Opinión

Parece increíble, pero es París


“¿Ustedes permitirán que, harto de lo que veo suceder todos los días en el mundo real, vaya a buscar más relatos en el mundo imaginario?”
Alexander Dumas (Francia, 1802-1870)

La cuerda, según las reglas de la física, se revienta por lo más angosto. Los conflictos, según las leyes sociales, explotan o tienen como impulso a los sectores excluidos. Aquellos que comienzan a sentir que les aprieta el zapato, tarde o temprano pegarán el brinco, alzarán su voz, se sacudirán en los espacios que dispongan o con la violencia. Los malestares sociales, pueden ocultarse, taparse, pero no con un dedo, postergarse, podrían adormecerse y parecer como que se han extinguido, pero allí están, cocinándose silenciosamente y la olla un día reventará por la parte más frágil de su contextura para liberar la presión acumulada quién sabe desde cuando.
¿Qué ha pasado en París en los últimos días que ha dejado sorprendido al mundo? La París romántica, majestuosa, fantástica, culta e inolvidable, la que cruza el Río Sena, de la simbólica Torre Eiffel, la de los Campos Eliseo, el Arco del Triunfo y del grandioso Museo de Louvre. La que Víctor Hugo conoció y describió de ella tan bien las desgracias de los miserables de su tiempo, tanto como Dumas, rebelde por las injusticias, prolífero escritor, negro europeo de abuela esclava haitiana. La ciudad ahora está convulsionada desde los suburbios hasta el centro, brotes de agitadores salidos de los barrios de inmigrantes y pobres, han quemado, según dicen, casi seis mil vehículos, más de mil doscientos detenidos por las alteraciones aguardan en la cárceles parisienses, cárceles que no son la de La Bastilla, pero cárceles en fin. Policías y revoltosos heridos y golpeados; una incertidumbre inesperada se apodera de las autoridades de gobierno, de los sorprendidos pobladores y del mundo, espectador atónito. El caos se prolonga por varios días y más de trescientas localidades francesas sufren los efectos de las convulsiones. Los bomberos se mueven con sus sirenas y sus cisternas de agua para apagar los fuegos. Las fuerzas antimotines lanzan gases lacrimógenos sobre los revoltosos, los bastones policiales, sus armas y técnicas lucen insuficientes, agotadas y extrañas. El Gobierno ha llamado al Ejército para reforzar a la rebasada Policía, se ha recurrido a una vieja Ley de Emergencia (una norma jurídica de 1955), un amago de Toque de Queda surge como urgente necesidad de orden, la libertad cede su paso y redoblan las viejas campanas de Notre-Dame, mientras un jorobado se esconde en las torres del campanario.
No nos referimos a Managua con sus protestas cíclicas por el 6% universitario ni por el alza del precio del transporte, ni a San Salvador aterrada por las pandillas urbanas, ni a Río de Janeiro o Sao Paulo con sus suburbios alterados, tampoco a la atribulada Bogotá con sus explosiones narcoterroristas, ni a la violencia criminal en Guatemala, no nos referimos a las barriadas de Los Ángeles o New York, no es Lima ni Santo Domingo ni Puerto Príncipe, tampoco Quito o La Paz intranquila e intransitable por los tranques o plantones populares capaces de aterrar y sustituir gobiernos, hablamos de un fantasma que ahora ronda las calles de la grandiosa capital francesa. ¡Increíble! Parece mentira, me sorprendo como ustedes. ¿Por qué?
La violencia estalló el 27 de octubre después de la muerte accidental de dos adolescentes en una subestación eléctrica al tratar de escapar a un control de identidad policial en Clichy- sous-bois, en el suburbio nororiental de París. Desde entonces, como una llama indeseable, se ha extendido a otras poblaciones, como Marsella, Niza, Toulouse, Lille, Rennes, Rouen, Bordeaux y Montpellier, además del centro de la capital, según informan los cables internacionales de noticias.
Se ha confirmado en la historia de la humanidad que es la desigualdad, la exclusión, la causa de la violencia; es esa inequidad extrema más que la pobreza misma el origen de cualquiera de las formas de violencia, ya sea esta criminal o social. En Francia, subsiste un fenómeno de desigualdad o discriminación racional, a pesar de su prohibición jurídica, éste se manifiesta en la vida económica y social del país. Según datos oficiales, el desempleo entre los franceses de origen es del 9.2% y el de los franceses de origen extranjero del 14%. Los graduados universitarios registran desempleo del 5%, pero estos mismos graduados descendientes de inmigrantes del norte de África, árabes y negros, es del 26.5%. Esta desigualdad se manifiesta en menos opciones de educación, de empleo y condiciones de vida, franceses de segunda. No perciben igualdad de oportunidades. Los protestantes dicen: ¡Somos ciudadanos franceses, tenemos los mismos derechos!
No cabe duda que, aunque los titulares internacionales son extremistas y generalizan las manifestaciones violentas en París, la imagen de la ciudad ha sido afectada y muchos turistas han visto con cautela este tradicional destino, el país logrará restablecer el orden y superar las circunstancias que lo han vulnerado. Es, sin lugar a dudas, una sacudida que hace despertar del letargo sobre un problema de exclusión que allí estaba, varias décadas de olvido. Faltaba una chispa, de repente ésta saltó y la llama peligrosamente brotó.

Francia está muy lejos de tener los niveles de desigualdad extrema que tiene América Latina en promedio (la región más desigual del mundo) y menos aún de los extremos perniciosos que existen en países como Haití, Bolivia, Guatemala, Brasil, El Salvador, Honduras y Nicaragua, considerados, según el Índice GINI de Indes/BID, los más desiguales. La inequidad es un peligroso fantasma que puede de repente asustar. No se busquen en los efectos del problema los males, busquémoslos en las causas. Los achaques presentes son consecuencia ineludible de los desmanes del pasado, aunque llamemos imprevisto a lo previsible. Recuerdo una frase del poeta Víctor Hugo (1802– 1885) incluida en la clásica novela Los Miserables: “Nada es más inminente que lo imposible y lo que siempre se debe prever es lo imprevisto”.

fjbautista@yahoo.com