Opinión

Una historia salvaje


Una vez corría en dirección hacia la UNAN y llamé a un taxi que pasaba. Yo llevaba un libro bajo el brazo que el taxista no dejaba de mirar peligrosamente, hasta que no se resistió a preguntarme mientras completaba la rotonda de la Centroamérica: “qué libro lleva ahí”. Se lo mostré, no recuerdo cuál era, pero inmediatamente el taxista me dijo: “Yo me acabo de leer un libro salvaje, viera qué historia. Me ha costado como dos meses, pero me lo terminé. Bárbaro, mire, bárbaro” (y chasqueó los dedos).
Yo tampoco me pude resistir a preguntarle qué libro era aquel tan “bárbaro” que se había leído, porque siempre me ha pasado que los libros que más disfruto son aquellos de los que otros me han hablado. La respuesta fue inesperada: “Es de un maje griego”, dijo arrugando la cara y la voz, con cierta molestia porque no se acordaba del nombre del autor. “Mejor le digo el título. Cómo es que se llama, este…”, y cambiando de posición para pronunciar cuidadosamente el título, me dijo: “La I-lí-a-da. Así se llama. ¿Ya lo leyó? Qué bárbaro esos majes. Es de hace mucho tiempo, ¿sabe?”.
Más que sorpresa, lo que sentí fue envidia: cómo era posible que un libro, que confieso no haber sido capaz de terminarme de leer nunca, podía entusiasmar tanto a una persona que lo leía al llegar a casa, dos mil quinientos años después de haberse escrito, y además disfrutarlo como quien está leyendo una historia actual.
Cuando no hay libros no se lee, pero si los hay, mucha gente está dispuesta a disfrutar de ellos. En Nicaragua y en Centroamérica en general, los libros están a unos precios que para la mayoría es imposible. El último gobierno se ha caracterizado, entre otras cosas, porque el apoyo a la cultura y en especial, al acceso a los libros ha sido menos que nulo, casi diría yo, ha sido desmotivador. Se ha tratado de un gobierno de técnicos, administrativos y profesionales que han despreciado el papel de la lectura y del acceso a los libros como parte del desarrollo de una sociedad. También algo mucho más peligroso: la libertad. ¿Quiere esto decir que aquel taxista que leía La Ilíada como si fuera una aventura extraordinaria, “salvaje”, era más libre por ello? No quiero decir esto, mejor déjenme contarles otra cosa, a ver si puedo.
Recuerdo que en el lugar donde crecí, los niños que nos reuníamos a jugar fútbol en la calle hacíamos siempre burla de un pobre borrachito que pasaba por allí ante el riesgo de ser alcanzado por la pelota que se nos escapaba contra él sin intención, o con ella. Mi padre, que era el mejor contador de historias que yo haya conocido junto con un tío por parte de madre (los dos ya no están, es el problema de ser hijo de padres viejos, te acabás quedando rodeado de espíritus muy temprano), pues como decía, tal vez mi padre se dio cuenta de la burla cruel un día, y sin mencionarme el hecho, me empezó a contar, como espontáneamente, la historia de aquel hombre que vivía ebrio la mayor parte del tiempo. Y me contó que había sido un arquitecto único, y que había tenido varios premios por su originalidad y la solidez de sus construcciones en lugares donde solían haber temblores, y en otros sometidos a las ráfagas de viento fuertes. Me contó que tuvo dos hijos, me contó de su mujer, muerta en un accidente, me contó que en cada lámina en que dibujaba sus proyectos firmaba con el nombre de ella, como si fuera él el que quisiera estar muerto para que ella viviera. Me contó que ahí empezó su desvarío, y cómo luego, quien pudo construir edificios enormes que no podían ser derribados ni por los terremotos, ahora apenas podía él mismo mantenerse en pie. Después de aquello, nunca más volví a reírme ni a acompañar en la burla a mis amigos de juego. Al revés, siempre que pasaba lo miraba con simpatía como si compartiera con él un secreto. Alguna vez quise hablarle, pero aquel hombre estaba demasiado consumido para darse cuenta de nada.
Tal vez nos contamos historias para sentir que no estamos solos. En Nicaragua no hay gusto mayor que no sea el de ponerse a escuchar un “cuecho”. Y el nicaragüense, y yo diría que el latinoamericano, en general, disfruta coloreando y exagerando las historias que sabe o que le han contado. La literatura es el “cuecho” más grande que hay, pero también una aventura extraordinaria. Y es una lástima que tengamos que decir que durante todos los gobiernos liberales que nos han precedido, los libros han sido alejados de la gente, y no quiero pensar que esto haya sido intencionado, una especie de censura encubierta dejando, como se dejan las medicinas, el agua o la luz fuera del alcance de la mayoría. Lo que más se lee en Nicaragua son los periódicos, que a veces resultan un sustituto de la literatura, también es cierto, pero se echa en falta en países como el nuestro iniciativas como por ejemplo, la que en los años ochenta se llevó a cabo con la Editorial Nueva Nicaragua. Todavía pueden hallarse en algunas librerías, o en los estantes del Huembes, aquellos libros de formato sencillo, con algo de polvo, algunos mordidos por los roedores. Pero uno sigue encontrando en ellos maravillas, libros que si no hubieran estado casi subsidiados, hubiera sido imposible encontrarlos de otro modo, como el Doctor Fausto de Thomas Mann, en dos tomos inclusive. Es cierto que en las casas, en nuestros barrios apenas hay lugar ni condiciones para la lectura reposada o serena, pero también es verdad que uno cuando quiere se busca las vueltas para disfrutar de una historia, como habría hecho el taxista de La Ilíada. Además, podrían incentivarse proyectos que no serían demasiado costosos como el de instalar pequeñas bibliotecas de barrio con los libros esenciales para los jóvenes y no tan jóvenes, es decir, un espacio tranquilo donde poder leer. El escritor guatemalteco Augusto Monterroso siempre se jactó de haber empezado a conocer la literatura en una biblioteca pública que era tan pobre que “sólo tenía los libros esenciales, los mejores”.
Para qué le sirve a un pueblo leer. No sabría explicarlo. Creo que leyendo se puede amar de otra manera la vida, aceptar las diferencias, llegar a disculpar muchas cosas, liberar las formas de sentir y de pensar, no aceptar un discurso único, y poco a poco empiezo a pensar que leer ayuda a estar más cerca de la libertad, aunque sólo sea la de tirar un libro al suelo, porque la historia no nos la creemos, o la de seguirla hasta el final como si nos fuera la vida en ello. Los libros no pueden ser un lujo, hay que bajarles el precio, o convertirlos en un bien imprescindible. Sé que esto suena a pecado en nuestro mundo de patentes y propiedad intelectual. Pero no podemos dejar las palabras y toda la historia de los que estuvieron antes que nosotros, y de los que con nosotros van en el camino en salones donde no llega nadie. Para qué sirve la literatura, tal vez para decir aquellas cosas que no se pueden contar de otra manera.
franciscosancho@hotmail