Opinión

¿Vendrán los cortadores de café?


Cortar café no parece atractivo para atraer a más de cien mil personas que necesitan la cosecha del país. El salario y las condiciones de salud e higiene en los campamentos son deplorables. Los hacendados se declaran en quiebra para responder a las demandas de los trabajadores. Nicaragua puede perder el 40 % de la exportación más importante.
Esperamos vender al exterior un millón ochocientos mil quintales de café. Como peligro para lograrlo se habla de 1,555 kilómetros de caminos en mal estado y la incapacidad económica del Gobierno para repararlos. Sin embargo, un riesgo que poco mencionamos es la ausencia de mano de obra. El año pasado, de los 80 mil demandados llegaron 65 mil.
Según Alfonso Espinoza, dirigente de la Asociación de Trabajadores del Campo (ATC), más de medio millón de trabajadores han huido del país, y el 20 de noviembre debe haber cerca de 140 mil personas laborando en la temporada.
Cortar una lata de café según propuesta de la ATC, aún no aprobada, debe significar 15 córdobas para el obrero, quien además debe gozar alimentación normal para soportar la faena, protección contra la malaria y limpieza en el albergue.
Con tortilla, frijoles y café perenne, un poco de arroz y carne de vez en cuando, y alojamiento peor que en los asentamientos urbanos, es difícil que alguien se emocione con ir a la montaña del Norte, a menos que se organice una campaña social, pero ni así creo que vayan, el sistema no influye en esa práctica.
Las demandas son justas, básicas, pero no alentadoras ni de pronta superación. Nicaragua sigue pagando peor a los trabajadores del campo: 46 dólares al mes. Mientras Costa Rica paga 202 dólares al mes y Estados Unidos 16.84 dólares la hora, países de donde vienen los billetes para que se mantenga la mayoría de habitantes.
Los caficultores se han declarado en quiebra desde hace siete años por la destrucción de los cafetos, las políticas financieras, la baja de precios, los estragos de la guerra, pero además es el resultado de la no inversión tradicional.
Ahora nos regodeamos (acabamos de descubrir) con que tenemos uno de los mejores café del mundo, sin embargo, nunca se invirtió ni se invierte para el valor agregado del producto. En el Norte del país no encontramos una tostaduría para la exportación, seguimos vendiendo el grano. Pocos hacendados envían pequeñas cantidades de café empacado. Aun cuando esperamos mandar unos 300 mil quintales al precio oscilante entre 125 y 1,200 dólares.
El incentivo por calidad que reciben los caficultores debiese ser compartido con los empleados, no obstante, la envolvente crisis económica y más de un gusto suntuoso no lo permiten. El Gobierno por su parte, no se ha ocupado más que de promesas y pocas respuestas.
Desde la hambruna en las zonas cafetaleras del Norte del país en 1998 hasta la fecha los avances no son significativos ni alentadores para vislumbrar, menos para pisar, la senda del progreso. Las exigencias son las mismas y los lamentos igual. La diversificación de las plantaciones camina lenta. La ruta turística del café apenas se abre con machete. Los nicaragüenses siguen huyendo del país.
Con este panorama tenemos opciones: salir con empeño de la crisis presentando atractiva la zona rural para la prosperidad, esperar que los trabajadores y familiares sigan marchándose a ganar mejor a otros lares, o continuar vendiendo las plantaciones a los extranjeros, como está sucediendo.
Si no llega la cantidad exigida de trabajadores a la temporada de café, perderemos la oportunidad de superarnos con esta fabulosa cosecha que se avecina, y demostrar que el potencial existe para vencer la miseria.