Opinión

La mano izquierda de Dios


Alguna vez hablé de ellos, pero hoy quisiera recordarlos porque siempre aparecen en mi recuerdo cada vez que hablo de Dios. Él, un hombre luchador por la justicia a los más pobres en el Paraguay y expulsado por Stroessner en los años de aquella dictadura terrible, y que después vino a Nicaragua al principio de la Revolución para trabajar con los jóvenes y que también fue casi repudiado por la Iglesia de Obando.
Es un cura jesuita incansable, pero por encima de eso y de todo, una de las personas más coherentes y honestas que he conocido. Le oí una vez en una entrevista cuando le preguntaron en aquellos años duros si Dios era de derecha o de izquierda. Eran los años en los que no se podía pensar en un Dios sin opción política, o aún más allá, una opción política sin un Dios que la amparase. Tratando de aclarar la cuestión, este jesuita optó por contestar primero que lo que había eran autoridades de la Iglesia de izquierda y de derecha y eso era lo que confundía un poco.
Hoy ya esta cuestión puede parecer un poco fuera de lugar, aunque los políticos siguen utilizando a las autoridades de la Iglesia para su propio beneficio con el beneplácito de éstos. Los hay también que se hacen fotos con Dios y con el diablo y otros que hasta hablan en el nombre de Dios cada vez que pronuncian un discurso. Un Dios paseado aquí y allá en alzacuellos o en lentes de sol, o en las cubiertas de la Biblia de los pastores de iglesias evangélicas para bendecir casas de campaña electoral, concentraciones políticas masivas o líderes convertidos a uno y otro lado.
Nunca lo he contado, pero una vez tuve un celular cuyo número debía de parecerse mucho al de un conocido obispo que suele lucirse muy complacido en actos políticos, tal vez sólo era una cifra en la que se diferenciaban ambos números de teléfono. El caso es que durante varios días, hasta que alguien debió darse cuenta del error estuve recibiendo llamadas dirigidas en realidad a él, y pude imaginar la vida diaria de aquel obispo y sus actividades. Casi todas las llamadas o mensajes de voz eran del tipo de: “Monseñor X, el señor embajador de Y le invita esta noche a cenar... Requerimos su confirmación”; o “Monseñor, el candidato D le ha llamado para invitarle a un almuerzo”. Les confieso que por un momento tuve la tentación de contestar en nombre de Monseñor, tratando de imitar su voz, pero mitad por pudor o mitad por respeto a su vida privada, no lo hice. Pero me parecía curioso al menos pensar en aquella situación en la que, aunque solo fuera por teléfono, yo era Monseñor X y Monseñor era Sancho Más. No sé lo que se imaginaría él o si a él también lo llamaban, pero me pude hacer una idea de dónde, cómo y con quién las autoridades de la Iglesia estaban.
En los años de la Teología de la Liberación, comenzó a hacerse una lectura de la Teología distinta, una traducción de las escrituras desde las luchas y controversias contemporáneas de los pueblos latinoamericanos, especialmente. A veces, la lectura, es cierto, resultaba demasiado forzada, matizada por la óptica marxista de la interpretación sencilla de la Historia, pero al menos sirvió como una llamada de atención ante la dualidad con que podían interpretarse lo que se llamaban “signos de los tiempos, o signos de Dios”. Dios, en la Biblia, nunca fue del todo imparcial ni del todo equitativo en las disputas de la Tierra. Siempre se inclinaba por los débiles o por los que parecían perdedores (la piedra de David.) En otras ocasiones, hasta ese mismo Dios de la Biblia, escrita en gran parte por el pueblo de Israel, era mencionado para santiguar derramamientos de sangre a los ejércitos enemigos de las tribus judías, no así cuando la sangre era la de Israel, una conciencia trabajada de “pueblo elegido”.
No han cambiado mucho las cosas: Dios en las guerras, Dios en los mercados, en los púlpitos y en los megáfonos, Dios estridente y silencioso, Dios en las campañas electorales, y en las sonrisas para foto de los candidatos. Y los que dicen ser sus representantes, algunos de ellos, prestándose a este paseo de un nombre y una imagen sagrada. No parece bueno vincular las normas y legislaciones de un Estado con las leyes de una Iglesia u otra. Es muy sucio manipular conscientemente el nombre de Dios para un pueblo creyente en su mayoría como el nicaragüense o el latinoamericano, para el que Dios es más que una promesa. Eso han pretendido siempre los reyes y soberanos totalitarios para justificar por ello sus crímenes. También los dictadores: se recuerda aún a Pinochet tomando la comunión en un Estadio de manos del Papa, mientras en las afueras la Policía no dejaba de atropellar a los jóvenes chilenos que se manifestaban. Parece igual de sucio manipular como dejarse manipular para hacer parecer que la fe en Dios se vincula a un candidato político. Cristo vio solamente la cara del César en una moneda. Quien entrevistaba al jesuita del que les hablaba insistía en preguntarle si Dios era de derecha o era de izquierda, porque, según decía el entrevistador, tanto los de derecha creyentes como los de izquierda creyentes tenían por cierto que Dios estaba con ellos. Entonces, respondió que Dios no se posicionaba en bandos políticos, pero tenía una buena mano izquierda para solucionar lo que parecía imposible.
Esto me recuerda a la otra persona, una vieja mujer brasileña, muy conocida en Río de Janeiro, por haberse dedicado a la prostitución toda la vida. Pero al mismo tiempo, también era conocida por rezar mucho. Alguien, queriendo apuntar a su conciencia de culpa, le preguntó si acaso no tenía miedo de que al morir y encontrarse con aquel Dios en el que creía, no le fuera a recriminar la vida que había llevado y de la que nunca se había conseguido salir. Ella, al contrario, contestó con lágrimas de alegría que Dios seguramente la iba a recibir con los brazos abiertos y le iba a decir algo así como “Hija mía, ¡cuánto tiempo has tardado en volver, cuánto te he echado de menos!” Creo que esa mujer había comenzado a salir de la prostitución en ese momento y estaba ya preparándose para otra vida. A uno le gusta imaginar o sentir a ese Dios, diferente a una justicia parca y simplona, diferente a ese de las bendiciones de las injusticias y la sangre, diferente al de la línea del Bien y el Mal, con la suficiente mano izquierda para hacer que las cosas vuelvan a ser. Un Dios ternura. Puede ser sólo un consuelo, o inocente pensarlo así, pero de momento nadie ha vuelto de allí para contar lo contrario. Así que elegiré pensar en lo que siento, un Dios que no nos cabe en la cabeza, pero que se recrea en el corazón.
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