Opinión

El exclusivo club de los 40


Félix Javier Navarrete

A Reyna

La otra vez, aferrado al mito de que la edad no es la que uno tiene sino la que uno siente, me di cuenta que había llegado inevitablemente a los 40. Lo comprobé cuando inútilmente perseguí a un joven delincuente que me arrebató sorpresivamente en la esquina de un centro de compras mi Citizen automático, faja dorada, hechiza que me regalé en la Navidad pasada, y terminé, con la lengua de fuera y el corazón a punto de reventarse, sentado en una acera, añorando el reloj perdido. Efectivamente, me dije, he llegado a los 40. Y no hay vuelta atrás.
Y es que los 40 es un número cabalístico en la especie humana. Algunos se sienten orgullosos de llegar a esta edad. Me refiero a hombres y mujeres de éxito que llegan a los 40, ricos, con casa, carro, mujeres, fortuna, talentos y otros placeres que da la vida. Otros, que no han visto cumplidos sus sueños, y que la vida los ha tratado con indolencia, cuando se van acercando a esa edad comienzan a descontarse los años como si éstos pudieran deshojarse como una margarita, y borran del calendario su día de cumpleaños. Cada año cumplen menos. Y se resisten a celebrarlos. Se convierten en unos cuarentones frustrados.
A mí no me preocupa ingresar al club de los cuarentones. Es más, los 40 no estaban en mis planes. El pasado 23 de junio cumplí 40 años, y para serles franco, pensé que por el ritmo de vida que llevaba, parecido al de un tren que no para en ninguna estación, ni siquiera para levantar pasajeros, no llegaría a los dorados 30, pero afortunadamente rebasé mis propias expectativas y las de mis amigos y enemigos. Algunos pronosticaban que mi bohemia enfermiza, por no decir, mi alcoholismo progresivo, me llevaría a la tumba muy pronto. Que sería un poeta de corta vida, como mi padre. Y si a esto le sumamos los achaques de las innumerables gomas rezagadas que ya comenzaban a hacer mella en mi organismo, y las vidas ya vividas, a veces doblemente vividas, mi pronóstico de vida era reservado. Mi padre murió a los 40, y muchos pensaban que la maldición seguiría. Afortunadamente, traspasé el umbral de la juventud con la ayuda de ángeles de carne y hueso que me han cuidado. Unos de esos ángeles de carne y hueso han sido mi madre, mi esposa y mis dos hijos. Esos han sido los ángeles de mi guarda terrenales. Los divinos no los conozco, pero los siento.
Sin embargo, ahora que he llegado a esa edad, comprendo por qué a nadie le gusta cumplir 40. Es como si dejáramos por un momento la diversión, la vida loca, la magia que ofrecen los 30, las bondades de un organismo joven y vigoroso, casi virgen, y atravesáramos el umbral de los sueños para asistir a una cita impostergable con nuestro otro yo, con nuestra conciencia, y comenzáramos a ver en retrospectiva --como si nos proyectaran una vieja película en blanco y negro-- nuestra vida pasada. O mejor dicho, nuestros desmanes pasados. Y luego vienen los ¡ay! y las lamentaciones, los sentimientos de culpa, las nostalgias y las cabangas. Los promesas de arrepentimiento. Estoy seguro que Freud se hubiera envejecido precozmente con estos problemas del subconsciente a los 40. Todo lo que pudo ser y no fue, lo que hubiese sido, lo que soy, distintas formas de conjugar y justificar lo injustificable. Fueron años vividos y sentidos. Oportunidades desperdiciadas, proyectos lanzados al olvido. Años que no pueden borrarse del cuerpo ni de la memoria. Pero al final, después de esa profunda catarsis mental, terapéutica, en que la memoria almacena en un archivo especial todos los malos y buenos momentos y los recicla, los revuelve, borra algunos, de repente, nos sentimos como si hemos descargado todas nuestras frustraciones y empezamos otra vida, más intensa, más liviana, pero más reflexiva y responsable: entonces es cuando hemos llegado a los 40. Es decir, hemos abandonado una vida para comenzar otra. Es una metamorfosis kafkiana: una noche te acuestas con la fuerza de los 39 y te levantas convertido en un hombre de 40, más fuerte todavía. Es como detener el tren en una parada, descansar, cambiarse la ropa, afeitarse, fumarse un cigarro, beberse la última cerveza, y volverse a subir, un poco más tranquilo, pero más relajado, más claro del destino que te espera. Y por supuesto, en el vagón de los 40. Es como hacerse una limpia y ver la vida desde una perspectiva más realista. Así lo siento.
Por eso creo que llegar a los 40, independientemente de nuestros triunfos y fracasos, de nuestros golpes y hazañas, es una experiencia maravillosa y por algo es única e irrepetible. Tener 40 significa que has invertido la mitad de tu vida en educar tus virtudes naturales, en administrar tus defectos, en controlar tus vicios, en saber distinguir entre el placer y la crueldad, entre el bien y el mal. A esta edad me he dado cuenta que Dios existe, que siempre ha estado a mi lado, a pesar de que mi prepotencia y arrogancia han querido evitarlo, y peor, ignorarlo. He descubierto que el sexo es un solo acto en el que se funde la carne con el espíritu, y que sale vencedor el espíritu. He descubierto que hay amor sin sexo, y sexo sin amor. Que hay amores que salen de nuestro cuerpo como piojos y otros que se adhieren a nosotros como nuevas células. Que hay amor y solidaridad a pesar de tanta mierda que existe en este mundo. Y sobre, todo que hay mujeres que valen por mil. Y que la vida vale la pena vivirse otros 40, a pesar del hostil mundo que nos sacude todos los días.

* Periodista y escritor nicaragüense