Opinión

Educación, pueblo, democracia


IDEUCA
Todos conocemos la etimología de democracia – demos pueblo; cratos poder. El poder del pueblo, es decir, el poder está en el pueblo, la fuente original del poder es el pueblo.
No obstante, resulta complejo y complicado entender en la práctica ese poder del pueblo, el ejercicio de ese poder y la gestión de ese poder.
Se pasa fácilmente del poder del pueblo al ejercicio de ese poder y a la gestión de ese poder. En tanto origen o depositario del poder el pueblo como conjunto de seres sociales lo ejerce de muchas maneras, pero la veta que parece o se hace la más directa es la de expresarse con el ámbito político afectado por un sinnúmero de limitaciones, como pueblo y como poder.
Lo más radical es transferir el ejercicio del poder a una clase política, a unos sujetos políticos, hacerse representar por una clase política o unos sujetos políticos. Otra limitación substantiva es considerar y aceptar que la democracia es un estado de perfección ya construido, cuando de hecho es una meta en estado de construcción y perfeccionamiento permanente. Por eso, junto al concepto y realidad de la democracia e inseparable de la misma, se ubica el proceso de generar y construir democracias, es decir la democratización. Otra limitación es la amplitud del concepto sobre todo, de la realidad social del pueblo, término que va desde las bases y entrañas del conglomerado social hasta convertirse a veces en un concepto impersonal, aunque apunte siempre al centro mismo de la convivencia humana y social en movimiento.
En este contexto es bueno ubicar en las palabras del Sr. Presidente de la República el significado y alcance del término pueblo del término democracia. En su mensaje a la nación tras la aprobación por la Asamblea Nacional de la denominada “Ley Marco”, el ingeniero Bolaños dijo: “Tengo la convicción de que sólo puede haber un pacto: el pacto con el pueblo. Sólo el pueblo puede decidir su destino y la democracia que quiere”. Nadie duda del contenido filosófico, sociológico y formalmente político de estas frases que en las circunstancias particulares parecen oponerse al pacto de los “políticos”, aunque si se acepte la necesaria negociación con ellas en general como representantes del pueblo según el concepto usual de democracia y la creencia de que esta goza ya de un estado de perfección. De ese supuesto estado todo fluye y funciona democráticamente. Como educador, cuando me encuentro entre la conceptualización y la realidad en la que se mueve en política y también la educación me preocupa el pueblo real al plantearme si gran parte del mismo tiene conocimiento y conciencia de que es la fuente original del poder y de que transfiere ese poder a sus supuestos representantes que después se convierten en los administradores de ese su poder. La fuente de la preocupación es doble: a) por una parte el 30% de nuestro pueblo real es iletrado y el promedio nacional de escolaridad de nuestro pueblo, como país, es de alrededor de 5 grados. Esto me retrae un poco respecto al legítimo ejercicio del poder por parte del pueblo. b) Por otra parte, al reconocer que no existe relación vinculante entre escolaridad y democracia, es decir, tener escolaridad no significa ejercer la democracia, pues se comprueba con frecuencia que muchos escolarizados letrados y educados son antidemocráticos (al tergiversar ese poder del pueblo) utilizando el poder en contra del pueblo y tergiversando ese poder del pueblo.
Lo interesante es también comprobar que con frecuencia la democracia funciona mejor en el propio pueblo, incluso el iletrado, al compartir múltiples organizaciones y actividades de la comunidad en una dinámica sana de participación y del desarrollo humano, el pueblo educa al pueblo.
Pareciera que la democracia se complica y se deslegitima cuando pasa a los niveles de un pueblo más desarrollado, o de una clase política cuya finalidad a veces es capturar el poder y administrándolo con frecuencia en razón de intereses particulares, utilizando la fuente del poder sin que sus aguas beneficien a quienes las originan.
Este itinerario superficialmente trazado se encuentra con el otro factor que constituye la triada analítica de este escrito: educación, pueblo, democracia.
La educación en su concepción tanto etimológica como funcional, está intrínsecamente relacionada con la democracia, aunque en la práctica esa relación se quiebre en el método de pensar y de hacer educación.
Educación significa el proceso mediante el cual se educe (e-ducere) de cada persona su enorme potencial humano y social a través de activar la inteligencia, la conciencia y la libertad que se traducirán en conocimientos, competencias y valores en bien de la persona y de la comunidad; significa incentivar (in-ducere) impulsar, motivar facilitar en el ser humano el despliegue de sus capacidades para compartirlas con sus semejantes en igualdad de derechos y obligaciones para una convivencia social y ciudadana generadoras de bienestar para todos; significa orientar y conducir ( con–ducere) al desarrollo de cada persona haciéndola sujeto del mismo, fundamentando de esta forma su autoafirmación su autonomía personal y ciudadana.
La educación centrada en el ser humano, individual y social, apunta necesariamente a la igualdad, al empoderamiento personal como fundamento de una convivencia de respeto y de una interacción social.
La educación hace al ser humano teóricamente democrático con conciencia, poder y responsabilidad de decisión para crear y compartir las condiciones del bienestar social. La educación teóricamente entraña y genera poder junto con la capacidad de ejercerlo, lo cual abonaría el origen y desarrollo de la democracia. Sin embargo, la educación se complejiza cuando deviene en un bien social mal distribuido, cuando en su organización crea desigualdades, y cuando sus métodos pedagógicos contradicen se oponen o no se corresponden con el fluir de su verdadero rol humano y social, cuando no ayuda a desplegar la libertad y el desarrollo progresivo de la autonomía de educandos y educadores, cuando substituye la creatividad por la monotonía y la repetición etc.etc.
Pese a la evolución positiva que presenta nuestra educación y su proceso en conexión con la construcción de la democracia a través de la apertura a una participación organizada en los consejos directivos de los centros educativos y a la integración de los distintos sujetos (padres y madres de familia, directores, profesores, estudiantes) al mismo, todavía la educación escolar, por resabios de la cultura de la escuela y de los mecanismos institucionales que la sustentan, está algo lejos de constituirse en el vivero generador de democracia.
En ocasiones, se observa que las alternativas educativas de educación no formal, de educación para el trabajo, de la educación comunitaria etc. incentivan formas más directamente conectadas con el ejercicio de la democracia en el entendido que ésta no es propiedad privada del ejercicio propiamente político respecto al poder del pueblo.
Todo esto nos conduce a la necesidad de hablar y de fortalecer más el proceso democratizador como proceso de educación para la democracia. Se trata de ir formando, construyendo sujetos democratizadores, generadores de democracia a través de la práctica educativa, organizacional, institucional y pedagógica. Esta tarea de la educación formal escolar y no-formal, informal no escolar, encuentra un enorme obstáculo en el referente negativo del comportamiento político de los políticos y de la forma que éstos se apropian y administran el poder que les fue transferido por el pueblo.
La función democratizadora de un verdadero proceso educativo nacional se topa con la evidencia de comprobar que el esfuerzo democratizador de la educación está siendo desvirtuado y con frecuencia negado por el proceso político que actúa en el supuesto marco de la democracia, sólo porque el estado está organizando en distintos poderes, aunque éstos no siempre abonan a la democracia.
La democracia es tarea de todos y mientras educación, pueblo y democracia no constituyan una unidad interrelacionada sólida, dinámica y constructiva el devenir del país seguirá dando tumbos, creando vacíos y frustraciones sobre todo en las generaciones jóvenes. “El pacto con el pueblo porque sólo él puede decidir su destino y la democracia que quiere”, según palabras de nuestro Presidente no deja de ser una aspiración necesaria, mientras no se activen los verdaderos resortes de la democratización, es decir mientras los distintos poderes del Estado, los políticos que representan el poder y el pueblo que les transfirió la administración del mismo no sean sujetos democratizadores y ejerzan funciones democratizadoras. La democracia se hace, se construye mediante un proceso democratizador, compartido.
La democracia no se construye desde sí misma, sobre todo cuando todavía presenta síntomas de insuficiencias democráticas y cuando en algunos sectores prevalece más el predicador de democracia que el constructor de democracia. El reto es interesante, el momento histórico cargado de oportunidades. Sólo necesita una verdadera respuesta de una verdadera democracia, un pueblo que sea sujeto-democratizador, y no un pueblo-objeto democratizado y una educación escolar y extraescolar generadora de sujetos democratizadores, constructores de actitudes, comportamientos y valores democráticos.