Opinión

¿Nuestra idiosincrasia nos condena?


Es difícil darse cuenta de cuan profundo ha calado el desarrollo tecnológico en nuestro diario vivir hasta que suceden unas cosas inesperadas y a veces trágicas. Así me sucedió recientemente cuando estaba revisando el menú de números telefónicos de mi celular y me di cuenta que dos de mis conocidos habían muerto no hacía mucho tiempo. Me negué a borrarlos la primera vez que los vi. Es absurdo, estoy seguro de que nadie me va a contestar, sin embargo... después de ver el número varias veces y estar con el botón para borrarlo listo en varias ocasiones, al fin lo hice. Es una sensación un tanto rara, por lo menos para mí. Da un pequeño cosquilleo en la boca del estómago.
Me imagino que es el proceso del duelo, de la pérdida, después de todo, para eso son las misas, los entierros, el triduo, los nueve días, la misa de mes, de aniversario... es una forma de dejar ir el dolor, la rabia, la resignación, el desahogo. Ahora se une el celular en esta lista, para mí algo más personal, íntimo, frente el rechazo que siento ante todo el rito, las formalidades y la parafernalia de las velas, cortejos fúnebres y liturgias donde todavía me encuentro incómodo entre el dolor de la familia y las risas y las preguntas un tanto morbosas del “cómo fue” de uno que otro asistente.
Todo esto me lleva a pensar lo que muchas personas afirman, que este comportamiento y otras muchas características son parte del ser nicaragüense, de nuestra idiosincrasia; a mí me gustaría creer que es más una falta de educación, de respeto y de cultura en general, que una forma de ser en la que estamos atrapados hasta la consumación de los siglos.
No puedo aceptar, por ejemplo, que le impuntualidad sea una característica nuestra, es una lacra, una falta de respeto hacia la persona que hacemos esperar. No puede ser de ninguna forma algo con lo que tenemos que vivir permanentemente.
En algunas cosas creo que vamos para atrás, como es la forma en que se conduce por las calles de Managua --- no puedo hablar de las otras ciudades, porque voy muy poco--- sin embargo, el irrespeto a las más elementales leyes de tránsito, a la cortesía y sobre todo a los peatones, no puede ser algo de lo que deberíamos sentirnos orgullosos. Cuando un peatón se atreve a usar un semáforo peatonal, pasa rápido, con una sonrisa nerviosa, medio avergonzado de utilizarlo, mientras los automóviles pasan por delante o detrás de él. Tampoco estoy exonerando de culpa a los peatones, que más que imprudentes son temerarios.
Y esta falta de educación y de trasgresión a ley no solo se define por la poca atención a la escuela ni a las clases sociales más bajas, sino que es generalizada. El otro día que fui a ver a un familiar a un hospital capitalino, en la entrada del cuarto se encontraba un enorme letrero que afirmaba que las visitas estaban restringidas por orden médica. Tal parece que nadie sabía leer, pues el cuarto estaba lleno de gente, todos, sin ninguna duda, preocupados por la salud del paciente, pero sin ninguna autoridad médica que pudiera o estuviera interesada en restaurar el orden, seguramente ya acostumbrada a este tipo de conducta “muy nica”, como nos gusta decir, ¿o presumir?
Basta oír los programas de radio y televisión donde participa la audiencia y uno se da cuenta que nos hemos convertido en un pueblo que se está quejando permanentemente, preguntando qué es lo que hace, o casi siempre lo que no hace el gobierno, como si el gobierno y los políticos tuvieran la culpa de todo. Si algunos políticos entregan ayuda por una tragedia, inmediatamente los acusamos de que “se quieren aprovechar de la tragedia del pueblo”, si no aparecen “seguro que andan disfrutando de sus camionetonas y megasalarios”.
Tenemos que saber diferenciar lo que es idiosincrasia y lo que son nuestros vicios, nuestras actitudes negativas y trabajar para eliminarlas. Así como tenemos que trabajar para potenciar lo que nos favorece, tenemos que trabajar, mucho más duro, para eliminar las que nos disminuyen.
Definitivamente la educación está presente en todas nuestras actuaciones y no solo para saber cuál fue el presidente de Nicaragua de tal a tal año, sino en nuestras relaciones con nuestros semejantes, en cómo conducimos nuestros autos, en cómo respetamos a los que están a nuestro lado, en fin en cómo respetamos las normas mínimas de una convivencia en sociedad.