Opinión

El renacer de Utopía


La renuncia de Franz Müntefering a la presidencia de los socialdemócratas alemanes ante el desafío del ala izquierda de su partido ha puesto al descubierto, al igual que el referéndum francés sobre la Constitución Europea que se celebró en mayo, divisiones ideológicas profundas --no sólo en cuanto a Europa sino en cuanto a las bases mismas de la sociedad y la economía. Detrás de las críticas que se hacen a la UE y a los gobiernos nacionales por “no ser lo suficientemente sociales” se esconde una imagen de la Unión como una trampa que está obligando a sus miembros a ceder ante las fatídicas disciplinas del mercado y ha privado así a los líderes nacionales de su capacidad de alcanzar metas sociales importantes. Parece que ahora estas divisiones habrán de dar forma no sólo a la futura coalición de gobierno en Alemania sino al futuro de la política en toda Europa.
En Francia esta división es evidente no sólo en los extremos de la derecha y la izquierda, y en los círculos gaullistas tradicionalmente nacionalistas, sino también entre la mayoría de los electores socialistas, quienes decidieron rechazar la postura pro-europea de la dirigencia del partido.
Este debate fundamental no amainará pronto. Por el contrario, se ha intensificado, como lo demuestran las elecciones en Alemania y con unos comicios presidenciales que se acercan en Francia. En este último país, la intensidad es particularmente visible en las filas socialistas. Ahora que los preparativos para el congreso del partido en noviembre están en su apogeo, está resurgiendo un conflicto que se remonta a su fundación. De un lado está la visión socialdemócrata, que básicamente apoya la economía de mercado, pero busca suavizar sus efectos más severos; del otro, está el punto de vista radical que exalta un revolucionario “rompimiento con el capitalismo”.
Con la desaparición del mundo comunista y el fracaso de sus políticas colectivistas, uno pensaría que ese debate ya se habría solucionado en favor de la visión reformista. Pero la sorpresa de los últimos meses es que una parte importante del electorado y de los líderes del partido socialista apoyan un cambio radical.
Además, una proporción sustancial de la izquierda antiliberal más amplia, compuesta por los comunistas, ecologistas, sindicalistas y partidarios del movimiento Attac, acusan a los reformistas de subordinarse a la globalización liberal y promueven, en cambio, una transformación radical de la sociedad y la economía.
El éxito mediático de Olivier Besancenot, un representante de 31 años de edad de la sección más intransigente de la Liga Comunista Revolucionaria Trotskista refleja la fuerza de ese sueño. Después de haber recibido más del 4% de los votos en la primera ronda de las elecciones presidenciales de 2002, Besancenot ocupa ahora el lugar 38 entre las personas más populares de Francia, según las encuestas de opinión.
Es interesante que en ciertas iniciativas provenientes de la derecha se puedan encontrar ecos de las ideas discutidas por los opositores más radicales de la globalización. El presidente Jacques Chirac de Francia, pero también el presidente izquierdista de Brasil, Lula da Silva, apoyan un impuesto a los boletos de avión destinado a financiar el desarrollo de los países pobres. De manera similar, el líder de centro, François Bayrou, ha propuesto aplicar un “impuesto Tobin” (bautizado con el nombre de su creador, James Tobin, ganador del premio Nobel de economía) a las transacciones financieras y dedicar lo recaudado al apoyo de causas sociales.
¿Cómo explicar este resurgimiento del radicalismo, que parece ignorar las realidades políticas europeas e internacionales?
Podríamos sospechar de la influencia de las tradiciones políticas francesas que, tanto a la derecha como a la izquierda, prefieren siempre la pureza de los principios que los arreglos turbios. A eso hay que añadir la desconfianza congénita de los franceses hacia el liberalismo --en efecto, el francés es uno de los pocos idiomas en que la palabra “liberalismo” tiene una connotación peyorativa-- junto con una percepción igualmente arraigada del Estado (de nuevo, tanto en la derecha como en la izquierda) como el defensor del interés general por excelencia. Si bien el pragmatismo ha dominado en los partidos socialistas del norte de Europa desde los años 1930 --y después del Congreso de Bad Godesberg de 1957 también en el Partido Socialdemócrata (SPD) de Alemania-- siempre ha prevalecido entre los socialistas franceses una preferencia por la ideología revolucionaria, al menos a nivel retórico.
Pero esa no puede ser toda la explicación, porque se está dando una radicalización similar en la izquierda alemana, donde una alianza del PDS poscomunista --que todavía tiene fuerza en los Länder de lo que fue Alemania Oriental-- y los disidentes del SPD encabezados por Oskar Lafontaine promueven propuestas igualmente radicales. Ante el fracaso evidente de los gobiernos tanto izquierdistas como derechistas de acabar con la creciente ola de desempleo, una parte cada vez mayor de los electorados francés y alemán ya no parecen creer en las soluciones tradicionales.
El Estado de bienestar, al que se asocia en gran medida con el movimiento reformista socialdemócrata, está llegando a sus límites, lo que se manifiesta en déficits públicos fuera de control y niveles insostenibles de tributación. De manera similar, la movilidad social que alguna vez fomentó ha sufrido serios reveses. Se considera que los mercados globalizados traen más desigualdad, austeridad y falta de seguridad que los beneficios de crecimiento económico prometidos. En este entorno de desilusión, los sueños de Utopía florecen. Pero una característica fundamental de las utopías es que no se pueden aplicar.
Lo que ahora se necesita es un debate más modesto sobre cómo conciliar las deficiencias del mercado con las exigencias de solidaridad. ¿Debe el Estado limitarse a crear un ambiente favorable para las empresas privadas? ¿Qué tanto debe contribuir a la seguridad, la educación, la investigación, la innovación y la protección de los pobres?
Pero esos debates sólo pueden ser fructíferos si reconocen las limitaciones económicas y políticas bajo las que operan los Estados modernos. En efecto, el papel de los Estados se complica más por el hecho de que la regulación de los mercados se está haciendo cada vez menos nacional y más transnacional.
En lugar de caer en la desesperación, debemos apegarnos a la distinción apreciada por el gran sociólogo alemán Max Weber, porque ahora es un momento en que la ética de la responsabilidad debe prevalecer sobre la ética de la convicción.

Raphaël Hadas-Lebel, autor de 101 palabras sobre la democracia francesa, es Presidente de la Cámara Social del Conseil d’Etat y Profesor Asociado en el Instituto de Estudios Políticos de París. Las opiniones expresadas aquí son las suyas y no representan posición oficial alguna.

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