Opinión

Cuentos ¿(In)completos? de Rubén Darío


Erick Aguirre

Siempre me he preguntado por qué Rubén Darío, siendo que durante toda su vida intelectualmente productiva publicó casi un centenar de cuentos (lo cual no quiere decir que no haya escrito muchos más que quizás permanecen inéditos o dispersos y extraviados en colecciones de revistas y periódicos), nunca se preocupó por compilarlos en volúmenes y publicarlos en su momento como libros, lo cual sí hizo con sus ensayos, crónicas y artículos periodísticos. Desde la publicación de Los Raros (1896), pasando por España contemporánea, Peregrinaciones (1901), La caravana pasa (1902), Tierras solares –y Tierras de bruma- (1904), Opiniones (1906), Parisiana (1907), Viaje a Nicaragua –e Intermezzo tropical- (1909), hasta Todo al vuelo (1912), sin contar con que mucha de su prosa de ideas dispersa en publicaciones de la época podría haberle permitido estructurar y editar al menos una o dos publicaciones más; los libros de prosa ensayística dariana casi llegan a completar la decena.
La importancia que el escritor nicaragüense le otorgó a esa vasta y poco comprendida zona de su obra en prosa, se nos hace evidente si reparamos en lo que sus biógrafos y apologistas nos cuentan como anécdota: ante la incomprensión de sus amigos y de algunos editores, Darío se empeñaba en publicar sus libros de artículos y ensayos (los cuales estructuraba en un orden meticulosamente determinado) de manera sistemática, aun cuando a lo inmediato, o en su momento, la publicación de esos libros no contribuyera a su fama ni le acarreara beneficios económicos.
Pero cuando hago mención a sus cuentos y a su aparentemente poca o nula preocupación por reunirlos en libro, me refiero por supuesto a todos aquellos textos narrativos relativamente cortos que dejó dispersos en distintas publicaciones hispanoamericanas, teniendo en cuenta también –por qué no- los que él mismo incluyó en Azul y en otros libros de poesía, así como otros que sus bibliógrafos han tomado de sus libros para agregarlos a las distintas ediciones póstumas que hasta ahora se conocen de sus Cuentos completos, cuya más reciente edición, anotada y actualizada con diez nuevos textos por Jorge Eduardo Arellano, acaba de publicar la editorial Anamá, y se encuentra a la venta en la librería El Parnaso, frente a la UCA.
La presunta falta de interés del escritor por reunir y publicar sus cuentos con la misma organicidad, coherencia y meticulosidad que lo hizo con su prosa ensayística (y ya no se diga con su obra poética), quizás se deba a que, como lo han señalado diversos historiógrafos hispanoamericanos, hasta ya bastante iniciado el siglo XIX el cuento era practicado o ejercido en Hispanoamérica sin considerar suficientemente su importancia, o bien, no era plenamente considerado un género “con personalidad propia”. Quizás, nuestros modernistas lo veían como un “género menor”, cuyas posibilidades para devenir en piezas lo suficientemente emotivas, humanas o “bellas”, no eran comparables con las que, en aquel momento, les proporcionaba la poesía. Además, hasta entonces no existía una sólida tradición cuentística pues, paradójicamente, fue precisamente a partir del siglo XIX, y con el modernismo, que este género literario inició su verdadero desarrollo en los ámbitos letrados hispanoamericanos.
En efecto, la tradición del cuento moderno se desarrolló (no sólo en lengua española) durante el siglo XIX, y a ello contribuyeron las innumerables publicaciones que abrían sus páginas a las narraciones relativamente breves, especialmente en Hispanoamérica, donde, con excepción de Buenos Aires y unas cuantas metrópolis, la industria editorial estaba (como aún hoy lo está) plagada de limitaciones. De ahí también el hecho (acerca del cual también muchos se han extrañado) de que Darío, y en general los modernistas, no hubiesen cultivado con suficiente solidez el género novelístico.
Obviamente, el espacio disponible en los medios de comunicación escrita era más favorable al cuento o al folletín por entregas, pues, como ya lo ha señalado el crítico argentino Mempo Giardinelli, publicar novelas imponía la necesidad de una capacidad industrial (papelera, impresora y encuadernadora) que entonces no se poseía, y requería de circuitos de distribución en librerías y de un mercado editorial que en Hispanoamérica eran y siguen siendo ineficientes. Se trata de un fenómeno que quizás Max Weber haya explicado de mejor manera al considerar la novela como el género burgués por excelencia, lo cual dice mucho de los anacronismos e incongruencias en el desarrollo capitalista de la Hispanoamérica decimonónica.
En cambio, la importancia que Darío le otorgó a sus ensayos y al registro sistemático y cronológicamente ordenado y coherente de los títulos bajo los cuales procuró publicarlos, así como la “incomprensión” con que por ello lo veían sus amigos cercanos y editores, en cierto modo revelan la preocupación del nicaragüense por registrar bibliográficamente la coherencia ideológica (aun entre sus evidentes contradicciones y cambios de perspectiva) y la honestidad de su pensamiento. También revelan la inconsistencia de las críticas hacia la presunta “ociosidad”, “ahistoricidad” y “decadencia” del modernismo.
Nadie que lea ahora sus libros de prosa ensayística podrá acusar a Darío de “abstención política” o de “indiferencia moral”. Todo lo contrario: las anécdotas que nos refieren sus biógrafos revelan su profunda voluntad de participación en una “plenitud histórica” que según Octavio Paz estaba hasta entonces vedada a los hispanoamericanos. Por otro lado, esa preocupación de Darío y la extrañeza de sus amigos y editores, nos permiten formarnos una idea clara de la rebelión intelectual emprendida por los modernistas contra la presión social durante los primeros auges del capitalismo, así como de su crítica permanente a la “abyecta actualidad” de la realidad hispanoamericana de entonces; de la cual (valga subrayarlo) no podemos decir ahora que haya experimentado muchos cambios.
En la nota introductoria a esta reciente edición de Anamá, Arellano apunta que los primeros volúmenes de cuentos de Darío fueron publicados póstumamente en 1918 y 1924. La primera publicación reunía cinco cuentos y la segunda diecinueve, pero la primera edición del Fondo de Cultura Económica de México que recogía sus Cuentos completos (1950), los incluyó y agrupó con ellos un total de 77. Algunos años después, los nicaragüenses Edelberto Torres y Ernesto Mejía Sánchez divulgarían el hallazgo de tres nuevos cuentos (Huitzilopoxtli, Historia de mar y D.Q.), a los que se agregaría el descubrimiento y publicación de otros dos (El cuento de Martín Guerre y Caín –fragmento de novela-), por el uruguayo Roberto Ibáñez. Lo mismo haría después el argentino Pedro Luis Barcia con Paz y paciencia, Pierrot y Colombina y Cuento de año nuevo. Luego, el mismo Arellano, junto a José Jirón Terán, darían a conocer en 1984 el cuento Primera impresión, publicado por primera vez en una revista de León, Nicaragua, en 1880.
Estos nueve cuentos enriquecerían la edición de los Cuentos completos publicada por la Editorial Nueva Nicaragua en 1994 y reimpresa en el 2000, bajo la coordinación de Julio Valle-Castillo. Pero en 1991 Arellano había hecho otro descubrimiento: La pluma azul, un célebre cuento dariano también publicado originalmente en Nicaragua. Aunque sin detallar los posibles motivos, Arellano subraya en su nota introductoria que este texto no fue incluido en las ediciones de la Nueva Nicaragua coordinadas por Valle-Castillo, así como tampoco detalla posibles razones (aparte de la ausencia de Mejía Sánchez) por las cuales el Fondo de Cultura Económica de México no incluyó ninguno de los textos descubiertos después de 1950 en sus posteriores ediciones de los Cuentos Completos (1983, 1988, 1994). Al finalizar el siglo, pues, la cantidad de cuentos “completos” de Darío, reunidos y publicados por sus bibliógrafos, llegaba a 86. Pero en esta edición de Anamá, Arellano ha agregado, además de La pluma azul, nueve textos más, identificados como cuentos y recogidos por Ibáñez, José María Martínez, Seluja Cecín y por el propio Arellano, con lo cual la cifra queda así en 96.
Quizás sea pertinente sugerir a Arellano la inclusión, en nuevas ediciones, de Amar hasta fracasar, un cuento corto en el cual se suprimen todas las vocales, con excepción de la “a”, aunque Darío, en el mismo texto, adjudica su autoría a un escritor desconocido, lo cual podría ser también un juego quijotesco o, en todo caso, una legítima reproducción literaria. Por otra parte, en la bibliografía de esta recopilación (inciso “A”: Ediciones de los cuentos de Darío), Arellano no incluye La ninfa y otros cuentos raros, publicado en Managua por Distribuidora Cultural en ediciones del 2001 y 2005, y cuyo estudio introductorio, selección y notas estuvieron a cargo del escritor Franz Galich. También considero oportuno, a partir de esta nueva y exhaustiva edición de Anamá, hacerse de nuevo algunas preguntas respecto a los límites del género (en el contexto histórico del modernismo y en el actual), precisamente partiendo de los diversos criterios con que algunos de estos investigadores procedieron a incluir como cuentos algunos textos que, de acuerdo a ciertos cánones, a lo mejor no lo son, como algunos fragmentos de novela o simples textos de opinión, que a pesar de haber sido escritos por Darío, podrían carecer de ciertos elementos invariables que le dan a un buen cuento su atmósfera peculiar y su calidad de obra de arte.