Opinión

La Tierra está en juego (Nueva Generacion)

Yader Luna García* “Si alguna vez mi voz deja de escucharse piensen que el bosque habla por mí con su lenguaje de raíces”

Nuestra civilización se comporta como si poseyera una confianza absoluta en la inagotabilidad de los recursos naturales. “Acabemos pronto con el cielo, los bosques, los animales y el hombre, acabemos pronto con nosotros mismos”, parece ser la consigna de nuestro tiempo. Un planeta degradado ecológicamente degrada al hombre, ya que el bienestar físico y moral de éste depende de la salud de su ambiente. Desde el origen de la vida, el hombre y la naturaleza han interrelacionado. La naturaleza puede vivir sin el hombre, pero el hombre no puede vivir sin la naturaleza.
El proceso de globalización se ve más latente en la ecología, porque cualquier problema ambiental traerá repercusiones para el resto de países, por muy alejados que puedan estar. El daño a la capa de ozono es producido por gases contaminantes conocidos como CFC (Cloros Fluoruros y Carburos), sustancias utilizadas por las personas en los congeladores, aires acondicionados y aerosoles. Está comprobado que los países industrializados son los principales contaminadores del planeta, por ser los principales consumidores de productos que dañan el medio ambiente, pero aunque en nuestro país no seamos grandes productores de CFC, nos vemos afectados por acciones hechas en el otro extremo de la Tierra.
La energía que mantiene caliente la Tierra depende en gran medida de la energía solar. Existen en la atmósfera ciertos gases que dejan pasar la luz del sol y protegen a su vez de los rayos solares. Sin embargo, con el uso de grandes cantidades de contaminantes (CFC) se daña la capa de ozono, provocando un calentamiento global con graves consecuencias para toda la humanidad. Tal es el caso de múltiples fenómenos naturales como consecuencia del desequilibrio medio ambiental. “La esfera agonizando, todos los días explota y nadie está mirando que está rota”, dice el cantautor cubano Silvio Rodríguez en una de sus canciones y se pregunta si existe o no la humanidad. Aunque la respuesta pareciera ser sencilla y la pregunta estúpida o inocente, la verdad, es que el daño al medio ambiente, cumpliendo la máxima “del hombre es lobo del hombre”, sólo se puede explicar como la existencia de seres ignorantes que destruyen su propio futuro. Y la pregunta de Silvio, cobra mayor sentido cada día y merece una contestación inmediata.
Durante la Primera Cumbre Iberoamericana de Guadalajara, en julio de 1991, reunión de los presidentes latinoamericanos e ibéricos, un grupo de cien intelectuales y profesionales latinoamericanos presentaron “El Manifiesto de los 100”, un llamado de atención sobre la destrucción de nuestro planeta que fue entregado a los mandatarios por el escritor colombiano Gabriel García Márquez y por el ecologista mexicano Homero Aridjis, fue respaldado por personas como: Claribel Alegría, Mario Benedetti, José Donoso, Carlos Fuentes, Augusto Monterroso, Juan Carlos Onetti, Octavio Paz, Augusto Roa Bastos, Ernesto Sábato, entre otros. “El manifiesto de los 100” es uno de los movimientos de intelectuales más destacados de nuestra historia. Su petición era: “A un año de que se cumplan los quinientos años de encuentro de dos mundos y dos naturalezas, a unos cuantos años del fin del siglo XX y del Segundo Milenio, el planeta Tierra está atravesando por la peor crisis ecológica de su historia, una crisis que no sólo pone en riesgo la vida de miles de especies vegetales y animales, sino la sobrevivencia misma del hombre”. La petición era que el tema del medio ambiente no fuera obviado y que nuestras naciones no podían estar ausentes en las decisiones globales que se están tomando para proteger el patrimonio natural de la humanidad. Sin embargo, hoy, casi quince años después, todavía nuestros países siguen desvinculando la problemática ambiental local de la problemática ambiental mundial.
Casi la mitad de los bosques tropicales del mundo han desaparecido, se pierden entre 16 y 20 millones de hectáreas boscosas por año, y cada hora una especie viva se extingue. En el 2003, en el Amazonas, considerada el pulmón de la Tierra, el área equivalente a más de la mitad de Suiza, fue destruida. Lo que tomó a la Naturaleza crear durante millones de años, nosotros lo habremos destruido en poco más de cincuenta años.
No basta con que los científicos posean información del daño natural, hay que transmitir los conocimientos a la sociedad y traducirlos en acciones para salvar la Tierra. Debemos ser buenos administradores de nuestros recursos naturales; debemos ser responsables, tenemos la obligación de preservar el medio ambiente. El problema no es sólo el efecto invernadero, el daño de la capa de ozono, la extinción de especies, los fenómenos naturales; el verdadero inconveniente, es cambiar de una vez por todas la relación entre la humanidad y el sistema ecológico de nuestro mundo.
Se debe restablecer el equilibrio y cimentar las bases para un desarrollo sostenible. Debemos pensar en el futuro y esforzarnos por alcanzarlo para que, al menos, las próximas generaciones puedan tener un planeta del que se sientan orgullosos. La otra alternativa es hacernos los retrógrados, comportándonos como si un día no va a haber personas que hereden nuestras acciones. Espero que nuestra generación no sea recordada como la más destructora del ambiente, aunque en realidad ya lo es. Somos la generación que tiene la oportunidad de cambiar el mundo, pero no sobre la base de sueños utópicos, sino en acciones reales en beneficio del planeta. Aunque sería peor ser la generación que sí pudo cambiar el mundo, pero no quiso. La elección es nuestra, pero la Tierra es la que está en juego.

*Estudiante de Comunicación Social, UCA.
yaderluna@ozu.es