Opinión

La gestión del conocimiento en las instituciones de educación superior


Ph. D.IDEUCA

La educación superior del país, por las características que le son propias, concentra el mayor caudal científico, cultural y tecnológico del país, lo que representa para el futuro del desarrollo de la nación la mayor riqueza potencial, aunque posiblemente poco aprovechada. El capital intelectual de las instituciones de educación superior es su principal riqueza, por lo que, saber gestionarlo debidamente, representa su principal haber y potencialidad para movilizar su quehacer con agilidad y visión, realizando una aplicación intensiva del conocimiento de que son depositarias. Dos malos ejemplos de esto son, el débil nivel de aprovechamiento que las instituciones hacen del personal que ostenta las máximas titulaciones académicas como Maestría y Doctorado (Ph. D.), y la ausencia de un auténtico escalafón académico que, más allá de reconocer los años de experiencia y las titulaciones, apunte a promover y reconocer la actividad investigativa, la producción de conocimiento y la publicación y difusión del mismo. Esta falta de perspectiva y de normatividad en la gestión de los recursos intelectuales, implícitamente promueve el desestímulo, la desmotivación, el acomodamiento y la mediocridad.
En la medida que la educación superior del país logre modificar esta realidad, mejorará seguramente su capacidad para incidir con efectividad en optimizar el conocimiento y su puesta en escena en beneficio del país. Este nuevo concepto representa una gran oportunidad para que las instituciones de educación superior logren crear mayor riqueza de conocimientos, potenciándolos y aplicándolos con mayor eficiencia e incidencia en transformar el entorno social, cultural, económico y productivo. Los mejores ejemplos en esta dirección nos llegan del ámbito empresarial más exitoso, especialmente en empresas de alta tecnología, las que en los últimos años han comprendido que su mejor activo lo constituyen las destrezas y capacidades de sus directivos y trabajadores. Desgraciadamente, poco de este saber ha sido incorporado, aún, por nuestras universidades. Alcanzar esta perspectiva y ponerla en acción en los centros de educación superior implica concebir y concertar un proceso en varias fases, algunas de las cuales podrían ser las que siguen:

- Fase pionera:
En ella, un pequeño grupo precursor identifica el problema de fondo de la universidad y toma conciencia de ello, ayudando a convencer a otros sobre la necesidad de realizar un cambio de perspectiva.

- Fase de evaluación:
Se desarrolla un sistema de indicadores para el nuevo modelo que se pretende, a la vez que se desarrolla capacidad para monitorear el capital intelectual que posee la institución.

- Fase de dirección:
Tomando decisiones, en diversos niveles, para actuar sobre la base de los nuevos referentes conceptuales del modelo, transformando la administración académica en el marco de nuevos términos de la renovación y el desarrollo institucional.

- Fase tecnológica:
Supone el desarrollo del marco tecnológico, de manera que contribuya a aumentar la transparencia y los sistemas de comunicación que faciliten compartir conocimientos, apoyándose en el uso de herramientas modernas de tecnología y telemática.

- Fase de capitalización de recursos:
Utiliza la tecnología organizacional de la universidad con sus sistemas de base de datos, instrumentos de automatización y el equipamiento de laboratorios para la investigación, al igual que la propiedad intelectual, para provocar la reacción del capital intelectual. La capitalización se constituye en la base para optimizar y renovar los conocimientos fundamentales y la inversión de capital estructural.

- Fase de futurización:
En ella se cultiva sistemáticamente la innovación como competencia central de la institución, en orden a mantener una renovación y desarrollo continuos que permitan a la institución de educación superior mantenerse en “la cresta de la ola”.

Es importante anotar que, ingresando al siglo XXI, las universidades han de prestar máxima atención a este capital intelectual incorporando, además, la inteligencia emocional, de manera que trasciendan la perspectiva que suele quedar limitada a los recursos económicos y el equipamiento. Esta inteligencia emocional, más allá del don genérico del cociente de inteligencia, requerirá ser desarrollada con los años en todos los sujetos participantes, hasta lograr que los recursos humanos tengan la madurez requerida.
Si el capital de las empresas ya no sólo se mide por la suma de sus bienes inventariables y sus activos financieros y stocks de productos y mercancías, sino que cada día valora más su capital intelectual, con mucha más razón las instituciones de educación superior deben tomar conciencia de la importancia que tendrá, para su futuro, reconocer y dimensionar debidamente su capital intelectual, científico y cultural, estableciendo los mecanismos y procesos que permitan gestionar con la máxima eficiencia, tales recursos intangibles.
No es suficiente, por consiguiente, que la educación superior tenga claras las ideas sobre las tendencias y estrategias que le son propias. Las preguntas necesarias son “¿Cómo gestionar el conocimiento de la institución?, ¿cómo agilizar los procesos de gestión de información de calidad?, ¿cómo optimizar y poner al máximo de sus posibilidades estos recursos? La gestión del conocimiento en la educación superior ha de convertirse en una práctica que procure maximizar el valor de la institución, ayudando a las personas que la integran a tensar al máximo sus facultades y potencialidades y a innovar constantemente adaptándose al cambio.
Este concepto de gestión del conocimiento ha surgido precisamente de los medios informáticos, siempre al servicio de las capacidades de las organizaciones. En nuestro caso, el concepto se ha de enriquecer, en tanto se ubica en un contexto en el que todo el quehacer institucional ha de aspirar a fortalecer la capacidad de incorporar nuevos conocimientos, sistematizar los conocimientos desarrollados y prefigurar los nuevos, poniéndoles a la disposición de la sociedad, de sus instituciones y del desarrollo del país. Esta nueva visión introduce a las universidades más allá de la preocupación formal por la autoevaluación, la evaluación de pares y la acreditación, en una dinámica revolucionaria que fortalece estratégicamente su quehacer preparándola, con mayor sustrato y fortaleza, para competir en el proceso de internacionalización de la educación superior. Los factores que intervienen en este capital intelectual son de dos clases: el capital humano y el capital estructural.
Mientras en el primero se ubica la combinación de conocimientos, habilidades, inventiva, creatividad y capacidad para llevar a cabo su misión, en el segundo nos referimos a los equipos, programas, bases de datos, estructura organizacional y modelos de gestión que soporta la capacidad organizacional de su quehacer académico.