Opinión

La miseria de la ciencia


No vamos aquí a analizar la maravilla de la ciencia, su elegancia en la búsqueda de la verdad. Somos conscientes de las asombrosas aplicaciones que hacen a una vida más digna y que mejoran hasta nuestro esparcimiento. Tampoco queremos en este escrito explicitar las catástrofes que ha producido el mal uso de la técnica. Queremos adentrarnos en el mundo interior del científico. Ver cómo tantas veces se envilece y se encierra en búsqueda de una felicidad que su estudio no le puede dar.
No raramente el científico tiene en su casa una gran biblioteca especializada, que se suma a la de su box en la universidad. Sus libros de filosofía y religión caben en su mesa de luz. A veces sólo tiene el catecismo que usó a los siete años. Cuando se trata de un científico cristiano que manda a su hijo a la parroquia, no sabe cómo explicar la compatibilidad entre la evolución que le muestra Animal Planet y la fe.
Desde una postura aristotélica-tomista, que compatibiliza ciencia y religión no hay forma de llegar a Dios saltando directamente desde el laboratorio. Se hace necesario el cultivo de la filosofía.
La Iglesia afirma que es posible llegar a demostrar la existencia de Dios mediante la razón. Pero el científico enfrascado en sus tubos de ensayo y acrobacias de cálculo sólo quiere volcar su conocimiento en una revista especializada. La filosofía la toma como faena de los charlatanes y la religión como mito ingenuo. ¡Qué distinto este científico de aquel que tiene en su casa las obras de los filósofos y la Suma Teológica!
Pero nadie se salva de pensar en la muerte. Algún científico puede discutir a muerte por la preeminencia en la dirección del departamento; la competencia debería ser cambiada por la colaboración. Los más soberbios piensan que la muerte será posible de superar en el futuro. Entonces serían estúpidos todos los anteriores que murieron.
En Argentina dicen que hay cuatro millones de deprimidos. Sin embargo, esta afección llegaría al veinte por ciento entre los intelectuales sin contar con los bipolares, parecería que el científico argentino es tripolar. Se entusiasma cuando le publican un paper, se deprime cuando se lo rechazan y se angustia “mal” cuando mira su sueldo. Pero mucho peor es no encontrar la felicidad limitada que se consigue en esta vida cuando se vive en paz y en diálogo con Dios y cumpliendo los preceptos de la Iglesia.
Dicen que después de Galileo la ciencia se va del mundo latino y se establece en Inglaterra allá por el XVII. De hecho, el año de la muerte de Galileo coincide con el del nacimiento de Newton.
En la cátedra de este último se sentaron los líderes del positivismo que afirman la existencia o no de Dios, de acuerdo a las teorías del Big Bang y la medición de la radiación de fondo.
Quizá Francia, una nación-corazón de Europa, sea la que más haya salido del laberinto de ecuaciones. El premio Nóbel De Gennes dice que el atraso tecnológico-industrial de Francia frente a Inglaterra se debe a que el científico francés empieza por plantear el Hamiltoniano (Operador que rige la ecuación de Schrödinger para las partículas atómicas). Puede ser cierto, pero pienso que este país “”La fille ainée de L’Eglise” La hija primogénita de la Iglesia, se toma un respiro en la investigación para reflexionar filosófica y teológicamente, quizás llevada de la mano del genial filósofo Maritain.
Como conclusión sería interesante introducir en las facultades de ciencia, al menos la filosofía de la ciencia, si es que la metafísica y la religión no caminan en la enseñanza pública.
*Doctor en Física – UBA.