que atendió a la menor les aconsejó que no divulgaran lo sucedido, ya que niños y adultos iban a pedirle que le contaran lo acontecido, echo que le afectaría sicológicamente.
Toda muerte, por natural que fuese, nos disminuye, recuerda el poeta. ¿Y el crimen atroz cometido en contra del desventurado Natividad Canda, en Cartago, Costa Rica? Este hecho infernal nos degrada a la mínima expresión como seres humanos.
Como que si dos horas de martirio corporal y de dolor espiritual fuera poco, en medio del abandono total, y del colmo de los colmos, sumergido en la nebulosa sucia y sanguinolenta oyó como un eco lejano, “es ladrón, se había metido a robar”, y así le encajaron otro sufrimiento, el de la deshonra, ¿habráse visto y oído tanta criminalidad? Y a pesar de tanta crueldad, desolación e ingratitud aún Natividad creyó en la bondad humana. Sentía frío por fuera y por dentro, quiso cobijarse con algo, pero no sintió sus manos porque estaban en las fauces de los perros. Fue cuando dijo: “Siento frío, échenme algo encima”, y se fue muriendo poquito a poquito como se apagan las veladoras.

Decano de la Facultad de Periodismo de la Uhispam
trejosmaldonado@yahoo.es