Opinión

La IV Cumbre Americana y la América revuelta


Se reunieron en Mar del Plata 34 presidentes americanos, en medio, como es habitual, de enormes medidas de seguridad. Como es también habitual, al tiempo que la cumbre oficial, se celebró una cumbre de los pueblos, ésta al aire libre, sin policías ni soldados. A una acudieron presidentes que representan al 10% de población que consume el 36% de los recursos del continente. A otra, delegados de la América mestiza, negra e indígena, que ocupa titulares de prensa sólo cuando una catástrofe la saca del olvido.
Aunque se las supone cumbres de iguales, se mantiene el binomio del Uno y los 20 –hoy, el Uno y los 33- que ha marcado el rumbo del continente el último siglo. Las apariencias, sin embargo, engañan. Poco tiene que ver la América de 2005 con la que vio nacer el primer sistema regional, la Unión Panamericana, en 1910. Tampoco el Uno, EU, es lo que era. La pujante economía de hace un siglo ha dado paso a un país empantanado en Iraq y Afganistán, con la mayor deuda externa del mundo y todavía dolido por la deplorable imagen que proyectó cuando el huracán Katrina. Ante sí tiene a una Latinoamérica revuelta, con el mayor número de gobiernos progresistas y de izquierda de su historia, poco dispuestos a reproducir viejos patrones de sumisión. Ni siquiera el cautivo México parece domesticado, pues las encuestas dan como ganador de las elecciones de 2006 al Partido Revolucionario Democrático de López Obrador.
No es ese el único cambio. La fragilidad y fragmentación económica y política que ha caracterizado a Latinoamérica ha sido sustituida por procesos de integración tan relevantes como el Mercosur. El fin de la guerra fría y la guerra por los mercados ha puesto fin al aislamiento fomentado por Washington, convirtiendo a la región en campo de batalla de los grandes colosos económicos, sobre todo en el sur. EU enfrenta el desafío de la UE y China, dispuestas a competir en inversiones y materias primas. Las dos grandes potencias económicas juegan, además, con ventaja pues, a diferencia de EU, no castigan sus economías en guerras inciertas, ni agotan sus presupuestos con exorbitantes gastos militares. Así, mientras China ponía sobre la mesa 50.000 millones de dólares en inversiones en Latinoamérica, EU pedía al Congreso 87.000 millones de dólares para Iraq y reducía en dos tercios sus fondos de cooperación al desarrollo.
Las novedades no llegan únicamente de fuera. El triunfo y consolidación de Hugo Chávez, sumado a los altos precios del petróleo, están minando la influencia de EU hasta en su área más tradicional de influencia, el Caribe. Chávez ha respondido a la crisis energética ofreciendo petróleo a precios políticos y promoviendo la creación de Petrocaribe, empresa que permitiría distribuir el petróleo sin intermediarios. Hacia el sur, Chávez impulsa una empresa gigantesca, Petroamérica, que subsumiría los proyectos de Petrocaribe, Petrosur y Petroandina.
Consciente de su progresiva reducción de influencia, EU busca consuelo en la América más marginal y empobrecida, Centroamérica y los países andinos. El precio de la fidelidad es alto, pues esta América marginal inunda de emigrantes el sur de EU, provocando un problema de imposible solución. Si hay expulsiones en masa de inmigrantes ilegales, los empobrecidos países pueden estallar y desestabilizar el área, particularmente en Centroamérica. Si se resigna a tragar los flujos migratorios, el problema se traslada a EU, donde la invasión hispana provoca horror a los WASP.
No va mejor la región andina. Ecuador y Bolivia tienen años en una crisis crónica, con altas posibilidades de que tomen el poder movimientos de izquierda. En Perú, Toledo bate records de impopularidad, mientras en Colombia sigue la violencia interminable, que no remediará el golpe Estado legal promovido por Uribe, para poder reelegirse. Solamente Chile le ofrece consuelo, como país con la economía más saneada y el sistema político más estable. No obstante, el hecho esencial es que las grandes economías, reunidas en Mercosur, escapan al afán de control de Washington.
Bush esperó, vanamente, obtener un respaldo continental al ALCA, que suponía arrancar este 2005 y se encuentra peor que empezó. Los países con más peso del área –Brasil, Argentina y Venezuela- reiteraron su firme oposición al mismo, a menos que Washington ponga fin al proteccionismo, lo que tampoco está en agenda. El chasco de Bush es un termómetro con el que medir la decadencia del poder de EU, que antes dictaba y ahora debe oír y también tragar. Sólo dos cosas siguen igual. Uno, la trillada demagogia oficial sobre la lucha contra la pobreza, la bondad del libre comercio y el valor de la democracia. Dos, el general repudio al demediado imperio y a su actual presidente. Lo mejor estuvo lejos de los vigilados hoteles, en los multitudinarios conciertos de Silvio Rodríguez y en la presencia militante de Diego Maradona, Dieguito, a dúo con Chávez. En esta América revuelta, ya ni el fútbol es lo que era.
*Profesor de Derecho Internacional Público y Relaciones Internacionales en la Universidad Autónoma de Madrid
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