Opinión

Una celebración de cumpleaños en Alajuela


Los alrededores del mercado de Alajuela, como en todos lados, están llenos de modestas tiendas, escaparates y comiderías populares, se abarrota la gente por la calle y los carros se detienen, doblan y hacer sonar sus bocinas. Un bullicio de murmullos inunda el ambiente, la gente camina con sus bolsas de compras y unos escolares de uniforme cruzan la calle en un medio día de opaco sol con amenazas de lluvia; alguien grita y ofrece sus productos.
En una esquina, hay una rosticería popular, cuatro mesas de plástico con sus sillas llenan el lugar, dos cocineras a la vista cortan verduras, carne de pollo y preparan un “casamiento”, como le dicen los ticos al “gallopinto” que mencionan los nicas, esa mezcla típica, con sus sabores propios, de arroz y frijoles. Un joven en la caja se encarga de las cuentas. El fuego de la cocina arde y en general un calor inusual se mezcla a ocasionales ventarrones que entran por la puerta y las ventanas del modesto negocio de comidería popular. Las mujeres hablan mientras cocinan, ríen a carcajadas, la radio sintoniza música mientras se anuncia el noticiero del medio día.
Una señora delgada, pelo canoso, morena lavada, vestido lila floreado y flojo, quizás no a su medida, entra. A su lado una niña, de doce o trece años, uniformada, camisa blanca, falda azul, una escarapela escolar en la bolsa delantera de su blusa. Los ojos de ambas son color de miel, ojos hundidos, pómulos salientes carentes de relleno y de brillo. Se sientan en una mesa, guardan silencio, una de las cocineras se acerca y ofrece el menú del día que es siempre el mismo. La mesera y cocinera, una mujer de casi cuatro décadas, gordita, con un andar extravagante, su cara arreglada, su pelo corto, negro, pintado de rayos amarillos, una mujer de semblante alegre, al menos sabe ocultar sus penas, porque nadie las nota. La señora en la mesa no oculta sus desgracias, no ríe, ni luce su existencia. Ve los precios, decide que no tiene hambre, que sólo le traiga un vaso con agua, únicamente pide un servicio, una pieza de pechuga con ensalada para la niña que es bien antojada de pollo asado o rostizado.
Alguien desde la puerta pregunta por carne asada, de adentro responden que sólo hay pollo, que vea el rótulo de la entrada. La mesera pasa al rincón de la cocina, ha cambiado su rostro, algo la distrae, el acento la confunde, tiene una duda, habla con la otra y regresa. Le pregunta a la señora que de dónde es, ella guarda silencio por unos instantes, luego cuenta que es de Nicaragua, de Moyogalpa, en la Isla de Ometepe, sobre el Gran Lago Cocibolca. Le pide le cuente, se sienta a su lado. La cocinera de adentro tararea una canción ensimismada en su oficio. Ella dice que vino aquí hace ocho años con sus tres hijos, su marido la dejó, viven a media hora de Alajuela y andaba por aquí trayendo el cheque de la ayuda que el Seguro Social le da, son cuarenta mil colones (unos 80 dólares), con eso vive, pero sus hijos estudian, ella corta café en las temporadas, resulta que ha venido por segunda vez a la ciudad y el dinero no está listo y le dicen vuelva mañana, no tenía para el pasaje, vendió una cadenita de oro que guardaba desde hace mucho y logró pagar el transporte, le quedó algo y como la niña cumpleaños hoy, ella siempre quiere ir a comer pollo, la verdad, no le ajusta para más.
La niña ya comía distraídamente su pollo con entusiasmo, chupaba los huesitos y sorbía la gaseosa, mientras la madre hablaba entre la timidez y la necesidad del desahogo. A veces siento nostalgia, dijo, ellos salieron pequeños, tienen sus recuerdos lejanos, nos venimos por veredas, ahora yo tengo cédula, ellos siguen indocumentados. Hay un periódico, La Nación, sobre la otra mesa, ella hace como que lo hojea por distracción o por pena, mientras baja la vista, luego comenta: “Aprendí a leer en la Cruzada, todavía puedo, pero ellos --y vuelve a ver a la niña-- van a salir adelante y le van a ayudar a su madre”.
La cocinera sintió un cosquilleo en el pecho y regresó a la cocina, tomó una pieza de pollo, la adornó en el plato con ensalada y casamiento, tomó otras dos piezas y las empacó en papel de aluminio, sacó de la refrigeradora una gaseosa y las llevó a la mesa, se las dio a la señora cuya apariencia de edad se extendía mucho mas allá de lo real, entonces le dijo: “No se preocupe, nosotras pagamos”. La mujer levantó la vista como que despertaba y sonrió, la niña tuvo luminosidad en sus ojos claros y una sonrisa en su día de cumpleaños, mientras la mesera, que dijo llamarse Carla, agregó: “Yo estoy aquí desde hace diez años, trabajo, estoy sola, tengo un hijo, también soy nica, nací en Rivas, fui alfabetizadora en Ometepe hace veinticinco años”.

fjbautista@yahoo.com
Alajuela, Costa Rica, 21 de septiembre 2005.