Opinión

La soberanía frágil


Esta vez Watson se esforzaba por pegarse lo más posible a la oreja de Sherlock: “La semana pasada sí que se llevó la cerca don Norman Caldera, al pedirle a los ticos que nos devolvieran Guanacaste, por el pleito que éstos nos han metido de querer navegar armados por nuestro Río San Juan. Yo creo que a lo más que debió haber llegado don Norman es, por aquello de la reciprocidad entre hermanos, pedirles que nos permitieran patrullar armados el Guanacaste, reconociendo nosotros que aunque nos lo quitaron, es de ellos. Y si no les gustaba la propuesta, que comprendieran el porqué a nosotros tampoco nos gusta que pidan navegar armados por nuestro río. Con esto quiero decir que turismo y comercio en esas zonas nos favorecen a unos y otros, pero eso de armados es un acto de posesión, y si ellos reconocen que el Río San Juan es nuestro, ¿para qué navegar armados en él? La verdad, apartando tanta ironía y argumentación estéril, es que a ellos les corresponde proteger el Guanacaste, y sólo a nosotros vigilar y cuidar lo que es nuestro”.
“Elemental, mi querido Watson --contestó Sherlock presumiendo de sabiduría por la forma en que bajó sus orejas--, pero qué tal si los ticos le hubieran aceptado la propuesta a don Norman, y nos devuelven el Guanacaste. De seguro don Enrique hubiera estado feliz de meter todo el territorio nacional en su Ley Marco, pero para fines políticos, porque lo que es para fines económicos, nada, pues demostrado está que perderíamos Cárdenas y hasta Rivas, de no ser por el patriotismo de sus habitantes. ¿Le podría brindar don Enrique a los guanacastecos el bienestar que tienen estando con Costa Rica? Si así fuera, ¿por qué tantos nicaragüenses se van para allá? Sencillamente, mi querido Watson, porque aquí de lo que se trata no es de compartir la miseria en que estamos, sino de comenzar por compartir, con probidad y valentía, la decisión de terminar con ella, que es consecuencia de la corrupción a todos los niveles”.
El de Managua y el de Masatepe habían escuchado francamente admirados la conversación de aquellos dos perros que, no lo dudaban, en una época de transparencia y honradez hubieran sido unos excelentes magistrados o diputados, y no como los de esta nueva era de desolación y robo, sin siquiera carreteras y caminos donde transitar, o por los que los productores pudieran sacar sus cosechas. Quizás, y a lo sumo, trochas por las que el ex-ministro Pedro Solórzano hiciera correr sus carretones para celebrar el tan gustado por don Enrique Ben Hur. Pero aparte de eso, ni un solo camino para llevar una también inexistente ayuda, por apenas la colita del Beta que nos afectó con lluvias, a nuestros hermanos del Caribe. Ni siquiera un camino que nos lleve a San Carlos, cabecera departamental de nuestro Río San Juan, a ejercer la soberanía de la hermandad.
“La dignidad y la soberanía nacionales están heridas de muerte --comenzó el de Managua--. El injerencismo de la corrupción en nuestros asuntos internos es el peor de los injerencismos. Ese injerencismo “nacional” de la corrupción, desde ya en el futuro proceso electoral, contaminando los poderes del Estado, para mí es peor que el de los gringos. Si fuera auténtico, pero ya sabemos que no lo es, esa debiera de ser la principal preocupación de Daniel Ortega y su Cardenal. El pueblo vería muy bien que ambos lucharan, por ejemplo, hasta que aparecieran los $609,240 dólares, cuya desaparición “legal” avergüenza a la nación. Después de eso sí sonarían a verdaderas las denuncias de Daniel contra el injerencismo gringo, y no aparecerían como un acto más de demagogia”.
El de Masatepe no se quiso quedar atrás: “La soberanía se ejerce contra la miseria. Peleamos tierras, ríos y lagos que sin lugar a dudas nos pertenecen geográficamente, pero todo lo cual nuestro gobierno tiene en abandono económico. La miseria es la dueña de nuestras fronteras y de lo que Pedro Joaquín Chamorro Cardenal llamara “Los pies descalzos de Nicaragua”. Analfabetismo, enfermedades y abandono son los verdaderos colores de nuestra bandera, que dirigentes políticos hacen ondear indignados cuando se crean conflictos territoriales de frontera, que no defendemos con obras de progreso, caminos de penetración, escuelas, centros de salud bien abastecidos en lugares lejanos a la capital y al Pacífico, comunicación fluvial y lacustre y sobre todo sinceridad y honestidad a la hora de considerar hermanos a tantos abandonados a su mala suerte en nuestro territorio. Frágil es nuestra soberanía porque no tiene, hoy, contenido de solidaridad y honestidad”.

Jueves, 17 de noviembre de 2005.