Opinión

El águila se estrelló al aterrizar


¿Estados Unidos está en decadencia? Pocos en la actualidad creerían en esta afirmación. Los únicos que en efecto la creen son los halcones estadounidenses, quienes vociferan en favor de medidas políticas que reviertan el declive. Esta creencia de que el final de la hegemonía estadounidense ya comenzó no proviene de la vulnerabilidad que para todos fue patente el 11 de septiembre de 2001. De hecho, Estados Unidos se ha ido desvaneciendo como potencia global desde los años setenta y su respuesta a los ataques terroristas sólo ha acelerado este declive. Con el fin de entender por qué la llamada Pax Americana está yendo a menos es preciso examinar la geopolítica del siglo XX, en particular durante sus tres últimas décadas. Este ejercicio pone al descubierto una conclusión sencilla e ineludible: los factores económicos, políticos y militares que contribuyeron a la hegemonía de Estados Unidos son los mismos factores que han de producir inexorablemente la subsecuente declinación estadounidense.
El ascenso de Estados Unidos a la hegemonía global fue un proceso largo, que comenzó con la recesión mundial en 1873. En esa época, Estados Unidos y Alemania empezaron a hacerse de una participación cada vez mayor en los mercados globales, a expensas sobre todo de la recesión constante de la economía británica.
Los libros de historia registran que la Primera Guerra Mundial estalló en 1914 y que concluyó en 1918, y que la Segunda Guerra Mundial duró de 1939 a 1945. Sin embargo, tiene mucho más sentido considerar a las dos como una sola y continua “guerra de treinta años” entre Estados Unidos y Alemania, con sus treguas y conflictos locales repartidos en medio. La lucha por la sucesión hegemónica adquirió un giro ideológico en 1933, cuando los nazis llegaron al poder en Alemania y empezaron su búsqueda por trascender el sistema global en su conjunto, no persiguiendo la hegemonía dentro del sistema al uso, sino más bien bajo la forma de un imperio global. Por su parte, Estados Unidos asumió el papel de abogado de un liberalismo centrista mundial y se metió en una alianza estratégica con la Unión Soviética, volviendo posible la derrota de Alemania.
La Segunda Guerra Mundial comportó una destrucción enorme de la infraestructura y de las poblaciones de Eurasia. La única potencia industrial grande que emergió intacta –y muy fortalecida, desde la perspectiva de la economía– fue Estados Unidos, que de inmediato consolidó su posición.
Pero el aspirante a hegemón enfrentó algunos obstáculos políticos prácticos. Durante la guerra, las fuerzas de los Aliados acordaron el establecimiento de la ONU, una organización integrada básicamente por los países que habían estado en la coalición contra las fuerzas del Eje. El rasgo crítico de la organización fue el Consejo de Seguridad, la única estructura que podía autorizar el empleo de la fuerza. El Acta de la ONU les otorgó el derecho de veto sobre el Consejo de Seguridad a cinco potencias, incluyendo a Estados Unidos y a la Unión Soviética, y esto en la práctica desarmó en gran medida al Consejo. De ahí que no fuera la fundación de la ONU en 1945 lo que determinó las limitaciones geopolíticas de la segunda mitad del siglo XX, sino más bien la reunión de Yalta entre Roosevelt, el primer ministro de Gran Bretaña, Winston Churchill, y el dirigente soviético, José Stalin, dos meses antes.
Los acuerdos formales de Yalta fueron menos relevantes que los acuerdos informales, los cuales sólo pueden valorarse al observar la conducta de Estados Unidos y de la Unión Soviética durante los siguientes años. Al terminar la guerra en Europa, las tropas soviéticas y occidentales se ubicaron en sitios especiales: en esencia, la histórica línea divisoria de Alemania. En retrospectiva, Yalta significó el acuerdo de ambas partes en cuanto a que ninguna de las partes emplearía la fuerza para sacar a la otra. En términos políticos, Yalta fue un acuerdo sobre el statu quo en el cual la Unión Soviética controlaba aproximadamente un tercio del mundo y Estados Unidos el resto.
Washington enfrentó asimismo desafíos militares más serios. La Unión Soviética contaba con las fuerzas de tierra más grandes del mundo, en tanto que el gobierno estadounidense se encontraba bajo la presión interna de reducir su ejército. De ahí que Estados Unidos decidiera afirmar su poderío militar no por medio de las fuerzas de tierra, sino del monopolio de las armas nucleares, más una fuerza aérea con la capacidad para desplegarlas. Este monopolio en breve desapareció: para 1949 la Unión Soviética ya había desarrollado también sus armas nucleares. Desde entonces, Estados Unidos se ha visto reducido a tratar de prevenir la adquisición de armas nucleares –y de armas químicas y bacteriológicas– por otras potencias, esfuerzo que, para el siglo XXI, no parece haber sido muy exitoso.
Hasta 1991, Estados Unidos y la Unión Soviética coexistieron en el “equilibrio del terror” de la Guerra Fría. Sólo en tres ocasiones se puso seriamente a prueba este statu quo: el bloqueo de Berlín en 1948-1949, la guerra de Corea de 1950 a 1953 y la crisis cubana de los misiles en 1962. En todos los casos, el resultado fue la restauración del statu quo. Más aún, es preciso señalar cómo cada vez que la Unión Soviética enfrentó una crisis política en sus regímenes satélite, Estados Unidos apenas se involucró en algo más que maniobras de propaganda, permitiéndole a la Unión Soviética proceder a su antojo.
Esta pasividad no se extendió hasta la esfera de la economía. Estados Unidos capitalizó el contexto de la Guerra Fría para lanzar masivos esfuerzos de reconstrucción económica. El razonamiento era obvio: ¿qué sentido tenía contar con una arrolladora superioridad productiva si el resto del mundo era incapaz de reunir una demanda efectiva? Más aún, la reconstrucción económica ayudó a crear obligaciones clientelares de parte de las naciones que recibían ayuda de Estados Unidos; esta idea de obligación alentó la disposición para entrar en alianzas militares y, lo que es aún más relevante, en subordinación política.
Por último, no se debe subestimar el componente ideológico y cultural de la hegemonía estadounidense. El período inmediatamente posterior a 1945 bien pudo ser el punto más elevado de la popularidad de la ideología comunista en la historia. En respuesta, Estados Unidos apoyó una gran ofensiva ideológica anticomunista. En retrospectiva, esta campaña parece en buena medida exitosa: Washington blandió su papel como dirigente del “mundo libre” con la misma eficacia con la que la Unión Soviética blandió su posición como dirigente en el campo “progresista” y “antiimperialista”.
El éxito de Estados Unidos como poder hegemónico en la etapa de la posguerra creó las condiciones del deceso hegemónico de la nación. Este proceso se engloba en cuatro símbolos: la guerra en Vietnam, las revoluciones de 1968, la caída del Muro de Berlín en 1989 y los ataques terroristas de septiembre de 2001. Cada uno de estos símbolos se fue montando uno encima del otro hasta culminar en la situación en la que Estados Unidos se ve hoy: una superpotencia solitaria que carece de verdadero poder, un dirigente mundial al que nadie sigue ni respeta y una nación peligrosamente a la deriva en medio de un caos global que no puede controlar.
*Politólogo. Autor de Economía mundo. Su último libro es La decadencia del poder estadounidense. De La Jornada de México.