Opinión

Pinochet, arrogante


Para quienes, motivados por sentimientos de solidaridad humana y política, estuvieron desde lejos imaginando y, sentimentalmente, compartiendo la tragedia del pueblo chileno durante los diecisiete años de la dictadura fascista de Augusto Pinochet, su expresión “Dios me perdonará”, no refleja arrepentimiento, sino arrogancia. Si Pinochet hubiera dicho en actitud suplicante “que Dios me perdone”, común –aunque siempre hipócrita— en todo criminal sometido a juicio, se pensaría que busca un atenuante.
Pero, el “Dios me perdonará” afirmativo de Pinochet, además de arrogancia, refleja la convicción de quien se siente inocente y predestinado por la divinidad para cumplir su voluntad “en defensa de la fe”. Típica actitud de los criminales –uniformados o no, ensotanados o no— que en todas las etapas históricas han tomado la religión (y más directamente a Dios), como su escudo protector.
Pinochet se iguala a los jerarcas de la “santa inquisición” –esa etapa obscura y de crímenes de lesa humanidad en el nombre de Dios—, quienes se sentían obligados a castigar los “delitos” contra la fe y las violaciones a los preceptos de la iglesia católica, elevados a categoría de dogma por ellos mismos. Sin embargo, Pinochet les supera en arrogancia, pues le atribuye al mismo Dios la culpa de sus asesinatos, secuestros, torturas y demás delitos contra todos los derechos humanos, porque “Dios hace las cosas”. Además, todos sus crímenes fueron dedicados a Dios y, por lo cual, espera con seguridad que Dios lo perdonará.
Además de asesino y camandulero, Pinochet aprendió algo de político, y sabiendo de la fragilidad de sus argumentaciones “religiosas”, recurrió al argumento que tanto gusta a la derecha y al imperio: también sus crímenes se los dedicó “a Chile porque eso permitió que el país no fuera comunista”. La argucia de que con un crimen se defiende la fe católica, a la cual los inquisidores del Medioevo recurrieron para asegurar su poder político, Pinochet la modernizó en el Siglo XX para salvarse del juicio por los crímenes contra el pueblo de Chile, para protegerlo del comunismo ateo.
Es un hecho conocido que las fuerzas más reaccionarias de la derecha en la historia se han amparado tras la religión para cometer cualquier delito contra la democracia y los derechos humanos. No existe rincón en la tierra en donde no haya una fuerza política derechista capaz de hacer eso mismo; desde aquí hasta el extremo sur del continente, y desde Chile hasta Iraq, los muertos lo han sido, y lo siguen siendo, por la causa de la fe, de la superioridad racial y de las clases sociales.
Mientras explotadores y criminales sigan actuando en nombre del Dios creado para justificar todo lo suyo, tendrán garantizado su perdón. Y mientras el Dios de las víctimas siga guardando su milenario silencio, sus victimarios seguirán creyéndose perdonados.
Fidel, autocrítico
Las declaraciones de Fidel Castro sólo parecerán sorpresivas a los habituados a ver que los gobernantes de cualquier signo en el mundo no sólo callan ante la corrupción, sino que, aunque no la practiquen –cosa muy rara—, ellos son también productos de la misma. En países como el nuestro, la corrupción de las fuerzas políticas nace desde la oposición y suben con ella al poder a practicarla a plenitud; no hay juego limpio en las campañas electorales, y el tráfico de influencias y del dinero es lo determinante.
Desde un punto de vista objetivo, las confesiones de Fidel tampoco sorprenden, en razón de que ninguna ideología es una vacuna contra las desviaciones éticas. Además, los miembros de una misma sociedad no tienen una ideología común. Las condiciones extraordinarias que imponen las fuerzas enemigas desde el exterior a todo el pueblo –incluida la propaganda especializada en trastocar los valores—, le mina la moral a los sectores menos avanzados de la sociedad, por muy en revolución que esté. El hecho de librar batallas sin precedentes ni límites de formas ni de tiempo, frente al mayor poder imperial del mundo y de la historia, cohesiona a la población en torno a la defensa, pero eso no da para que todas las personas actúen con un modelo ético único.
El valor de las declaraciones de Fidel está en su carácter autocrítico y de ser una voz de alerta dirigida al único con quien puede asegurar el combate contra la corrupción: el pueblo organizado. Demasiadas conocidas son las experiencias en el mundo –en nuestra América, en primer lugar—, en donde la lucha contra la corrupción se limita a señalar al individuo que mayor cantidad ha robado; a los más obvios ladrones de su círculo partidario; cuando los fraudes contra el Estado son muy grandes; pero nunca se delata la complicidad de la empresa privada. No entra en las estadísticas la corrupción de las iglesias.
Fidel ofreció un cálculo asombroso: sólo el robo en las gasolineras cubanas asciende a una cantidad suficiente para financiar la educación superior de medio millón de estudiantes que, como se sabe, en Cuba es gratuita. Pero también asombra sólo calcular que en nuestro país, lo robado por un solo individuo sería suficiente para financiar esa cantidad de estudiantes y aún más, porque su fraude contra el Estado, asciende a más de cien millones de dólares.
No hay dudas de que el pueblo cubano sabrá hacer su parte en la lucha contra la corrupción. Pero, ¿qué hará el periodismo cubano en esta ingente tarea? ¿podrá convertirse, sin dejar de ser revolucionario, en portavoz efectivo del pueblo en la denuncia de los corruptos y la crítica a la corrupción? Si en verdad el periodismo cubano es revolucionario, no sólo puede hacerlo, sino también tiene el deber de hacerlo. La libertad de prensa y expresión no están matriculadas con la derecha, y aun menos con la contrarrevolución. No hay mejor oportunidad de demostrarlo que ahora. Si el gobierno revolucionario no estuviera dispuesto a permitir al periodismo su libertad de denuncia y de crítica, Fidel no estaría hablando en serio cuando dice que si no se derrota la corrupción, la revolución perecería.
Y si fuera el periodismo el incapaz de hacer valer y practicar su derecho a la denuncia y a la crítica, estaría renunciando a defender la revolución. Peor: le daría razón y espacio a la prensa pro gringa, que no critica a la revolución para corregirla, sino para destruirla. El pueblo necesita expresarse no sólo en privado y en asambleas, y si no puede hacerlo en público a través de sus medios, encontrará un falso portavoz en el periodismo de derecha.
La experiencia de Barricada, en Nicaragua, demostró que el FSLN prefirió renunciar a tener un periódico que permitirle la libertad de denunciar y criticar. ¿Y qué son el Frente y la revolución ahora? Una revolución más madura, con el líder mundial más experimentado a la cabeza, ¿preferiría seguir el mal ejemplo de la revolución nicaragüense y su inmadura dirigencia?