Opinión

En este mundo matraca


Erick Aguirre

Después de publicar la novela Huracán corazón del cielo (1995), esa especie de caprichosa relectura y reescritura contemporánea del Popol Vuh y de la historia profunda y reciente de su Guatemala natal, el escritor Franz Galich ha escrito (si el recuerdo de nuestras conversaciones no me deja equivocarme) unas cuatro novelas más. Hasta ahora ha publicado sólo dos de ellas: Managua, Salsa City –Devórame otra vez- (2000) y En este mundo matraca (2005), esta última editada y lanzada recientemente al público en Guatemala.
Galich tiene inéditas (además de un par de libros de cuentos, según creo) las novelas Y te diré quien eres –Mariposa traicionera- (segunda parte de una zaga que según me dijo pretende constituir a partir de Managua Salsa City y que pronto publicará la editorial Anamá) y Tikal futura, una especie de cómic literario, futurista, donde los mismos hombres que hace poco más de quinientos años cazaban a caballo, con sus cascos y armaduras, a los americanos “de a pie”, siguen dedicándose a cazarlos entre las cuevas y vericuetos donde esos “otros” siguen organizando y desplegando su resistencia, pero ahora (o en el futuro) a bordo de modernas motocicletas montañeras, con sus cascos protectores hechos de plástico o fibra sintética de vidrio, vestidos con leotardos de cuero, de fuertes colores fluorescentes, y blandiendo ya no los viejos arcabuces de los que se valieron Pizarro, Pedrarias Dávila o Hernán Cortés, sino armas automáticas, quizás ya un poco viejas para el tiempo “futuro” de la novela, de fabricación belga, estadounidense o israelí. Una novela que podría recordar, a quien llegue a leerla, ese otro experimento del cómic literario que Cortázar tituló Fantomas contra los vampiros multinacionales, y que continúa marcando ese viraje hacia lo neo-folletinesco, hacia lo neo-picaresco, caricaturesco y del mejor modo “vulgar” o “anti-literario” en la narrativa de Galich a partir de Managua Salsa City.
Detenerse en la diferencia sustancial entre su primera novela publicada y las dos subsiguientes podría hacer pensar (como incluso ya lo han expresado algunos colegas nicaragüenses) que Galich se ha convertido, pese a su severa formación literaria, a sus conocimientos acerca de la historia del arte y la literatura, y a su profunda compenetración personal con los destinos histórico-sociales de la región centroamericana, en un escritor “poco serio”. Managua Salsa City, además que fue premiada en un certamen regional, ha sido un éxito de ventas. Lo puede corroborar nuestra editora y amiga Salvadora Navas, que significativamente se encuentra entusiasmada por la pronta publicación de la segunda parte. Pero precisamente su éxito, quizás derivado del tono de sus voces narrativas y de la manera en que vertiginosamente nos conducen por los meandros de la nocturnidad managüense, ha llevado a algunos a decir que, en la búsqueda del ansiado éxito editorial, Galich supuestamente ha sucumbido en la facilidad de la sub-literatura. Yo me resisto a creerlo.
Es cierto: Salsa City es una novela de amor, es decir, de amores -si se quiere- vulgares entre hombres y mujeres del llamado “bajo mundo”. Pero como ya se ha dicho antes, siempre hay algo de vulgar en el amor, sin mencionar siquiera el sexo. Los efectos del amor, en cualquier estrato o condición social, invariablemente confluyen en una relación de vulgaridades. Por otra parte, sé que a Galich le disgusta un poco hablar de las frecuentemente retorcidas, pero felizmente agudas y brillantes ideas y opiniones literarias del cubano Guillermo Cabrera Infante (cosas del antagonismo ideológico que preponderó entre los escritores hispanoamericanos del siglo veinte), pero no tengo más remedio que relacionar la complacencia literaria de ambos con la vulgaridad y los sentimientos y expresiones vulgares, generalmente evidentes en los personajes de la mayoría de sus novelas. Ambos parecen compartir la idea de que todo lo vulgar es humano. Y ante la vieja sentencia de Schopenhauer que nos llama a escoger entre la soledad y la vulgaridad, ellos han optado por ambas para sentarse a escribir.
Los colegas decepcionados con la evolución presuntamente “subliteraria” en la narrativa de Galich, se avergonzarían un poco si se detuvieran a escuchar las cosas que quizás sólo a mí me ha dicho, porque quizás también sólo yo entre sus amigos he estado dispuesto a escucharlas. Y decididamente, aunque le disguste, esas cosas que me ha dicho (y aún algunas que está escribiendo) me llevan a recordar al cubano muerto en el ingrato y triste exilio de un hospital londinense: las obras pretendidamente “elevadas”, significativas, cuidadosamente escogidas en su expresión o su intención de aleccionar o moralizar, parecen resultarle cada vez más insoportables.
Me he reído, íntimamente satisfecho, escuchando coincidir a Galich con el autor de Tres tristes tigres respecto a la imperecedera vulgaridad del Quijote, o tratando (como es evidente en los títulos y el contenido de sus novelas y cuentos) de elevar a categoría de arte el espíritu de las letras y expresiones más “corrientes” de la música, los refranes y los dichos populares; algo que no sólo es una legítima reivindicación del habla y el pensamiento vulgar, sino una expresión, también legítima, de un armonioso acuerdo literario con sus propios gustos.
Muchas veces me he contenido en mi intención de comentarle, cuando lo escucho hablar de sus actuales proyectos narrativos, que para el narrador cubano la novela es felizmente un artefacto vulgar, y el gran James Joyce, por ejemplo, afortunadamente fue tan vulgar como innovador. Después de todo, no creo que la intención de Galich o Cabrera Infante, y aún de Joyce, al escribir sus novelas, haya sido la de escribir una suerte de historia de la cultura, sino poner la vulgaridad en su sitio: el de los grandes afectos que provocan las preciosas exaltaciones del “vulgo” y sus diversos lenguajes, tan vulgares y tan vivos como la cultura misma.
En este mundo matraca es una novela que renueva, o quizás inaugura, en la narrativa centroamericana, la llamada tradición de la picaresca, o más bien de la nueva picaresca. Desde el Lazarillo de Tormes y el Buscón en España, hasta Tom Sawyer y Huckleberry Finn en Gringolandia, o el Periquillo Sarmiento en México, en Centroamérica no se había escrito y publicado una novela que, siendo “seria” (porque tras la máscara de la risa esconde las más mordaces críticas a los sistemas establecidos en nuestras sociedades y a la visión demasiado pacata, demasiado enmohinada que desde las clases medias hacia arriba se tiene de la vida y los pasatiempos de la gente sencilla de los pueblos), estuviese tan llena de inverosímiles aventuras y personajes festivos, ocurrentes, cuyos apodos son una mezcla de la vieja tradición popular latinoamericana de endilgarle a todo el mundo un sobrenombre, con la divertida y a ratos exagerada imaginación del autor, quien ya nos había acostumbrado a los nicaragüenses Pancho Rana o Pailepato, y ahora nos trae toda una ristra de “lindezas”: Desde Sietementiras y su hijo Mentirafresca, que le rinde homenaje zampándose un trago de un octavo de litro en siete segundos (en el transcurso de los cuales se narra la totalidad de la novela), hasta la caterva de borrachos irreverentes llamados Patecoche, Sietelitros, Eructoetren, Guicho Cabra, Cantil-colehueso, Venenoenano, Chivarrenca, Pelolindo, Malagana, Chenquepuro, Careleón o Chalo Manteca.
Así como en las aventuras de Sawyer y de Finn el Missisipi es el personaje-marco de sus historias, en la novela de Galich el pueblo de Amatitlán, sus cerros, ríos y lagos constituyen, si no el personaje central, al menos el leit motiv o el objeto central de homenaje de un chapín melancólico que recuerda con cariño a su pueblo desde la lejanía. Por eso últimamente me gusta repetir que a los escritores hispanoamericanos nunca ha dejado de perturbarlos la nostalgia cuando escriben. Porque es la nostalgia, traducida en carcajadas lagrimeantes, lo que mantiene vivo a este libro entre nuestras manos. Su autor es un empedernido y nostálgico amatitlaneco que conoce muy bien los recursos de la mejor tradición picaresca. Pero, lo mejor de todo: la nostalgia por su pueblo ha terminado por convertirlo en un mentiroso incorregible.