Opinión

¡Ahhh!, mi generación


Karla Castillo

Tentada he estado muchas veces de escribir algo sobre mi generación, la del Servicio Militar, la de los chavalos que entraron antes del 90 a la universidad, haciendo exámenes de admisión menos masivos que ahora. La de las chavalas que no conocimos más que vestidos de manta que muchas veces confeccionábamos nosotras mismas, inspiradas en alguna revista Bohemia –-cubana--,que además nunca nos teñimos el cabello, si acaso alguna vez nos pintamos las uñas. Eso, porque no teníamos familiares en Estados Unidos que nos enviaran pantalones Lee ni tintes Miss Clairol.
Soy orgullosa miembro de la generación de goyenistas que salió de nuestro amado Instituto Nacional Central -–ojo, nada de Autónomo, como es el apellido actual, gracias al ex ministro Belli-- que lleva el nombre del ilustre científico y educador Miguel Ramírez Goyena.
Aprender de la pobreza
Contrario a lo que se pueda creer, mi generación aprendió de las privaciones, de la guerra, de las necesidades extremas. Sus miembros, que hoy tenemos alrededor de 35 años, pasamos los cinco años de la enseñanza media sentados en el suelo, recibiendo clases con mucho amor al estudio. Teníamos una biblioteca, sino pobre, al menos poco dotada en comparación con el monstruoso mundo de Internet que se ofrece a los estudiantes actuales.
A los sandinistas, mi generación debe agradecer el habernos privado de medios de comunicación llamativos -–absorbentes de cerebros adolescentes, sobre todo--. La ausencia de una televisión comercial y de salas de cine o discotecas nos obligó a leer ávidamente el libro que cayera en nuestras manos, a documentarnos, a participar en proyectos de ciencia y producción, gestados como una necesidad de innovar cualquier cosa ante el bloqueo comercial impuesto por los gringos, pero que a todos nos dejó el sabor de que podíamos ir más allá de lo que aprendíamos en las aulas.
No había meriendas escolares ni galletas nutritivas, ni vaso de leche, y les juro que no hacía falta quién se desmayara de hambre, porque malos hábitos siempre ha habido entre los nicas, y muchos muchachos y muchachas llegaban sin desayunar aunque sea leche agria, porque simplemente “se les cerraba el estómago” en la madrugada.
A nadie se le formó una úlcera en el estómago por no haber podido desayunar o almorzar para dedicarse al estudio. Tampoco que yo sepa padecemos de la columna por no sentarnos en pupitres, porque, ¡vaya solidaridad!, los goyenistas que nos graduamos en el 87 y, por qué no decirlo, los de toda esa década, sentíamos tanta cohesión en el grupo, que encontrar un pupitre y usarlo, aunque fuera sin paleta, podía parecer un acto de traición al grupo, y era mejor irse al piso, que había sido perfectamente limpiado por nosotros mismos.
Nuestros cuadernos no tenían el sello de “Norma” ni “Scribe”, que tienen los escolares de hoy. Eran cuadernos que no se diferenciaban del humilde papel de envolver, y en los que escribir con lápiz de grafito -–ni soñábamos con un bolígrafo, eso era demasiado lujo-- era todo un desafío, porque luego era más oscuro el papel que la misma escritura.
No teníamos más que un uniforme -–y muchos ni siquiera eso--, y su aspecto denotaba que había sido cientos de veces usado y lavado. Muchos íbamos con zapatos “de trapo”, que hacían espuma cuando llovía y se mojaban. Pero eso sí, no faltaban las alegres fiestas amenizadas por los “Llama Viva” y los “Torrente”, que se hacían en el auditorio. También son inolvidables los festejos con la novedad del momento: la discomóvil, con aquella música pop y disco que aún sonaba para entonces, peleando el primer lugar a Madonna o Michael Jackson.
A diferencia de muchos jóvenes de hoy, veo que nosotros disfrutamos más, pese a que eran mucho menos lujosos nuestras fiestas y nuestro mundo, y que íbamos y regresábamos a pie a nuestras casas, porque no nos ajustaba para el bus. Pero era una alegría sana, sin el temor de que una pandilla desbaratara la celebración o que a alguien se le pasaran las cervezas, porque evidentemente tampoco teníamos dinero para cubrir el desliz del licor.
Exitosos profesionales
Por lo menos desde el tercer año todos ya teníamos decidido qué íbamos a estudiar. Puedo presumir que la mayoría de mis ex condiscípulos hoy son ingenieros, médicos, administradores, abogados y traductores, ah, y algunos se han ido del país, pero la mayoría trabajamos, vivimos y formamos familia en Nicaragua.
Vieran cómo disfrutamos cuando llegaron los miembros de aquel fugaz grupo puertorriqueño “Los Chicos de Puerto Rico”, que hacía contrapeso a “Los Menudos”. No sé si algunas se desmayaron –-puedo asegurar que yo no--, pero todas peleamos por tener un autógrafo de cualquiera de los cantantes.
Con igual esmero recibimos a los muchachos aquellos que botaron el avión del mercenario Eugene Hassenfus, cuando los sacaron de las selvas donde habían atrapado al gringo, para llevarlos a conocer toda Nicaragua y hasta Europa, como un testimonio viviente de la guerra que era librada, sobre todo, por jóvenes de mi generación.
¿Qué decir de algunos personajes, de esos que siempre “hacen la jodarria”? Por ejemplo, hasta hace poco me enteré que Jaime Rizo, que iba unos dos años más adelante que mi grupo, se había escabullido al improvisado camerino de “Los Chicos”, y nos regaló papeles firmados por él, cuando todas creíamos estar recibiendo algo de los jóvenes artistas boricuas.
Todavía recuerdo la propaganda electoral de Mario Delgado para presidente de la FES –-Federación de Estudiantes de Secundaria--. Mario también saldría un poco antes que mi grupo, pero luego el Servicio Militar creo que postergó su bachillerato y salió después. Transcurridos quince años lo vimos convertido en el abogado de Byron Jerez.
Un episodio bonito de nuestra secundaria fue la presencia de varios extranjeros, que llegaron atraídos por la Revolución, y de los cuales puedo recordar perfectamente algunos nombres, y de otros no, pero su imagen no se me borra. Recientemente los ex goyenistas volvimos a tener contacto con los salvadoreños Jaime Murcia Ciudad Real, Yuri y Rommy Jiménez, Roxana -–no recuerdo el apellido--, y el hondureño Iván Jorel Gutiérrez. Todos recuerdan al Goyena y la mejor época de sus vidas.
En ocasión de celebrar los 18 años de nuestro bachillerato, hemos decidido reunirnos, sólo sé que este 17 de diciembre, desde que amanezca hasta que “aguante el cuerpo”. El local está por definirse.
Habrá algunos ausentes físicamente, por residir en el extranjero, pero presentes de corazón, como mi comadre -–no sean mal pensados, es la madrina de mi hijo-- la Gloria Montalván, Norberto Herrera, Lorgia y algunos más que se me escapan. Igual nosotros los recordaremos.
También estarán nuestros profesores, los que ya fueron llamados a la presencia del Señor, como “Pucho” y su hermano –-Edgardo y Ricardo Fuentes--, doña Yolanda Delgado y otros que se me olvidan momentáneamente, estarán en un lugar especial de nuestro corazón. Pero trataremos de estar con “Fofo”, con Dennis Altamirano, con don Adrián, el más veterano, Ramón Chow Díaz, el profesor Leónidas Ulloa y algunos otros que probablemente podríamos contactar en los próximos días.
Los organizadores de esta actividad somos su servidora, Gustavo Ortega, quien actualmente es editor de la sección económica de La Prensa, así como Johanna Díaz Bustos, Ana Cecilia Juárez, Ninoska Maya, Miguel Blanco, María Engracia Morales Yescas, Franklin Bonilla, René Molina y otros compañeros más que se nos unirán en estos días próximos, así que si todavía no estás en la lista, contactate con nosotros. Los planes incluyen la llegada de los extranjeros, por lo que será una excelente ocasión para recordar, reírnos de nuestras vivencias y compartir como lo que fuimos y siempre seremos: Hermanos.