Opinión

La ética nacional


IDEUCA

En distintos ámbitos y de variadas formas se habla de una crisis de valores en nuestras sociedades.
A la par que esa crisis invade con repercusiones preocupantes todo el tejido social, últimamente ha tomado fuerza la pedagogía de los valores y la pedagogía de los Derechos Humanos, a fin de contrarrestar los efectos de esa crisis, de contribuir a defender, difundir, aplicar y construir los valores éticos, humanos, cívicos y morales que garanticen el desarrollo de una sociedad para una convivencia social sana, solidaria, participativa y creativa.
Los esfuerzos e ideales del proceso educativo orientado a la construcción de los valores chocan con los referentes negativos y destructores que irrumpen en los distintos estamentos de un país como el nuestro, organizado bajo los criterios de la democracia y de la gobernabilidad.
La etapa de la formación de valores en la juventud se caracteriza por el grado elevado de concientización en los jóvenes así como de duda, de críticas, de búsqueda, de sentido de finalidad. Se acrecienta en el joven sentido y necesidad de la autonomía personal.
La pedagogía en esta etapa no busca implantar un conjunto de valores, sino desarrollar en la mente del joven una sensibilidad y un discernimiento morales conducentes a conformar en él una especie de “ley interior”.
Para ello es muy oportuno poner a los jóvenes en contacto con las grandes ideas y valores que han elevado a la Humanidad a los niveles superiores del espíritu: las ideas de dignidad humana, libertad, responsabilidad social, justicia, honestidad, generosidad, solidaridad, espíritu de trabajo etc.
La enseñanza de estos valores en el contexto de las grandes ideas señaladas no consiste en una “instrucción, solo puede ser objeto de una clarificación, de un diálogo, un intercambio social creativo, una conversación permanente con el interlocutor privilegiado, cercano, cotidiano, nuestro”, es decir, la realidad nacional, su funcionamiento y disfuncionamiento, las actitudes y valores que se privilegian y cotizan en ella, las formas lícitas o ilícitas que conducen al denominado éxito económico y social, al ejercicio a veces distorsionado del poder social.
Nuestra realidad cotidiana salpicada de hechos que sacuden las conciencias y ponen en entredicho la necesaria convivencia ciudadana, se está constituyendo en el ejemplo, en la interlocutora penetrante de las actitudes y valores que prefiguran el horizonte del comportamiento ciudadano de nuestra joven generación. ¿Podemos calificar de “nueva” a una generación que está siendo negativamente influenciada por su interlocutora diaria, por la realidad nacional, la que consciente o inconscientemente, conforma de hecho, una sociedad educadora, es decir, con incidencia en la creación y conducción de los valores que la irán construyendo o destruyendo en términos éticos? Dudamos que nuestra realidad nacional esté construyendo lo que en términos positivos pudiéramos denominar “nueva generación”.
Nos place comprobar que el país está activamente comprometido con su transformación.
En este contexto se han definido prioridades y proyectos que se traducen en grandes inversiones con visión estratégica de futuro. Pero ¿por qué no pensamos también en invertir substancialmente en la transformación de una sociedad éticamente viable y vivible? La estabilidad económica, la infraestructura material, la producción, el desarrollo social etc. son indispensables, pero de cara a una verdadera transformación de Nicaragua, se impone también la necesidad de encontrar formas de inversión ética, moral, cívica, humana.
Esta tarea no es responsabilidad exclusiva del sistema educativo, es tarea indeclinable de toda la sociedad, encabezada por el Gobierno y sus instituciones. La verdadera infraestructura de un pueblo son a la postre sus valores éticos, cívicos y morales.