Opinión

Huyendo de la guerra del fútbol


Los que dijeron aquellos cazadores es que hallaron a un hombre semidesnudo, casi en estado salvaje, con los brazos en alto frente a la punta de sus armas, gritando: “Aquí estoy, si vienen por mí, mátenme de una vez”. ¿Quién era aquel hombre de más de setenta años y de qué huía? La respuesta tuvo que buscarse ni más ni menos que en 1969. Probablemente en el juego deportivo que más muertos causó en la historia. Se trató de un encuentro de fútbol entre las selecciones de Honduras y El Salvador. Los cálculos indican unos 2.000 muertos en una guerra que no duró más de seis días después de aquel encuentro disputado en Méjico, clasificatorio para la copa del mundo.
La causa no fue el fútbol, aunque a algunos les sirvió también como excusa. Pocos días después del partido, tropas salvadoreñas invadían Honduras en respuesta a desavenencias fronterizas, pero también a medidas hostiles que el gobierno hondureño había tomado contra los 300.000 salvadoreños que vivían en aquel país, en su mayoría sin documentación. Da escalofríos releer la crónica que el poeta de nuestra memoria, Roque Dalton, hace en su libro de Historias Prohibidas del Pulgarcito, sobre la guerra del fútbol. Trascribió titulares de prensa y otras informaciones que se fueron sucediendo en los medios de comunicación de ambos países en aquellos días, y uno se pasma ante la facultad que tenemos de matarnos entre unos y otros, profiriéndonos o inventándonos mil calumnias, sugeridas siempre desde lugares de poder, cuando ya, al no resolver los problemas internos de un país, se aventuran a crearlos con el vecino.
El problema es que no se mueren ellos, los que están en el poder, sino otros 2.000 sin nombre (incluso en tan sólo seis días). Si la guerra hubiera seguido con esa proporción por más tiempo, se habría diezmado la población de Honduras y El Salvador. La OEA vino a ayudar en la resolución pronta del conflicto y todo el mundo estuvo de acuerdo en que un problema de países tan pequeños y hermanos no puede resolverse con semejante violencia. Después del tiempo, muchos se lamentaron diciendo “¡Si hubiéramos empezado dialogando un poco más!” En medio estaba el mercado común centroamericano manipulado por Estados Unidos, como estuvo siempre el interés de un tercero ajeno en las guerras más sangrientas. Qué no podríamos contar de Nicaragua misma en los ochenta.
Recuerdo que hace unos años salió esa noticia, que parecía sacada de un cuento. Nunca supe después si se comprobó como cierto, pero en aquel momento parecía serlo. El hombre que unos cazadores encontraron en la selva guatemalteca se llamaba Salomón Vides, tenía 72 años y se ocultaba desde hacía más de treinta, por causa de la guerra del fútbol. Era un inmigrante salvadoreño en Honduras en busca de trabajo y quedó tan espantado por aquella violencia de furias viejas, que se fue lo más lejos y escondido que encontró en la selva de Guatemala. Se había pasado toda la vida huyendo como un animal de esa selva, así que cuando vio venir a los cazadores creyó que se trataba de soldados hondureños y que finalmente le habían encontrado. Su resistencia descomunal fue vencida ante los cazadores que lo encontraron y se dispuso a morir, como una víctima más de aquella locura. Los cazadores no daban crédito a lo que estaban viendo. Es fácil imaginar la sorpresa y la rabia que aquel hombre tendría al descubrir que la guerra por la que huyó había terminado hacía tanto tiempo. Una vida casi perdida en medio de la selva, con un poco más de suerte que las de aquellos 2.000 que hoy casi nadie recuerda.
Hoy conviene mucho recordar aquellos hechos sobre todo, desde los medios de comunicación, que como nos recordaba el poeta salvadoreño Roque Dalton (también muerto por los suyos) se encendió con discursos xenófobos. Estamos defendiendo la soberanía muchas veces de nuestros ríos, y no la del derecho de nuestra gente a la cosecha y a la comida. Le disputamos la soberanía a los costarricenses, y no a las ratas y al hambre que azota en ocasiones San Carlos y las aldeas del San Juan. Ahora, con la muerte horrenda de Natividad, sería nefasto que intentáramos ver en esto desde una y otra parte un agravio contra nuestros países. Es un agravio contra el ser humano, y sobre todo, uno más contra los más pobres, los desesperados, los inmigrantes sin otro documento que digan de dónde son, salvo su acento.
De nuestros nicaragüenses inmigrantes dependen muchas esperanzas de sus familias acá, y también la marcha de muchas empresas en Costa Rica. Linda, por ejemplo, una amiga de Rosita, allá por Las Minas, se fue a Costa Rica hace tiempo, y gracias a su trabajo en un restaurante, su mamá acá tiene un tratamiento para sus dolores de hueso y articulaciones. A Linda, según me contó, le pusieron ese nombre, porque nació sin nombre. Quiero decir que cuando nació, nadie todavía había decidido ningún nombre para ella, pero presume contando que cuando la gente se acercaba a verla, se admiraban de lo linda que era. Su mamá no tuvo más remedio que darles gusto dejándola ya con ese nombre para que no le fuera extraño nunca. Pienso en ella ahora, cuando veo los ataques incendiarios, los insultos que desde las páginas de los periódicos y desde las pantallas de televisión se están lanzando mutuamente entre Costa Rica y Nicaragua.
Todavía no hemos podido ver que nuestro destino es juntos y que, por tanto, podemos resolver nuestras diferencias juntos. Probablemente son más de quinientos mil los nicaragüenses que están en Costa Rica y habría que multiplicar esa cifra por los de acá, sus familias que en parte, se ayudan con ellos. Es decir, estamos hablando probablemente de cerca de un millón de personas que pueden verse beneficiadas de un mejor entendimiento o perjudicadas si vamos a peor. No se puede estar jugando con ello. Costa Rica y Nicaragua comparten un futuro adverso, pero también lleno de muchas esperanzas. Las circunstancias hacen que la miseria y los despropósitos hayan sido mayores en Nicaragua. Eso, como nicaragüenses o como costarricenses, no nos quita ni nos pone nada, somos así, hermanos de una misma tierra que nació con la vocación de estar unida y de compartir una misma desesperación en la frontera.
Quienes pagan al final estos conflictos son aquellos 2.000 de la guerra del fútbol o como aquel Salomón Vides, 32 años ocultándose en la selva por una guerra terminada, o como mi Linda, de Rosita, que ahora teme no poder seguir ayudando desde lejos por un conflicto que traza en la sangre de inocentes problemas de fronteras. Creo que él, Roque Dalton, lo vio mucho más claro. En sus palabras, un canto de amor a sus compatriotas podemos reflejarnos todos, esto es lo que compartimos con todo el dolor y el amor, del que aquí les dejo algunos versos:
“los que se pudrieron en las cárceles de Guatemala, de México, de Honduras, Nicaragua, / por ladrones, por contrabandistas, por estafadores, / por hambrientos.../los siempre sospechosos de todo.../los reyes de la página roja/ los que nunca sabe nadie de dónde son/ los mejores artesanos del mundo/ los que fueron cosidos a balazos al cruzar la frontera/ los que lloraron borrachos por el himno nacional/ bajo el ciclón del Pacífico o la nieve del norte/ los arrimados, los mendigos, los marihuaneros, /los guanacos hijos de la gran puta,/ los que apenitas pudieron regresar,/ los que tuvieron un poco más de suerte/ los eternos indocumentados, / los hacelotodo, los vendelotodo, los comelotodo, /los primeros en sacar el cuchillo,/ los tristes más tristes del mundo,/ mis compatriotas
Mis hermanos.”
franciscosancho@hotmail.com