Opinión

Cuatro leyes mágicas


El Dr. Arturo Cruz Sequeira, el más inteligente y sabio de mis primos, aseveró una vez en un programa de televisión, que “en Nicaragua ocurre de todo para que nada cambie”. Este axioma Arturito lo usaba para convencer a inversionistas extranjeros acerca de la estabilidad de nuestro bello país. Al lúcido primo, se le olvidó la magia portentosa que nutre estos eventos. Aquello real maravilloso del Macondo de Gabo, que hace subir en alguna página de Cien Años de Soledad, en cuerpo, alma y olor de santidad a Remedios la Bella.
Nicaragua sigue siendo un pequeño país al norte de Macondo. Esto no sólo lo prueban la entronización de la Virgen de Cuapa, el palo de mayo caribeño y los ahuizotes de Masaya; sino las cuatro mágicas y prodigiosas leyes en discusión, que pretenden hacernos vivir en el maravilloso país de Alicia, la niña novia de Lewis Carroll. En este país de las maravillas, vivimos no sólo el té de locos con el Sombrero y la Liebre de Marzo, sino que al final tendremos que enfrentarnos con la cruel Reina de Corazones, cuyo severo y veloz juicio termina en un preformativo grito: “Que les corten la cabeza inmediatamente”. Pero veamos las cuatro leyes mágicas.
La Ley Marco –por ejemplo- es de una magia poderosa, apabullante y económica. Esta pequeña ley, craneada por Daniel Sarumán y Churri Gandalf, fue capaz en un tris de dedos de: enmarcar la vida política del país en un diálogo artificioso, inútil y aburrido; suspender a divinis la Constitución Política de la República de Nicaragua; provocar víctimas más costosas que los damnificados del Beta o sea, los “pobres náufragos” de la Sisep; y por último, ha causado una prolongada salmodia sollozante de un coro de plañideras teóricas que nunca han contado con respaldo político. Éste indudablemente es un acto de magia blanca, ya que se realizó en el escenario de Casa Presidencial ante la vista de todos y con dignos garantes como san Dante Caputo, mejor conocido como “el Paciente” y Su Eminencia el cardenal Obando, otrora llamado “el Cuestionado”.
Otra poderosa ley –más irrefutable que la ley de la gravedad de Isaac Newton- nacida de ilegítima magia negra es la Ley Narco. Esta ley logra sin más ni más, en medio de la borrachera de poder que viven los magistrados, por obra y gracia de imbatibles demonios colombianos, lo siguiente: aniquila toda legalidad, legitimidad y credibilidad del Poder Judicial (de la cabeza al rabo); transmuta papeles en miles de dólares que se reparten festinadamente, convirtiendo a la Corte Suprema en la más gigantesca y hermosa dry cleaning de Nicaragua (los bancos la van a demandar por competencia desleal además de morirse de celos y envidia); convirtió a magistrados y jueces en delincuentes impunes; pretende anular lo actuado y procesado por la Policía Nacional de Nicaragua; coloca al país indefenso frente al narco poder mundial y ante el injerencismo abusivo de la potencia mundial y de otros países pepescas que tienen diferendos limítrofes (o reclamos absurdos) con Nicaragua (vale decir Colombia, Honduras y Costa Rica). ¡Aquí mi hermano(a), la cosa nostra está grave!
La tercera ley mágica, producto de aprendices de brujos de Diriomo, es la reforma a la Ley de Medios de Comunicación Social. De lograrse esa magia chapiolla, significaría entre otras cosas: la ruptura del equilibrio democrático que debe existir entre los Poderes del Estado y los medios de comunicación, quienes, en ejercicio de la libertad de prensa y de opinión crítica, se constituyen en el quinto poder; el sometimiento de la prensa crítica a las pandillas políticas criollas y a los grupos de poder económico trasnacionalizados, lesionando de muerte la libertad como valor supremo del nicaragüense; y por último, no menos grave, encareciendo el acceso a la información de una ciudadanía suficientemente ultrajada por las medidas económicas del capitalismo salvaje (Juan Pablo II). Esto huele a grosera venganza de brujos que han pactado con el diablo reversible llamado Danny Arnold Severo Snape.
La cuarta ley mágica nace de la ley del monte, del gran garrote, de lo más cavernario de nuestro planeta y es la de la globalización mundial (valgan todas las redundancias). Esta ley fue enunciada claramente aquí por el Procónsul estadounidense Mr. Paul Trivelli, bajo una supuesta defensa de la democracia que significa stricto sensu la defensa de sus intereses. Los gringos pretenden, a través de este aprendiz de Dumbeldore: elegir un Presidente títere del imperio (como el actual) para el próximo período; cambiar dos poderes del estado nicaragüense la corrupta Corte Suprema de Justicia y el partidizado Consejo Supremo Electoral; imponer las reglas de su injusto juego económico manteniendo la atroz asimetría de países ricos versus pobres al preservar los cuantiosos subsidios a su producción agropecuaria; por último, el grosero mago Big Stick Trivelli, absurdamente pierde la perspectiva y convierte a Daniel Ortega en Embajador de Nicaragua ante Estados Unidos. Un momento, Mr. Trivelli, no olvide la Convención de Viena que rige el comportamiento de los diplomáticos, usted es un embajador opinando, interviniendo, inmiscuyéndose, injerenciando en los asuntos políticos internos de una nación amiga. Daniel Ortega no es embajador, él es un político criollo hablando desde su país y tiene el prefecto derecho de decir cuanta sandez se le ocurra de George Bush y de la política exterior norteamericana. Por favor, no humille a su Gerente en Casa Presidencial, nombrando embajador al caudillo sandinista. Recuerde que Danny ya representa los intereses de Cuba y Venezuela en Nicaragua.
Los actos mágicos anteriores están vulnerando nuestra soberanía e independencia. Sólo así se explica –por la magia- que la fragata inglesa habiendo incautado casi 400 millones de dólares en cocaína (20 toneladas) en aguas territoriales de Nicaragua, no nos haya dejado ni un bolsín para el Negro Brooks. Y nadie dice esta boca es mía. Nuestro canciller, Enrique VIII, sigue más serio que en sus retratos de la Tate Gallery of London. ¡Oh Montesquieu, en el espíritu de esas cuatro leyes anidan los duendes de Santa Lucía, Boaco!