Opinión

Democracia para hombres ¿y mujeres?


En términos generales Nicaragua es un país democrático. Claro, si entendemos democracia como la existencia de individuos con cierta opción de participación, libertad de expresión y oportunidad para votar y escoger “lo menos peor”.
Democracia es el gobierno de los ciudadanos, y entiéndase por ciudadano al hombre adulto que participa en los espacios públicos. Porque después de miles de años de ordenamiento social está claro que los espacios públicos están repartidos entre los hombres y los espacios privados asignados a las mujeres.
Y así marcha el mundo: las mujeres a su casa y los hombres a la calle. Veamos algunos ejemplos: las mujeres son las mejores activistas de los partidos, pero los hombres son los líderes; la mayoría de las maestras son mujeres, pero el ministro de Educación es hombre -–aunque sea veterinario--; las mujeres evangelizan, pero los hombres son los guías de las iglesias...
Ese orden establecido de lo público y lo privado, lo masculino y lo femenino, es también lo que define a la democracia y cómo dentro de la misma se ubican a los ciudadanos y a las mujeres. Y en ese entendido se define la justicia, esa que se imaginan con cuerpo de Miss, pero que actúa como el más macho de los hombres.
Caso justicia vs. Micaela
A inicios de este año doña Micaela, de 50 años de edad, fue procesada y condenada a dos años y 9 meses de prisión por el delito de amenazas de muerte en perjuicio de su ex cónyuge. Pasó de víctima de violencia intrafamiliar de parte de su ex marido --con quien procreó 21 hijos-- a ser su supuesta agresora.
Producto de décadas de violencia doña Micaela sufrió graves afectaciones a su salud física y emocional, por lo cual recibía acompañamiento de una organización de mujeres, sin embargo por miedo nunca se atrevió a denunciar al padre de sus hijos e hijas.
En el juicio como supuesta agresora de su ex marido doña Micaela estuvo detenida en Camoapa. Luego la trasladaron al Sistema Penitenciario, no siendo recibida la regresaron a Camoapa, después la llevaron a San Lorenzo y finalmente la trasladaron a la unidad policial de Teustepe. Allí, como “es natural”, le tocaban los quehaceres propios de su condición de mujer: barrer, dar de comer a los perros y otras tareas domésticas que le fueron asignadas.
Gracias a las gestiones de la Casa de la Mujer de Camoapa y a la filial del Cenidh en Chontales, doña Micaela obtuvo una condena condicional, no obstante tuvo que enfrentar la demanda en lo civil que le interpusiera su ex marido por la tutela de los cuatro hijos menores de edad. En la comunidad donde vive doña Micaela, su tragedia es un asunto de familia que nada tiene que ver con ciudadanía y mucho menos con democracia.
En nuestro país la violencia contra las mujeres no es asumida como un asunto de Estado, ni como un obstáculo para la democracia. Los gritos, la violación sexual y el asesinato son algunas de las manifestaciones de la violencia contra las mujeres que mantienen “a ciudadanas libres” y en supuesto ejercicio de su derechos viviendo y muriendo “democráticamente”.
Pero ¿cómo esperar que las mujeres decidan sobre el país si ni siquiera se les permite decidir sobre sus vidas y sus cuerpos? ¿Es acaso la mujer promedio de Nicaragua --pobre, joven, víctima de abuso-- una ciudadana en igualdad y con libertad?
No se trata de partidos, bancadas y candidatos. Para hablar de una verdadera democracia hace falta traspasar las urnas y las tarimas electorales; hace falta trastocar lo cultural y lo social para facilitar la participación y la equidad entre hombres y mujeres en los espacios públicos y privados. Democracia también es vivir libre de violencia en la cama, en la casa y en la calle.

La autora es periodista y activista de derechos humanos.

Managua, 13 de noviembre de 2005.