Opinión

La política o el arte de las maniobras sin principios


Si escudriñamos la realidad más allá de su apariencia exterior no nos deben sorprender los virajes políticos que se dieron recientemente en nuestro país. Los arreglos Ortega-Bolaños, Ley Marco, eran – hasta cierto punto - previsibles, una vez iniciado el ciclo electoral, con sus necesarios ajustes escénicos y el comienzo del fin del gobierno de la “nueva era”.
Desde 1999 las dirigencias del FSLN y el PLC llegaron a acuerdos sustantivos que les permiten administrar el poder absoluto dentro de las instituciones. Repartido adecuadamente, independientemente de quien gane las elecciones. Las resoluciones que de estas instituciones emanen tendrán que ser por “consenso”, repartiendo los dividendos de tales decisiones, de manera “adecuada” entre los grupos dominantes de cada partido. Todo ello, independientemente de sus aparentes diferencias y al margen de los epítetos que se lancen desde las butacas parlamentarias.
Los acuerdos del Pacto son similares a los que en la Historia de Nicaragua ocurrieron bajo la dictadura somocista, y que permitieron que el Partido Conservador formara parte del esquema dictatorial, legitimándolo cada vez que se trenzaban en los procesos electorales como si se trataran de verdaderos enemigos.
Si observamos cuidadosamente, las Reformas Constitucionales del 99-2000, la Reforma a la Ley Electoral, más otros actos de los distintos poderes dejaron como resultado:
a) Reformas constitucionales que disminuyeron el % requerido para ganar en primera vuelta, otorgaron la diputación regalada y control partidario y alternado de todas las instituciones: CSJ, Tribunales de Apelaciones, Juzgados; Ministerio Público; CSE; Contraloría General de la República; Procuraduría de DH, Superintendencia de Bancos; Asamblea Nacional.
b) Una Ley electoral que eliminó la suscripción popular, otorgó grandes poderes al CSE, y forzó el bipartidismo, distribuyendo el control de todas las mesas electorales entre las dos fuerzas del pacto. La ley les permite inhibir candidatos, entorpecer la creación de otras fuerzas electorales y dificulta enormemente las alianzas.
c) La Reforma a la Ley de Contraloría que disminuyó a 5 años el tiempo para ser encausado por robos al erario público y otorga a esta instancia poder para determinar dichos delitos con una gran discrecionalidad. Es un instrumento central para sacar del juego político a quienes ellos necesiten, y permite proteger a los corruptos como lo hemos visto en los procesos de estos años.
d) Entre 99 y 2000 se consolidaron las privatizaciones de las Telecomunicaciones, Energía, y Seguridad Social, el arriendo de Petronic, y el otorgamiento de concesiones de todos nuestros principales recursos naturales y devoluciones de propiedad, incluyendo a la propia familia Somoza, como ocurrió con la Cementera. Está en curso el proceso que favorecería la privatización del agua.
e) Se produjo la parálisis total de los movimientos populares frente a las privatizaciones y las reformas jurídicas que allanaron el camino a las políticas neoliberales.
f) Como consecuencia, se ha aumentado el empobrecimiento de las mayorías, la migración y la exclusión social.
Ninguna de estas cosas fue modificada en los acuerdos Ortega-Bolaños. Es decir la esencia del Pacto 2000 se mantiene inalterable.
El acercamiento Ortega-Bolaños era una necesidad imperativa para el danielismo. Sólo los ingenuos podían haber pensado que Ortega iría de la mano de Alemán a las elecciones. El distanciamiento era inevitable. Se abre ahora un escenario en que ambas fuerzas necesitan enfatizar sus diferencias. Es más, necesitan exacerbarlas hasta aparecer como irreconciliables -volver al Fuego Cruzado. Porque además, para el esquema bipartidista es fundamental el aparentar polarización extrema. Eso ya ocurrió en el año 2001. Mientras las bases del pacto permanecían congeladas, los candidatos extremaban sus descalificaciones, para hacer creer al electorado de una enemistad absoluta. Una vez concluido el proceso electoral, el pacto volvió a la superficie.
Ganó el imperio, las cúpulas y el gobierno: perdió el pueblo
Los arreglos del 99-2000 contaron con el beneplácito del imperio. Ellos incluso llegaron a justificarlos ante quienes nos oponíamos a este pacto diciendo que el “bipartidismo no es malo, en Estados Unidos ha funcionado perfectamente”. Lo principal para ellos fue que garantizó la desmovilización popular, el aniquilamiento de los restos de resistencia y con ello la instalación de todo el andamiaje neoliberal, pero además concluyeron el proceso de asimilación de la cúpula sandinista al sistema y sus juegos electoreros.
Los arreglos recientes (octubre 2005) notoriamente fueron propiciados por el emisario especial del imperio. Como dijo Dante Caputo: “Zoellick ayudó a encontrar el camino (…) Hubo un mensaje, el público, el duro que expresó las posiciones claras que tienen los Estados Unidos. Y hubo una acción que facilitó mucho la tarea nuestra.”
Con los mismos ganó la Administración Bush, las empresas transnacionales, las cúpulas de ambos partidos y los grupos económicos dominantes locales. El gran perdedor fue como siempre, el pueblo.
Ganó en primer lugar el imperio, porque nuevamente cooptó a Daniel Ortega. Logró que le entregara en bandeja de plata el Cafta, un asunto de principios para los Estados Unidos y para sus empresas corporativas. La consolidación de las políticas del Fondo y el Banco Mundial ganó también, porque su gerente principal en Nicaragua, don Enrique Bolaños, concluirá su obra tranquilo.
Ganó el gobierno: espacio y tranquilidad para sus políticas. De allí que no le importó de inmediato arriar las banderas por la democracia que supuestamente le motivaban, y dejar colgados de la brocha al Movimiento por Nicaragua y parte de la sociedad civil que de buena fe le acompañaron.
Ganó Daniel Ortega: en primer lugar porque a la par de dar una imagen del “gran componedor”, le permite aparentar la ruptura del pacto. Por eso ha anunciado a los cuatro vientos que “el pacto se acabó”. Pero también porque le interesa distanciarse del PLC, con quien se deberá enfrentar en la arena política electoral. Es vital para el mantenimiento del esquema conseguir la polarización del electorado.
Ganó Daniel Ortega, porque el arreglo con Bolaños también le permite debilitar el movimiento antipacto. Aunque éste también estaba entrando en una recta difícil, ya que su composición pluripartidista no le permitía mucho aire y ya en enero cada partido o fuerza social, debe ubicarse en la recta electoral, cada quien desde su propio carril.
Ganaron las cúpulas liberales: el mensaje del imperio comienza a dar sus frutos en los esfuerzos para la reunificación del liberalismo. Está por verse cuál es la maniobra que permitirá mantener fuera de la arena a Alemán, para la consolidación de esta posibilidad.
El pueblo pagó los costos de la crisis creada artificialmente por los pactistas. Es el pueblo es el que sufrió los retrasos en la “cooperación”. Pierde porque ha pagado y seguro pagará más a intendentes y sus equipos, que no hicieron nada. Según su propia confesión, sólo en la oficina de Víctor Guerrero se gastaron 4 millones.
Perdió el pueblo porque se aprobó el Cafta y, aunque no lo sabe claramente, ya que nadie se lo ha explicado, este Tratado profundizará el esquema económico neocolonial predominante que sólo ha incrementado la pobreza, le inequidad, y la falta de oportunidades para los desposeídos.
Por nuestra parte, siempre pensamos y afirmamos que el pacto no es una relación. Que hoy se tiene y mañana se rompe por una nueva relación. Eso está bien para las caricaturas. El pacto es una concepción del poder y la política. La política como el arte de las maniobras sin principios: te aliás con un ladrón si te conviene. No importa que le haya robado al pueblo. Es expresión de una concepción prebendaria y utilitaria del poder. Todo lo que fortalezca mi poder y el de los míos es lo correcto. No importa si con ello se pone en crisis a la nación entera como ocurrió durante los últimos diez meses. El pacto, en fin, es la expresión de un proceso irreversible de descomposición político-ideológica de la dirigencia sandinista.
El desenlace entonces muestra con claridad palmaria que los intereses del Pacto no son ni nunca han sido los de “una alianza antioligárquica y antiimperialista” como lo quisieron vender los ideólogos del pacto. Ahora ellos tendrán que reinventarse así mismo y elaborar nuevas teorías.
Todo lo contrario. El pacto favoreció y sigue favoreciendo los intereses de grupos económicos de poder. Sigue favoreciendo la estabilidad del modelo económico social imperante y los intereses imperialistas sobre nuestro país.
La próxima y más importante maniobra del pactismo, usando la Contraloría, el Poder Judicial y el Consejo Supremo Electoral, todos instrumentos suyos, será la de tratar de sacar del terreno de juego a Herty Lewites y toda opción alternativa dentro del sandinismo. A Daniel Ortega no le importa que de la otra arena se fortalezcan los liberales. Con ellos tiene resuelto por largo rato el esquema de reparto del poder, aunque no gane, como no ganará, la presidencia del República. Lo que le preocupa es la posibilidad de un avance o triunfo del sandinismo fuera de su control.
Pero, para quienes nos oponemos al pacto como inescrupulosa concepción de la política y del poder, los hechos recientes sólo refuerzan nuestra convicción de que la lucha tiene cada vez más vigencia, y que la alianza principal para la victoria es con ese pueblo, aparentemente derrotado. Esa alianza debe trascender los procesos electorales. La única manera de conjurar la próxima maniobra del pacto es con el pueblo. Haciendo y conquistando conciencias, en las calles, en la movilización y también en las urnas.