Opinión

El oportunismo: retrato de una lacra


El oportunismo es un mal enormemente pernicioso, pero extrañamente ignorado o sólo visto como una manifestación del folclorismo político, por lo cual se extiende a todos las actividades sociales como algo inevitable e imposible de contener. Lo peor, no es la indiferencia ante el fenómeno, sino el hecho de que los éxitos del oportunista –invariablemente de carácter económico—, hasta llegan a verse como la expresión de su sagacidad e inteligencia. “Es un tipo muy vivo –se dice de un oportunista—; hace poco no tenía nada, y velo ahora cómo vive.”
El oportunismo en la política no es sólo una desviación ética de la conducta personal de quien, desde una posición inferior, finge sentir adhesión por determinada causa para ascender posiciones en una organización social, un partido político o en el Estado. El oportunismo no es sólo la ausencia de principios en la persona que lo practica, buscando cómo escalar posiciones, sino también la presencia de la ambición por obtener algún beneficio de la organización a la cual se adhiere. O bien, el oportunismo puede surgir en el transcurso de una larga militancia, para servirse de la organización y lograr determinados objetivos. El oportunista no sólo nace, también se hace.
Los oportunistas utilizan el halago hacia los líderes de mayor influencia en la organización. Por su adulación y otros recursos despreciables que practica el oportunista, se hace muy evidente pero, paradójicamente, no siempre desechable para quien es el destinatario de su servilismo. Esta infame práctica tiene vigencia en todo tipo de organización social, política o estatal, porque quienes ejercen el poder y son objetos de adulación del oportunista trepador, también son dueños de una personalidad oportunista. De forma que el oportunista triunfa cuando y donde se complementa con las ambiciones oportunistas de los líderes proclives a la corrupción o ya son corruptos.
El oportunismo tiene mayor éxito cuando hay degeneración política en la organización e igual causa tiene la degradación del líder político en cacique, generalmente el miembro más destacado de su cúpula. Ambos fenómenos forman un solo estado de corrupción que, a la larga, pudrirá a la mayor parte del colectivo político. Es lógico que en el transcurso de la actividad partidaria surja la crítica contra este vicio, pero, generalmente, los críticos no triunfan y hasta “perecen” en el intento; son rechazados por el círculo de poder, y los hacen víctimas de su persecución. Los bautizan con cualquier mote, pero ninguno les satisface más que llamarles “traidores”; y, claro, los oportunistas ayudan mucho a que esta versión oficial se propague.
El cacique se convierte en el mejor dador de oportunidades al oportunista, porque lo asocia a sus objetivos, y las oportunidades se las ofrece no sobre la base de algún mérito que pueda tener el oportunista, sino a cambio de su adhesión incondicional, la fidelidad y su adulación. El oportunista hace del cacique partidario el objeto clave de su aparente fidelidad y su muy segura adulación, porque persigue la obtención de favores personales, ascenso partidario y cargos administrativos, más las prebendas que le caigan, sin discriminar ninguna.
Todos conocemos o hemos conocido a tipos oportunistas; son inseparables de toda actividad política, social, económica y hasta religiosa, lo que significa su presencia inevitable en toda clase de empresa, particularmente en las organizaciones políticas. Al oportunista no se le encontrará un perfil político o ideológico único, porque no lo tiene; precisamente, por eso, es oportunista, y no tiene reparos de conciencia de trasladarse de una a otra acera política o de cambiar a la personalidad objeto de su preferencia, porque él busca quién le facilite lo que quiere, y no a quien sea o le parezca más noble.
Cuando comencé a pensar en el tema para este artículo, tuve la intención de mencionar a “ejemplares” oportunistas en los partidos y movimientos de izquierda; pero desistí, porque no interesa o interesa menos, el nombre de los individuos que el fenómeno y cómo éste se manifiesta. Además, no son necesarios los nombres, porque no será muy difícil que los lectores puedan identificarlos por sus características. Aquí va un personaje típico en un partido de los más grandes y de una actividad muy actual, a ver si lo reconocen.
Surgió a la vida pública, como predicador cristiano, enseñando “el camino de la salvación con luz de la verdad”, hasta convertirse en reverendo de una de las tantas entidades religiosas. Sin habérsele conocido alguna actividad revolucionaria destacada (y si la tuvo, muy pocos la conocerían) apareció militando en el FSLN, vinculado al más influyente comandante, el secretario general; pronto comenzó a ser conocido por sus movimientos en las cercanías del poder, y comenzó su ascensión partidaria.
Su primer cargo destacado lo adquirió en el congreso partidario de 1994, donde fue elegido presidente de la comisión de ética del Frente (fue la que menos le interesó cuidar); luego, para las elecciones de 1996, se convirtió en precandidato a vicepresidente en las elecciones primarias internas; no alcanzó su objetivo, pero pasó a formar parte de la lista de candidatos a diputados en un lugar apropiado para alcanzar la curul. Lo más sorprendente fue su elección o cooptación como miembro de la Dirección Nacional del FSLN, porque ni los más cargados de méritos, ganados en el largo proceso de lucha revolucionaria, pudieron estar ni cerca de alcanzar su ascensión al círculo de poder partidario más importante. Es que no eran oportunistas; y su elección fue producto de la fusión oportunismo-caciquismo.
Luego, en medio de su ejercicio parlamentario, dejó la bancada del Frente y se cruzó a la del Partido Camino Cristiano. De allí, un poco más tarde, y como aliado del PLC, pasó a ser miembro de los “amigos de Bolaños”, su candidato a la presidencia; con el triunfo de éste se sacó el premio de director de un ente estatal por varios años, hasta que le aplicaron la grúa. Pero reapareció en el PLC arnoldista, y actualmente forma parte de la delegación de este partido en el “diálogo nacional”, donde fue seleccionado para integrar una de las comisiones. Esta es, en síntesis, la carrera política de un típico oportunista. Si le reconoce, cuídese de él; aunque si usted no es líder de ningún partido, él no querrá juntarse con usted.
La lección que se pudiera sacar respecto a este fenómeno del oportunismo es; primero, que es inevitable, inextinguible y reproducible; segundo, que no es sólo la habilidad ni la inteligencia del oportunista lo que le proporciona su éxito, sino el oportunismo y la corrupción de los jefes partidarios, quienes les facilitan su ascensión; tercero, que lo inevitable del oportunismo no lo hace invulnerable, pues es fácil detectarlo y combatirlo para neutralizar, al menos, su perniciosa actividad. Para ello, se necesita ser consecuente con los principios, vigilante de la ética política en la organización e intransigente con toda forma de oportunismo.