Opinión

La sociedad civil frente a la oligarquía y el injerencismo


Un grupo de familias, autonombradas de abolengo y alcurnia, han gobernado y dirigido ideológicamente los países latinoamericanos, desde la Colonia hasta nuestros días. Su principal rasgo es funcionar como guardianes, políticos o ideológicos, del poder dominante. Pueden o no pertenecer económicamente a la burguesía, aunque por lo general están más vinculados a grupos terratenientes o rentistas (ganaderos, comerciantes o banqueros). Si la burguesía se identifica como clase, la oligarquía lo hace como casta. Si la burguesía se dedica a las inversiones, la oligarquía se concentra en los cargos públicos (civiles o militares), o en los espacios ideológicos (civiles o religiosos). La burguesía suele ser más nacionalista, la oligarquía es más entreguista. La burguesía es más laica, la oligarquía más religiosa. La burguesía gobierna a través de las leyes y del dinero, la oligarquía lo hace a través de los valores y de los privilegios. La burguesía gira alrededor de la racionalidad económica, la oligarquía es más tradicional y arcaica.
Este fenómeno social ha recorrido, con mayor o menor énfasis, toda América Latina. En ciertos países la burguesía industrial se ha desarrollado más, en otros países todavía larva sin poder desarrollarse, manteniéndose a la sombra de la hegemonía de la cultura oligárquica. Mientras menos desarrollado económicamente es un país, menos arraigo económico tiene la oligarquía, ocupándose más de resguardar el poder ideológico y político. Por eso es que en nuestro país, las expresiones más visibles de la oligarquía sean intelectuales de clase media. ¿Cómo es eso, dirán ustedes? Si nos han dicho que la oligarquía es un grupo de familias ricas y políticamente dominantes. Efectivamente, ese ha sido el origen histórico de la oligarquía, sin embargo, no hay que olvidar que hoy en día la oligarquía es una casta decadente, refugiada cada vez más en el indoctrinamiento a la población. Recordemos que las posiciones ideológicas pueden ser encarnadas en gente que económicamente no pertenece ni mucho menos a las clases que generan aquella ideología. En Nicaragua hubo y hay muchos somocistas de origen campesino u obrero, conservadores de clase media, marxistas de origen cristiano o sacerdotal, indios y mestizos que se desviven por los blancos, o mujeres que defienden el machismo visceral de sus compañeros de infortunio. La ideología, una vez generada, por intereses económicos, puede vivir y reproducirse aún en el alma de quienes padecen aquellos intereses.
En Nicaragua, la oligarquía ha sido muy entreguista, desnacionalizada y desclasada. Antaño soñaba con el imperio español, ahora se aferra al imperio norteamericano. Cree más en los valores de la metrópolis que en los valores criollos, mestizos o indígenas. Suele ser racista y clasista, como los viejos hidalgos, como los nuevos barones. Algunos son ricos y muy seguros de sí mismos, otros sólo tienen la pose o el estatus, y se refugian en diferentes rangos y jerarquías (intelectual, artística o religiosa).
En Nicaragua y en términos generales, el pensamiento y los valores oligárquicos estuvieron más ligados a una cultura política conservadora, mientras que el pensamiento y los valores burgueses estuvieron más cercanos a la cultura liberal. Desde finales del siglo XIX, hasta finales del siglo XX, los grupos dominantes conservadores no habían saboreado el gobierno, pues fueron desplazados por liberales y sandinistas de origen burgués o clasemediero. Con el gobierno de doña Violeta Barrios de Chamorro y sobre todo de don Enrique Bolaños, los símbolos conservadores flotaron a la superestructura. Sin embargo, la presencia o hegemonía de la oligarquía no es ni la sombra de antaño. Han perdido su influencia en el Ejército, la Policía, el Parlamento, el poder Judicial, el poder Electoral, la Iglesia Católica y en gran parte de las masas electorales. Sólo guardan algunos medios de comunicación, alguna influencia en la sociedad civil y una gran cordialidad con la embajada norteamericana.
Al gobierno de los Estados Unidos le pasa algo parecido. Ha perdido presencia en América Latina y su injerencismo no es bien visto por la mayoría de la población latinoamericana. La reciente Cumbre Iberoamericana, celebrada en España, viene de condenar al gobierno estadounidense por cómplice del terrorista Posada Carriles y por bloquear durante 45 años el libre comercio con Cuba. La inmensa mayoría de los países que conforman la Asamblea General de las Naciones Unidas votaron en la última sesión contra el gobierno de los Estados Unidos, conminándolo a que levante el bloqueo contra Cuba. Los países más grandes de América Latina, como Brasil, Argentina, Venezuela y Uruguay, le descalabraron el proyecto del ALCA al gobierno de Estados Unidos en el último encuentro que tuvieron este mes en la ciudad del Mar de Plata en Argentina.
En Nicaragua, los diplomáticos norteamericanos han arreciado, durante el último año, su injerencismo diplomático en la política criolla, como si la desobediencia de los nicaragüenses les irritara más que el desplante del resto de países latinoamericanos. Por ejemplo, los costarricenses no han firmado todavía el Cafta, sin embargo, los regaños y la saña del gobierno de Estados Unidos no se hace sentir como en Nicaragua.
Ahora quiero referirme a la posición y a la respuesta de gran parte de la sociedad civil organizada, frente a la oligarquía y el injerencismo respectivamente.
El Movimiento por Nicaragua acaba de desmentir apasionadamente la acusación que se les hace de subordinarse a los dictados de la embajada gringa, negando tres veces su simpatía injerencista, testimoniando así que el injerencismo ha llegado a ser una mala palabra en la cultura política nicaragüense. Incluso, han mostrado cierta inconformidad con los últimos acuerdos de don Enrique Bolaños con el Frente Sandinista y con el Partido Liberal Constitucionalista, acusándolo de juntarse con la “chusma”, los “simios” y los “mengalos”.
Otras organizaciones, como la Coordinadora Civil, se han pronunciado abierta y beligerantemente contra las imposiciones del Fondo Monetario Internacional y han puesto en jaque al Parlamento, presionándolo para que se abstenga de entregar mil millones de córdobas a los banqueros, alegando ilegalidad de la deuda pública interna que el presidente de la República y el FMI pretenden imponer y consumar en el presupuesto general de la República, exponiéndose así a represalias de ostracismo mediático por parte del presidente del diario La Prensa, don Jaime Chamorro, presidente a su vez de la Junta Directiva del principal banco acreedor del gobierno (Banpro), uno de los símbolos de la oligarquía conservadora y del injerencismo norteamericano en Nicaragua.
Otra organización de la Sociedad Civil, como es la Coordinadora Social, ha hecho circular en los medios de comunicación y en gran parte de los espacios colectivos de la sociedad civil nicaragüense (barrios, universidades, sindicatos, iglesias), un comunicado donde declaran NON GRATO al embajador de los Estados Unidos de América, el señor Paul Trivelli, por considerarlo un injerencista de marca mayor, sin miedo a que les quiten la visa norteamericana a sus dirigentes.
Asimismo, hemos visto, leído y oído en la televisión, la radio y publicaciones escritas, fuertes editoriales, artículos de opinión y airadas reacciones contra el injerencismo norteamericano.
Y para terminar con el recuento de organismos de la sociedad civil que han levantado su voz contra la política exterior del gobierno estadounidense, habría que citar lo que quizás es el más fuerte símbolo de los nuevos tiempos contra la oligarquía criolla y el injerencismo gringo, como es la declaración de los obispos de la región rechazando y condenando los llamados Tratados de Libre Comercio entre el gobierno estadounidense y algunos países latinoamericanos.