Opinión

Las elecciones primarias en Nicaragua: mitos y realidades


La iniciativa de introducir elecciones primarias para la elección de los candidatos a la presidencia de los diferentes partidos políticos ha constituido un verdadero éxito publicitario, hasta convertirse en un activo político espléndido en manos de sus protagonistas.
Las encuestas muestran claramente que los nicaragüenses están satisfechos de su convocatoria; así mismo los medios de comunicación apoyan esta iniciativa. La clase política se ha puesto a la defensiva, y se encuentra insegura entre rechazar o adoptar este mecanismo de selección en sus respectivas organizaciones.
Sin embargo, quizá debido a la novedad del procedimiento, apenas se ha reflexionado sobre los mecanismos subyacentes a la realización de las primarias, así como sobre sus consecuencias: ¿Cuáles son las posibles pautas que rigen las estrategias y decisiones de sus participantes? ¿Qué tipo de incertidumbres e incluso riesgos conllevan para el partido político que las celebra? Y, finalmente, ¿cuáles pueden ser sus efectos sobre el sistema político en su conjunto?
De unas elecciones primarias se derivan varias consecuencias importantes, y no siempre ventajosas para el partido que las celebra, entre ellas, competencia interna, movilización de recursos y el riesgo de la fraccionalización. Una situación de auténtica competencia exige de los candidatos, además, es evidente, de la voluntad de vencer, la movilización del máximo número posible tanto de recursos, financieros y humanos, como de apoyos y adhesiones de militantes y dirigentes.
La convocatoria de elecciones primarias plantea, por tanto, el primer dilema al partido político que las celebra: ¿Debe dejar plena autonomía a cada candidato para que forme el equipo de trabajo que desee y obtenga los fondos necesarios por su cuenta y riesgo o debe poner a disposición de cada candidato (o de los candidatos más creíbles) recursos materiales similares?
La primera estrategia es la que impera en las elecciones primarias norteamericanas desde que éstas se democratizaron (parcialmente a principios de siglo y por completo desde finales de la década de los sesenta) y adaptaron la forma que nos es familiar. Cada candidato mantiene una fuerte autonomía con respecto al aparato del partido, tanto en la elaboración de su programa político como en la obtención de apoyos financieros para sostener su campaña electoral. De este tipo de primarias ‘puras’, organizadas en torno a la competencia electoral de lo que podríamos denominar ‘políticos-empresarios’, se derivan dos consecuencias fundamentales: en primer lugar, los partidos políticos, entendidos al estilo tradicional, como organizaciones creadas para movilizar intereses, recaudar fondos y ganar elecciones, se debilitan sobremanera.
Los candidatos elegidos en unas primarias puras dependen en escasa medida del aparato organizativo. Por el contrario, su fuerza proviene directamente de los electores o, si se quiere, de los simpatizantes, a los que han logrado convencer, en la mayoría de las ocasiones, mediante su presencia directa en los medios de comunicación (sobre todo, la televisión). Como consecuencia, los partidos políticos cambian de naturaleza. La figura del militante tradicional tiende a desvanecerse. Los partidos políticos son ahora meros caparazones que contienen, por una parte, una gran masa de simpatizantes (a los que solamente se pide que se registren como tales) y, de otra parte, un número relativamente restringido de candidatos potenciales.
El segundo efecto de unas elecciones primarias puras (es decir, plenamente competitivas con candidatos prácticamente autónomos) consiste en hacer emerger con toda claridad líderes y equipos contrapuestos y en cristalizar los conflictos y facciones subyacentes en el partido. Con esto no se pretende afirmar que no existan tensiones y toda suerte de fisuras en partidos que no celebran primarias. Las primarias, simplemente, fotografían esa conflictividad y la hacen pública.
Para mantener partidos relativamente sólidos, así como para evitar una confrontación excesivamente encarnizada entre candidatos, un partido político puede seguir la estrategia de distribuir de manera equilibrada sus recursos internos, por ejemplo, circulando por igual los documentos e información elaborados por los candidatos. Este sistema, al que podemos denominar ‘primarias mixtas’ (es decir, unas primarias en las que el aparato del partido continúa jugando un papel relevante junto a los candidatos), ha sido la solución adoptada por el Partido Socialista de España.
El método de primarias mixtas, aunque atractivo por lo que tiene de equitativo o imparcial, no está exento, sin embargo, de problemas. En primer lugar, no llega a evitar, que distintos sectores e individuos muestren su respaldo público por candidatos diferentes.
Precisamente, el propósito esencial de toda elección es lograr que cada elector se decante por uno u otro candidato. Y, de hecho, el objetivo más codiciado de cada candidato es que el apoyo se haga público, con la mayor antelación posible, para que este respaldo condicione o influya, a su vez, al máximo número de indecisos. En resumen, el peligro de fragmentación no deja de existir.
En segundo lugar, la propia decisión de garantizar a todos los candidatos recursos iguales impide conocer a fondo las características de aquellos. Las elecciones primarias son, por tanto, una especie de amago o ensayo de la capacidad y talento que cada político tendrá una vez se halle al frente de la maquinaria del Estado. Sin primarias, a los partidos les basta elaborar un programa electoral y arrojarse a la campaña electoral a convencer el mayor número de ciudadanos posibles. Con unas primarias de por medio, el camino hacia la Presidencia exige hacer dos campañas políticas, frente a dos electorados probablemente distintos.
¿Democratización o
consolidación del líder?
Las primarias se postulan como un mecanismo para democratizar el partido. Pero los efectos contrarios son igualmente factibles. Unas primarias equivalen a escoger un líder con poderes extraordinarios, especialmente si ha logrado una mayoría sustancial de los votos y, por tanto, con capacidad para modelar el aparato a su conveniencia.
En cualquier caso, si las primarias se generalizasen, cambiaría el modelo político impuesto. En Nicaragua, el marco constitucional y la ley electoral están diseñados con el objetivo de evitar la fragmentación política y la inestabilidad electoral.
La experiencia latinoamericana y nicaragüense
Actualmente las elecciones primarias están presentes en algo más de la mitad de los países latinoamericanos. Aunque las características que revisten son muy diversas en los diferentes países, pueden identificarse tres grandes grupos. Un primer grupo corresponde a siete países: Bolivia, Costa Rica, Honduras, Panamá, Paraguay, Uruguay y Venezuela, en los que está regulada formalmente (en las constituciones, legislaciones o estatutos de los partidos) la selección de las candidaturas partidistas a través de elecciones primarias. Colombia, Argentina, Chile, México, Nicaragua, República Dominicana y El Salvador conforman un segundo grupo, en el que se celebran elecciones primarias, al menos de manera esporádica, a pesar de no contar con ninguna exigencia formal a este respecto.
Tanto el Frente Sandinista como el Partido Liberal Constitucionalista, en sus Estatutos, no establecen la obligatoriedad de las elecciones primarias. Sin embargo, Colombia es un caso particular, pues aunque las primarias no son obligatorias, cuando éstas se realizan deben regirse por una ley especial sobre consultas internas de los partidos. Finalmente, en Brasil, Guatemala, Perú y Ecuador las elecciones primarias no están reguladas ni tampoco son utilizadas por los partidos (en Ecuador han sido adoptadas una vez y por un partido).
El caso paraguayo es muy ilustrativo de cómo las primarias han incentivado la división en el interior de los partidos, con efectos nocivos en la gobernabilidad del país. En el Paraguay, los partidos se encuentran divididos en fracciones, cuya principal causa no es de índole ideológica o programática, sino más bien la captura de rentas del Estado. El Código Electoral exige que se deben de celebrar elecciones internas en los partidos por sufragio directo para seleccionar los dirigentes y candidatos. Esta medida legislativa ha creado un clima de enfrentamiento en el seno de los partidos políticos. Los perdedores, casi siempre, forman a lo interno de los partidos una fracción diferente a la de los ganadores. Y estas constantes fragmentaciones a la vez han tenido un efecto negativo para la gobernabilidad del país, especialmente porque el presidente no cuenta con mayorías legislativas que le permitan gobernar, y, por otra parte, la fragmentación interna de los partidos ha conllevado una alta imprevisibilidad de los resultados de la actividad legislativa (por ejemplo, respecto a la formulación y aprobación final de los proyectos de ley que se presentan) y a hecho aumentar sensiblemente los costes de transacción legislativos.
De manera que la introducción de elecciones primarias, al igual que cualquier otra reforma institucional, no siempre tienen efectos virtuosos, y la conveniencia o no de su introducción depende de las particularidades de cada país.
Considero que en Nicaragua, más que elecciones primarias, lo que se necesita es la democratización interna de los partidos políticos; lo que implica someter todos los cargos internos a primarias, y no solamente la de los candidatos a la presidencia. Por otra parte, el sistema electoral nicaragüense en la elección del presidente está diseñado para dos vueltas, por tanto, para medir sus fuerzas los candidatos no necesitan de primarias, sino participar y constatar cuál es su porcentaje real en las elecciones; y posteriormente, en una virtual segunda vuelta, realizar las alianzas que consideren oportunas.
En Nicaragua, más que elecciones primarias sería necesario una Ley de Partidos Políticos, que debe de contener, entre otras cosas, tres áreas específicas: fundación/defunción, democracia interna y financiamiento de los partidos políticos.
Sin embargo, el proceso de elaboración y aprobación de una Ley de Partidos Políticos debe de contar con un amplio consenso, y que no involucre tan solo a un segmento del espectro político y de la llamada sociedad civil, porque abre la posibilidad de ser modificada en el momento en que las relaciones de fuerzas políticas cambien.
Aunque la posibilidad de elecciones primarias en la escogencia de los candidatos a la presidencia de los diferentes partidos políticos ha levantado simpatías y esperanzas en la ciudadanía; esto en el fondo no resuelve lo fundamental: la democratización interna de los partidos, que es lo esencial para la legitimidad de un sistema político.
*Resumen de la conferencia brindada a los periodistas y auspiciada por la Fundación Alemana Konrad Adenauer. karlosn@usal.es