Opinión

Bitácora


La conquista: choque de dos culturas

Otra vez, este octubre, se habló sobre el ilógico concepto de llamar encuentro de DOS CULTURAS a la Conquista de América. Hecho que se cuestiona públicamente en los últimos años en Nicaragua. Esto fue impuesto y manejado por los intelectuales franquistas latinoamericanos, incluyendo, por supuesto, Nicaragua. Es como la denominación: “Día de la Raza”, ¿a qué raza se refieren?, pero esto es para otro tema específico.
Así mismo se han venido publicando opiniones y entrevistas que sostienen que hechos históricos referentes a nuestras raíces, manejados y creídos por centurias, son falsos. El debate iniciado debe estimularse para que surja la luz en ciertos momentos oscuros o manipulados, o repetidos por ignaros.
Unos lo miran positivo, a otros les cuesta asimilar la discusión, hasta ha despertado suspicacia en el sentido de ciertas posturas tocantes a la negación de hechos intelectuales y bélicos de los aborígenes, imaginándonos complejos de un criollismo trasnochado.
También se ha dicho que no es cierto que los aborígenes hayan recibido a los castellanos primeramente como dioses.
Hoy he querido presentar a cronistas y poetas aztecas que dejaron testimonio de la derrota del gran mundo azteca cuando se hallaba en su máximo esplendor a principio del siglo XVI, el Pueblo del Sol, el escogido del dios de la guerra, Huitzilopochtli.
La visión final de los vencidos aztecas es dramática y trágica. Un ejemplo: el poema épico, o el “Canto triste” escrito por un poeta azteca en náhuatl. Hay que recordar que la gran Tenochitlán cayó después de (80) ochenta días de sitio.
Antes del poema está una crónica aborigen que concluye así: “Y todo esto pasó con nosotros. Nosotros lo vimos, nosotros lo admiramos: con esta lamentosa y triste suerte nos vimos angustiados”.
El “Canto triste” dice:
“En los caminos yacen dardos rotos;
los cabellos están esparcidos,
destechadas están las casas,
enrojecidos tiene sus muros.

Gusanos pululan por calles y plazas,
y están las paredes manchadas de sesos.
Rojas están las aguas, cual si las hubieran teñido,
Y si la bebimos, eran aguas de salitre.

Golpeábamos los muros de adobe en nuestra ansiedad
y nos quedaba de herencia una red de agujeros.
En los escudos estuvo nuestro resguardo, pero los escudos
no detienen la desolación.

Hemos comido panes de colorín,
Hemos masticado grama salitrosa,
pedazos de adobe, lagartijas, ratones
y tierra hecha polvo y aun los gusanos.

*Anónimo de Tlatelolco (1528), Edición facsimilar de E, Megin, Copenhagen, 1945, fol.33.

Esto se encuentra en el libro famoso del mexicano Miguel León Portilla: EL REVERSO DE LA CONQUISTA. León Portilla fue director del Instituto Indígena Interamericano y del Instituto de Historia de la Universidad de México. Sus estudios sobre la cultura Náhuatl lo sitúan como uno de los investigadores de mayor prestigio en México. Miembro también de la Academia Mexicana de la Lengua, su nombre en el ámbito de la investigación histórica es muy famoso alrededor del mundo.
El libro de los Coloquios, escribe León Portilla, se presenta en idioma náhuatl, la última actuación pública de algunos sabios y sacerdotes indígenas que defendieron su creencias y forma de vida ante la impugnación de los doce primeros franciscanos llegados a la Nueva España en 1524 (mil quinientos veinte y cuatro). Al final, uno de los sabios indígenas les dice (a través del traductor) a los franciscanos:
“Déjennos ya morir,
déjennos ya perecer,
puesto que ya nuestros dioses han muerto”.

El manuscrito, sigue León Portilla, del Libro de Los Coloquios fue descubierto en el archivo del Vaticano. Aún no ha sido traducido totalmente al castellano. Por asuntos de espacios no publicamos la crónica en náhuatl donde se hable que el gran señor azteca había creído que se trataba del retorno Quetzalcóatl y los dioses que lo acompañaban. La duda comenzó cuando llegaron las primeras noticias del Golfo acerca de la presencia de seres extraños: “Llegaron en barcas grandes como montañas, que montaban una especie de venado enorme, tenían perros grandes y feroces y poseían instrumentos lanzadores de fuego, Montezuma y sus asesores entraron en duda…”
En la secuencia de los hechos tenemos que Hernán Cortés entra a Veracruz el 18 de febrero de 1519 con 600 hombres, 16 caballos, 32 ballestas, 10 cañones de bronce y otras piezas de artillería de corto calibre. Seis meses después, sus ojos asombrados contemplaban la metrópoli de México –Tenochitlán-- la “Gran Ciudad” construida por los aztecas en medio de los lagos del valle de México.
En la primera embestida, los castellanos encabezados por Pedro de Alvarado, son rechazados y obligados a huir perdiendo la mitad de sus hombres y el oro que habían tomado. Fue un año después que sitiaron Tenochitlán ochenta mil soldados tlaxcaltecas (aliados de los invasores) y fueron reforzados con tropas españolas con la llegada de otras expediciones a Veracruz. Además, echan al agua trece bergantines que jugaron papel importante en el asedio. Ese sitio duró 80 días de luchas cruentas, fue precisamente el 1 de serpiente del año 3 casa, que corresponde al 13 de agosto de 1521, que cae México—Tenochitlán--.
León Portilla anota que los documentos tesoros de la humanidad se encuentran en la Biblioteca Nacional de París y en la Biblioteca Nacional de México, y que estas publicaciones no tratan de revivir odios superados, sino ahondar en el conocimiento de uno de los momentos clave para la comprensión del mundo hispanoamericano.

trejosaldonado@yahoo.es
(*) Decano de la Facultad de Periodismo de Uhispan