Opinión

“Brasil no tiene tradición literaria”


Edwin Sánchez

No sé por qué, una excelente obra no debe pasar como la del año, sólo porque ésta lleva más de 100 años de publicada. Y hay otras de hoy pesadamente “light” que se dejan olvidar para siempre.
La obra literaria parece contar con algo más de lo que carecen los hombres: la perdurabilidad, para no hablar de un término que sólo usa Dios, la eternidad.
Mas el gusto tampoco puede ser administrado dictatorialmente por los críticos literarios. Su labor tiene más de medicina forense ---encontrar en sus vísceras las pistas necesarias del veneno o el elíxir de la juventud--- que del deleite de un Miguel Ángel en la figura humana. Yo prefiero la letra viva, la textura suave, la regia ondulación de un cuerpo de palabras.
Los gustos son irreverentes. Sin duda que hay gustos desafinados, otros refinados y hasta gustos finados. Cuando voy a un libro algo me invita a entrarle a las primeras líneas. Son como el saludo ritual. Claro, hay manos desconocidas. He tocado la mano literaria de un Vargas Llosa y de repente se puede volver mano conocida. Ya no digamos la mano de pocos saludos, pero de fuertes apretones de Juan Rulfo.
Fue así que alguien me tendió la mano desde su tumba. Al momento no quería dársela. No es que sintiera temor por el espanto, de encontrarme con un ser de ultratumba, cuando debiera estar bien muerto. Además, no lo conocía. Mucho menos que pudiéramos hablar en voz alta, cuando Pablo Cohelo en su último best seller, “El Zahir”, asegura que Brasil es un país sin tradición literaria. ¡Dios!, exclamé: tan grande, tan Jorge y tan Amado, y ahora hay que dividir semejante país en antes y después de PC.

Si no hay aquí la estela de ninguna prosapia, ¿qué hago yo con este libro?
De todos modos, como Brasil es “sin tradición literaria”, pensé que sólo existía Pelé y Ronaldinho con música de fondo de Roberto Carlos. ¡Ah!, y Pablo Cohelo, con Lula de presidente. Así que mis reticencias en estrechar la mano a aquel que la extendía desde su olvidada tumba aumentaban. Por fin me decidí y así me encontré con una de las más caras plumas que haya conocido.
Joaquín María Machado de Assis fue mi hallazgo en la literatura de habla portuguesa. Un latinoamericano. Por eso, uno no se siente bien que las obras deban ser rotuladas como los automóviles modelo 2005 o modelo 1974. Detesto a los que andan por ahí como esos vendedores de necesidades ficticias. La literatura está más allá, incluso, de lo que pensamos los simples mortales. Toda virtud se debe encontrar en la escritura, y no en el calendario. Toda virtud excede el sexo, aunque sea contiguo.
Mis gustos quizás sean convencionales: me atrapan los poemas de Borges, de Octavio Paz, las crónicas de Rubén, las telas del cóndor del patriarca Guillermo Rothschuh Tablada. Admiro a Manolo Cuadra: un tornillo fuera de mecanismo. Y el blanco muslo de una Diana. Marinero en tierra, Alberti. Los salmos de David.
Siento que cuando alguien divide la literatura en modelos de año, de género, de provincia, de sitio, de religión, de izquierda, de derecha, en fin, debería preguntarse en qué año ubicamos a Cortázar, en qué género a Arreola, en qué religión a Onnetti, en qué raza a Cabrera Infante.
En los años 60 y 70, la literatura no se dividía en que si es de muchachos o de mujeres, de minorías, de LSD. No: la gran división que encontraron fue la de ser de izquierda, revolucionaria o ser burgués. Fue terrible. ¿Literatura o panfleto? A Dios gracias y Ernesto Cardenal, que se metió al ruedo de la lucha revolucionaria, por la calidad de su trabajo, logró conciliar ambos presupuestos. Pero es una notable excepción. Sus epígonos no lograron más que el pastiche luciera grande.
La literatura entonces, siempre se pretende que descienda a los rigores de la moda, a la temporalidad del último grito y a las vanidades de una secta. La juventud es revoltosa. Siempre cree que son los inventores del Paraíso culebra incluida. Cortázar dijo que “podemos ser los Che Guevara de la literatura”. No necesariamente tomando un fusil e irse a la montaña. Con que se escribiera bien, se hacía mucho por la revolución. Pienso que esto vale en cualquier siglo. El poeta del Clan de Chontales recuerda que Engels aconsejaba: el artista que oculte su opinión.
Así que no hay pecado nuevo. Ahora no se habla de ser revolucionario o neocapitalista: es literatura juvenil, de género, de minorías, postmodernista, etc. Es como la caja de cereales: la económica, la familiar y hasta el combo.
Cuando tomé aquel libro que me surgía de un capricho nocturno, casi podría ver por el estado de mi cerebro el nunca más de Poe instalado. Los libros también provocan que las circunstancias confluyan hasta disponer todo en función de unos caracteres que viéndolos sobre la página no dicen nada, pero leyéndolos lo dicen todo. No era fría su mano, era calurosa, trasmitía una amistad de muchísimos años y eso ha de darnos esta sospecha: el tiempo es tan abstracto como un concepto filosófico. La amistad de alguien, conocido tal vez la semana pasada, da la impresión de ser de toda la vida. Algo así pasa en la literatura. Machado de Assis debió estar anunciado en el siglo pasado, pero debía leerse en una reciente centuria como la nuestra con toda la obligación que demanda un autor actual. Y ahí vemos que don Quijote es un libro de hoy. Que si leo el “Pedro Páramo” de 1954, la fecha se disuelve. Digo más: que la Biblia es más verídico y más próximo que el informe de CNN.
Machado de Assis fue el hombre que despojó a la literatura regional brasileña de sus deudas con Portugal. Es, para mí, un prócer cultural: las falsas independencias la comienzan los “próceres” de actas, pero las vuelven verdaderas los escritores. Estos últimos deberían ser los más aplaudidos. Le debemos más a Rubén Darío que a los que sólo sustituyeron a la Capitanía General de Guatemala con nuestros primeros vicios nacionales. Eso mismo debo decir respecto a Brasil: he ahí un Machado de Assis que independiza la literatura nacional y no sólo, la universaliza. Corta las cadenas del romanticismo y se interna por los rumbos de la libertad.
“Memorias de Blas Cubas” podría ser hoy un best seller, pero con esa calidad poética y mágica construcción de la que adolecen sus vendidos autores. El mismo Cohelo parece haber seguido esa línea de capítulo corto assiano que ahora permite a un lector terminar un Bigmac, ir a los servicios, hacer fila, ser parte del ambiente kitch y todavía avanzar 10 capítulos, sin perderse el hilo de la novela. Pero en 1881 no habían lectores sospechosos, ni apresurados ni tan registrados por las autoridades y además se comía más sanamente. El mundo se movía lentamente y la gente tardaba en morir. El gran brasileño había superado su época.
Nadie escribe para atrás. Ningún muerto lo hará. De ahí que Machado de Assis nos propone un mundo que no es el de los muertos, sino el de los vivos con todas sus deficiencias de estar vivos, sin la perfección postiza que la muerte depara por puro pesar a aquellos que cruzaron el umbral. Nos grafica esas estampas difíciles de salir a luz de las haciendas criollas, esos opulentos hijos, nietos de portugueses.
Machado de Assis no trata de dar lecciones. Hace un registro que a veces podría resultar cruel en esa supuesta atmósfera de los privilegiados: la dama que jura amor y que devuelve infidelidad, el marido dueño de haciendas, respaldo vital para participar en la dirección política del país, y darle brillo al prestigio de poseer y gobernar. La percepción trivial del personaje ---no confundir con el autor---- del Brasil de su época, la esclavitud, la miseria, la injusticia. Este es Blas Cubas, un hombre que trata de alcanzar un nombre más allá del heredado, que elabora un emplasto, fracasa, y logra sistematizar esa ruina que simboliza a una clase dominante que dota de atraso a tan gigante nación.
Machado de Assis es mordaz, no cae en la grosería, logra afinar su humor que para muchos puede resultar negro, sin embargo demuestra una maestría: sus descripciones son muy plásticas, se esmera en utilizar un lenguaje lírico y no permite que el lector sea un individuo pasivo: lo reta, lo emplaza, lo mueve de su asiento o de donde esté, casi como que lo mete de cabeza en el libro. Tanto que a veces, el lector puede quedar con la sensación de quedarse burlado: hay capítulos en blanco, porque Blas dice que no hay nada que contar. De repente, cuando se avanza en la lectura, Blas sale con que tal capítulo debería ser suprimido, quizás como si nos echase en cara “oigan, y esos episodios de sus “próceres” y presidentes ¡no les da pena seguir enseñándolos en las escuelas”.
No sé de dónde don Pablo Cohelo sale con que Brasil es un país sin tradición literaria. Machado de Assis es la mejor respuesta a esa calumnia tan grande como el Amazonas.