Opinión

Hacia una relación humana y pedagógica innovadora


IDEUCA
Sociedad y Educación son dos caras de una misma realidad que se relacionan y perfeccionan su quehacer en el marco de una realidad biunívoca. De esta forma, la Educación encuentra en la Sociedad su razón de ser asumiendo sus demandas con fidelidad, pero también regresa a la Sociedad ciudadanos y ciudadanas preparados para participar en la dinámica de construcción social, económica, productiva y espiritual. Esta relación estrecha hace suponer que si bien la Educación es condicionada en buena medida por los intereses y la problemática social, también la sociedad quedará, en gran medida, condicionada y hasta determinada por la calidad humana que la Educación llegue a desarrollar.
En este sentido, la dinámica social, política y económica del país, con el clima psicosocial que la acompaña, modelizan una perspectiva educativa que ofrecer a niños, niñas, jóvenes y personas adultas, un conjunto de elementos paradigmáticos que influyen notablemente en su formación. Posiblemente, estos comportamientos visibilizados a través de los medios de difusión tienen mayor influencia en el desarrollo de los educandos, que los procesos de enseñanza y aprendizaje que se producen en los contextos académicos. Se trata de un currículum oculto.
En este ambiente modelizador que se traduce en todos los rincones del país, una práctica muy común de las instituciones y empresas, hace descansar el éxito de sus trabajadores en la calidad de su formación, entendiendo ésta en términos de títulos, diplomas, créditos y calificaciones (meritocracia) obtenidas en su proceso de formación. La síntesis de este comportamiento descansa en esta creencia: la esencia de la calidad de su preparación descansa en que cuenten con “un buen Coeficiente Intelectual”, y por consiguiente en unas “calificaciones” que así lo acrediten.
Son innumerables los aportes que la Psicología ha dado al estudio de la inteligencia, pero también son engañosos e irresponsables los abusos que se hacen de ella para catalogar a los educandos, según su CI (Coeficiente Intelectual), si se toma en cuenta que en estas mediciones están ausentes múltiples facetas de la inteligencia, y quizás las más importantes. Esta visión se ha venido superando desde el sector empresarial y en sociedades más desarrolladas, mediante la realización de numerosos estudios orientados a conocer la calidad del desempeño de trabajadores que egresan del ámbito educativo formal, particularmente del nivel de la educación técnica y superior.
Los resultados obtenidos muestran, precisamente, que el éxito de una buena dirección o gerencia, o del desempeño de los “mejores trabajadores (estrellas)”, no depende directamente del nivel de desarrollo de su Coeficiente Intelectual (CI entendido tradicionalmente) y del conjunto de conocimientos que le suelen acompañar, sino de un conjunto de factores que convergen en lo que se ha dado en llamar Inteligencia Emocional. En ésta confluyen un conjunto de ámbitos o capacidades que, en las últimas décadas se han denominado Inteligencias Múltiples, para algunos autores concentradas en ocho (H. Gardner) o incluso más para otros. Estas Inteligencias se suelen agrupar en las siguientes: Lingüística, Lógico-Matemática, Viso-Espacial, Corporal-Cinestésica, Interpersonal, Intrapersonal, Naturalista, Artístico-Musical.
Cuando volvemos la vista a las expresiones educativas del país, fácilmente puede apreciarse una reducción significativa en la atención que la educación formal dedica al desarrollo de la Inteligencia, por cuanto simplemente se potencian ciertos elementos de alguna de las ocho inteligencias, obviando la mayoría de ellas y, en el peor de los casos, impidiendo o frustrando el desarrollo de inteligencias sumamente importantes para el desarrollo integral de la persona.
Frecuentemente habremos escuchamos a trabajadores de distintas instituciones del país expresar cosas como ésta: “...sabe mucho, pero es inaguantable”, “....tiene conocimientos, pero no sabe comunicarse con las personas”, “está preparado(a), pero es frío(a), parece no tener sentimientos...”, “tiene dominio de conocimientos, pero no sabe dominar sus emociones”, “quiere productos, pero no piensa en las personas...”. En las instituciones educativas las expresiones suelen, también, aludir a lo mismo: “...estudia muchísimo, pero no es equilibrado (a)”, “saca excelentes notas, pero es egoísta, envidioso (a), no comparte su saber”, “aprende muchísimos conocimientos, pero no sabe lo elemental: compartir, comunicarse...”. La lista sería interminable, y todas ellas poseen un denominador común: está ausente la Inteligencia Emocional, manifestándose en fuertes desequilibrios entre lo cognitivo, lo actitudinal y lo afectivo.
En la búsqueda de un punto de equilibrio, el desarrollo de la Inteligencia Emocional aboga por armonizar cabeza y corazón, emoción y pensamiento. Las muestras que a diario ofrece la clase política y dirigente del país, raramente dan buen ejemplo con actitudes propias de una Inteligencia Emocional. Lamentablemente, tal como se viene entendiendo y aplicando la educación en el país, al desarrollar únicamente una “inteligencia académica”, no ofrece ninguna preparación para que los ciudadanos logren desempeñarse adecuadamente ante las oportunidades que ofrecen la vida y el trabajo ni ante las contradicciones, sinsabores y trastornos que ella encierra.
La cognición no es suficiente, el país y su desarrollo requieren que los ciudadanos forjen su Inteligencia Emocional, a partir de un desarrollo equilibrado del cerebro, tanto en su hemisferio izquierdo como en el derecho.
El Foro Nacional de Educación se acerca a su etapa final. El 15 de noviembre se realizará el Cuarto Foro en el que se aprobará un programa integral para la educación con visión estratégica. La nueva ciudadanía que emerja de este Sistema Educativo Renovado ha de mostrar capacidades en sus Inteligencias Múltiples, y particularmente en su Inteligencia Emocional.
Desarrollar esta Inteligencia Emocional en la educación y el clima social del país implica: conocer las propias emociones, manejar debidamente las emociones, desarrollar la propia motivación, reconocer las emociones en los demás y saber manejar adecuadamente las relaciones. En esencia, en el cultivo de una vida intelectual equilibrada a la par de una vida espiritual sana podría estar la clave.