Opinión

El arte de ignorar a los pobres


Desde siempre, pobres y ricos han vivido unos al lado de los otros, siempre incómodos, como un puzzle que se completa a pesar de las partes. Esta coexistencia problemática, y particularmente la justificación de la buena fortuna de algunos frente a la mala fortuna de otros, ha sido explicada desde numerosos puntos de vista. El prestigioso economista y ex embajador de John Kennedy en India, John Kenneth Galbraith, recogió en el Harper´s Magazine de noviembre de 1985 estas justificaciones históricas:
Empecemos por la solución que propone la Biblia: los pobres sufren en este mundo, pero serán magníficamente recompensados en el otro. La pobreza es un contratiempo pasajero; si son pobres y además sumisos, heredarán la Tierra. Es una solución en muchos sentidos admirable: permite a los ricos gozar de su riqueza, al mismo tiempo que envidian a los pobres su buena fortuna en el más allá.
En el siglo XIX, Jeremy Bentham inventó una fórmula que ejerció durante 50 años una influencia extraordinaria en el pensamiento británico y estadounidense: el utilitarismo. Por el principio de utilidad, el problema social de la coexistencia de una reducida cantidad de ricos y de una gran cantidad de pobres se soluciona desde el momento en que se logra “el mayor bien para la mayor cantidad”. Hay que aceptar entonces que, desgraciadamente, el resultado fuera muy desagradable para aquellos, muy numerosos, a quienes no les tocaba la felicidad.
En 1830 el economista David Ricardo y el pastor anglicano Thomas Robert Malthus propusieron una nueva fórmula: si los pobres son pobres, es culpa suya, se debe a su excesiva fecundidad. De este modo, los ricos no son responsables de su creación o disminución.
A mediados del siglo XIX, gozó de gran éxito una nueva forma de negación, particularmente en Estados Unidos: el “darwinismo social”, asociado al nombre de Herbert Spencer. Para Spencer, la regla suprema era la supervivencia de los más aptos. La eliminación de los pobres es el medio utilizado por la naturaleza para mejorar la raza. La calidad de la especie humana sale reforzada con la desaparición de los débiles y los desheredados.
Uno de los más notables portavoces estadounidenses del darwinismo social fue John D. Rockefeller, el primero de la dinastía, que declaró en un discurso célebre: “La variedad de rosas American Beauty sólo puede producirse con el esplendor y el perfume que entusiasman a los que la contemplan sacrificando los primeros brotes que nacen a su alrededor. Lo mismo ocurre en la vida económica. No es más que la aplicación de una ley de la naturaleza y de una ley de Dios”. Durante el siglo XX, el darwinismo social llegó a ser considerado como demasiado cruel: su popularidad declinó y, cuando se hacía referencia a él, generalmente era para condenarlo.
Le siguió una negación más amorfa de la pobreza, asociada a los presidentes Calvin Coolidge y Herbert Hoover. Para ellos, toda ayuda pública a los pobres era un obstáculo para el funcionamiento eficaz de la economía.
De los cuatro o tal vez cinco métodos vigentes para mantener a los pobres fuera de la conciencia, el primero es producto de un hecho incontestable: la mayoría de las iniciativas que se toman a favor de los pobres dependen de un modo u otro del Gobierno. Ya que el Gobierno es al mismo tiempo incompetente e ineficaz, resulta difícil pedirle que acuda al rescate de los pobres, ya que no haría más que introducir más desorden, agravando todavía más su suerte. Este argumento supone negar toda responsabilidad del Estado en el destino de los pobres.
El segundo método consiste en explicar que toda forma de ayuda pública a los pobres es para ellos un pésimo servicio, porque destruye su moral.
El tercer método para lavarnos las manos respecto a la situación de los pobres es afirmar que las ayudas públicas tienen un efecto negativo sobre el incentivo a trabajar. Además desalientan los esfuerzos de los activos y alientan la pereza de los ociosos.
El cuarto método es poner en evidencia los presuntos efectos negativos que tendría una confiscación de sus responsabilidades sobre la libertad de los pobres. Cualquiera convendrá que no existe una forma de opresión más grande que la de quienes no tienen un centavo en el bolsillo.
Finalmente, cuando todo lo demás fracasa, podemos recurrir a la negación psicológica. Nos conduce a evitar pensar en la muerte. Piensen en algo agradable, nos aconsejan muchas veces. Éstos son los métodos modernos para evitar preocuparse por la suerte de los pobres.
La compasión, combinada con esfuerzo del poder público, es en nuestra época la menos confortable y conveniente de las reglas de comportamiento y de acción. Pero sigue siendo la única compatible con una vida verdaderamente civilizada. El descontento social y las consecuencias que puede traer consigo no vendrán de las personas satisfechas. En la medida en que podamos generar una satisfacción tan universal como sea posible, preservaremos y reforzaremos la tranquilidad social y política.
*Redacción CCS.
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