Opinión

De mitos y de farsas


La “conversión” de Daniel Ortega al catolicismo, y su papel del hijo pródigo, es un asunto personal suyo que a nadie interesaría, si no tuviera un fondo político que se acentúa con la presencia a su lado del cardenal Obando, para confirmarse en su papel de dómine de la política nacional, apoyado con el factor que le hacía falta: el religioso. ¿Esa conversión es real o un simple recurso para adaptarse definitivamente a la política tradicional, aceptando la fusión Iglesia-Estado, propia de gobiernos libero-conservadores?
Sin ser experto en religión, trataré de que, de mi exposición, el lector encuentre la respuesta. El tema religioso en sí, no me interesa, pero sí en cuanto a que el sistema de corrupción implantado por las fuerzas políticas dominantes, cuentan con la complicidad de los jerarcas católicos y de otras iglesias, usando como escudo la religión. A la opinión pública la tienen inmersa en los juegos mentirosos de “diálogos” y de otras farsas, para hacerla olvidar las soluciones de fondo. Pero, para lograrlas, esas tres fuerzas no están en capacidad de contribuir, porque sería ayudar a desmontar su propio poder.
Las fuerzas arnoldistas y orteguistas no van a desmontar por su propia voluntad el enorme aparato de corrupción que han creado en los poderes del Estado, y la iglesia católica no va a renunciar su ascendencia histórica sobre el poder político. Para eso, le interesa fortalecer los vínculos recién inaugurados con el orteguismo, y no hacer cambios revolucionarios, porque orteguismo y revolución ya nada tienen que ver.
La historia con el orteguismo es una. La historia con la revolución es otra. Contra ésta, la Iglesia ya desempeñó su papel. Recordemos que las ventajas de siempre de las fuerzas reaccionarias en su lucha contra los cambios revolucionarios han sido su influencia social, política, económica, educativa, cultural y, sobre todo, religiosa. Su ventaja fundamental en la confrontación político-militar descansó en el apoyo de las fuerzas externas, en particular, de los Estados Unidos, y las iglesias de aquí y de allá; y juntas, ayudaron a la frustración del proceso revolucionario.
Pero no sólo fue una victoria política la de estas fuerzas de derecha coaligadas. También fue una victoria ideológica sobre algunos individuos de elevado nivel en la dirección del Frente Sandinista. Muchos de éstos, antes de convertirse en combatientes, profesaron alguna fe religiosa, algo que la organización nunca tuvo intención ni razón de hacerlo motivo de preocupación. El tema religioso, con todo y ser algo determinante en la confrontación política de la derecha contra la izquierda, sigue siendo tabú.
La actividad humana de liberación social es distorsionada; la derecha ha creado en torno a esta lucha, leyendas y mitos, y su propaganda ha logrado radicarlos en las mentes como hechos verdaderos. Uno de esos mitos es la sinonimia creada entre izquierda y ateísmo. Izquierda, igual ateísmo, y lo contrario: derecha, igual religión.
Laicismo, agnosticismo y ateísmo han estado ligados, en diferentes momentos históricos, a los movimientos de izquierda y personas de ideas progresistas. Pero no porque haya sido su objetivo central; los partidos de izquierda no nacen para luchar contra las religiones. En la propaganda derechista, toda izquierda es marxista y, por ende, atea de forma invariable. Es real que el marxismo ha estado, al menos, cerca de la ideología de las organizaciones de izquierda, porque es el que, principalmente, ha librado su lucha con su interpretación materialista de la naturaleza, del desarrollo de la sociedad y sus contradicciones, alejado y enfrentado a las ideas derechistas, que ven el orden social y la naturaleza como creadas por voluntad divina y, por ello, defienden su supuesta inmutabilidad.
Nunca a los miembros de los partidos y organizaciones de izquierda se les ha exigido que adopten mecánicamente el laicismo, el agnosticismo o el ateísmo con la obligación de sumarlos a su pensamiento. Dependerá del desarrollo ideológico individual el hecho de que adopte criterios no religiosos, o bien pase toda su vida haciendo una militancia activa, sin tener la obligación de rechazar sus creencias religiosas. La idea de que todo aquel que milita en un partido u organización marxista o de izquierda se convierte en un feroz enemigo de las religiones, es leyenda de la propaganda taimada de la derecha; un recurso para aislar al militante de izquierda de los sectores populares creyentes.
Si se observara el asunto sin apasionamiento, se vería cuán alejado de la verdad está eso de que, ser de izquierda, es ser un ateo perseguidor de curas y creyentes. No ha existido partido y organización de izquierda que no haya tenido amigos y miembros vinculados a cualquier corriente religiosa. En la historia reciente de nuestro país, el FSLN es el mejor ejemplo de cómo se ganó la confianza y la fidelidad para la causa de la liberación de una innumerable cantidad de religiosos combatientes o combatientes religiosos.
El “problema” religioso ha sido, entonces, una cuestión de agitación y propaganda política de la derecha, y no de creencias. Aunque el motivo religioso, en pro y en contra, haya existido y exista, es un asunto marginal. Pero, se preguntará, ¿y las persecuciones, expulsiones y encarcelamientos de sacerdotes y otros cristianos que hubo en determinado momento de parte del gobierno de izquierda?
Lamentablemente sí existieron. Pero es también lamentable el hecho de quienes, siendo sacerdotes y declarados creyentes, encubrieran sus actividades políticas contrarrevolucionarias bajo símbolos religiosos. En ese aspecto, más bien fueron esos mismos creyentes los que ligaron su religión a los problemas de orden político. Además, las represiones no han sido exclusivas de los regímenes de izquierda, como tampoco de los regímenes de derecha, sino resultados de las pasiones políticas extremas, aunque el pretexto religioso sólo lo utiliza la derecha. ¿Alguien arguyó alguna vez desde la izquierda, que el asesinato por los “contras” de la derecha –como el matrimonio Barreda--, fue porque eran ateos o religiosos?
Se ha confundido adrede el papel de los actores de las luchas políticas. Hoy, la conducta actual de algunos líderes sandinistas contribuye a ello. Pero ni los revolucionarios son los come curas que le atribuyen ser ni los creyentes reaccionarios son blancas palomas que simbolicen la cristiandad. Esta confusión fue posible y es estimulada por una propaganda política ultramontana.
El líder del Frente, interesado en vender su conversión, olvida adrede la manipulación religiosa de la que fue víctima la revolución, no le hace honor a la historia de su organización, y traiciona a sus caídos. El FSLN contó con la participación, el apoyo y los estímulos en la lucha de sacerdotes y combatientes creyentes –y por ello, perseguidos por la jerarquía de su iglesia y la derecha en general—. Este líder es consciente de que no hubo una intencionalidad ateísta de parte de la revolución ni acción auténticamente religiosa de parte de la derecha contrarrevolucionaria; pero actúa, por interés electorero y por conservar y ampliar el poder que lo ha convertido en factor de la política corrupta y dominante, como si en verdad todo sucedió como lo propaga la derecha y el imperialismo.
En consecuencia, actúa con exagerada obsecuencia ante el Cardenal de la iglesia católica, mostrando también apego y fidelidad a las prácticas de sus ritos religiosos, como si exagerando la nota “religiosa” será más aceptable como político presidenciable. Por su lado, el Cardenal lo acoge como el hijo pródigo. Estamos siendo testigos de actitudes que no son auténticamente religiosas, sino de una farsa compartida, otra vez.